Canta pero no llora, porque el huasteco se aguanta cuando lo agobia el dolor. Así comienza una bella canción popular, dejando entrever en sus acordes una dolorosa y difícil realidad social que se vive en el país y, por consiguiente, también en esa bella región llamada La Huasteca. Pasando por el corredor del edén veracruzano se encuentra Huejutla, ahí comienza el ascenso a la sierra Huasteca hidalguense. A medida que se asciende la montaña, por momentos ésta se torna más sombría pero al mismo tiempo más subyugante, un delicado perfume se eleva de entre la verde, oscura y húmeda vegetación; en tanto subes y subes y subes. Entonces puedes ver allá, donde habitan los hombres, poblados miserables, descuidados, ruinosos. Y acá, donde habitan los buenos espíritus de la naturaleza, se pueden contemplar paisajes tan bellos que estremecen y atraen al alma como lo hace un dulce canto.
En el ascenso, al llegar a los 1520 metros de altura sobre el nivel del mar, se encuentra Tlanchinol, municipio del estado de Hidalgo. Hallándose a esa altura quiere decir que en esta tierra puede nacer el buen café y otros productos, cuya comercialización debería permitir a los pobladores contar con una vida decorosa. Pero a pesar de que Tlanchinol se halla muy cerca del cielo, tanto que debiera llamarse la casa en el cielo, y cualquier persona, aun sin proponérselo, puede tocar las nubes, porque aquí las nubes se apacientan sumisas por la ladera de la montaña y la gente, también sin proponérselo, vive en las nubes, entre las nubes, sobre las nubes. A pesar de que el sol en el arco de su trayectoria pasa rozando los altos picachos encendiéndolos a la vida sin producirles ninguna quemadura, y el cielo encubriendo su tersa piel de zafiro, entre encajes y velos blancos, hace contacto con la alta montaña para que de esa unión nazca agua fría, agua clara, agua risueña, que verdaderamente baja cantando por entre las duras rocas.
A pesar de tanta belleza y riqueza natural, la gente, otra vez sin proponérselo o sin saberlo, vive una vida vacía y ruin. El huapango, que es la propia voz del pueblo, entre el lloro melodioso de violines dice: “… Tlanchinol se encuentra triste/ te busca por Tehuetlán…” y realmente es la verdad, a pesar de tanto colorido, de tantos matices del verde, azul y dorado, hay tristeza en estos parajes, pero no en ellos mismos sino en la gente, y no se debe precisamente a la creación del término popular Tlanchinieblas, pues sí hay neblina, mucha niebla y las más de las veces el sol se oculta por mucho tiempo, la tristeza más que a la bruma se debe a la hambruna.
En un mes he recorrido casi toda la Huasteca hidalguense, gracias a eso he podido comprobar lo que ya me habían dicho, lo que es un secreto a voces, que la situación social es verdaderamente deplorable. Los pueblos no viven, se desviven por vivir pero agonizan irremediablemente, sumergidos en una miseria atroz: el hambre, las enfermedades, el alcoholismo, la insalubridad y la abominable ausencia del pan espiritual que debiera ser aportado por la educación “laica y gratuita”, son los tristes barnices con los que se da la pátina definitiva a los pintorescos cuadros de la Huasteca.
Pero hoy quiero referirme de manera particular a uno de los pueblos del municipio de Tlanchinol, llamado Temango, el cual se encuentra ubicado en un punto donde convergen varios caminos. Dos de estos caminos no están registrados en ninguna cartografía oficial: uno es el camino del progreso, del desarrollo, es un camino amplio y lleno de luz; otro es el camino del estancamiento, del atraso, es un camino estrecho, apenas una callejuela llena de oscuridad. Por el primer camino avanza un grupo de personas organizadas en el Movimiento Antorchista Nacional, por el otro camino un puñado de seres retroceden, agazapados, confundidos, adheridos a un recuerdo que fue la Confederación Nacional Campesina. Y sorprende realmente saber que en la Huasteca abundan, hoy como ayer, viejas organizaciones campesinas; sorprende porque a pesar de ellas o tal vez debido a ellas, al anacronismo de su ideología y de su práctica no se ha podido contrarrestar ni mucho menos detener el deterioro social de estos pueblos. Volviendo al tema, quiero decir que ese reducto anquilosado y parasitario de la CNC, en Temango, a pesar de su atraso, no se siente derrotado, no se da por vencido y con instinto de parásito, cada conquista, cada logro del grupo antorchista trata de apropiárselo; hace unos años sucedió con la obra del agua potable; ahora tratan de hacer lo mismo con la pavimentación del camino. ¿Qué cosa los mantiene en pie si no son portadores de ningún ideal? ¿Acaso tienen algún respaldo? Pronto lo sabremos. Por ahora lo que podemos afirmar es lo siguiente.
Hace unos meses atrás, el Movimiento Antorchista y el Gobierno del Estado firmaron una minuta donde se acuerda la construcción de varias obras importantes en el estado, entre ellas la mencionada pavimentación del camino Temango-Ahuatitla; pues bien, cuando llegó la maquinaria para iniciar los trabajos, esos parásitos que también ya mencionamos, valiéndose de que tienen en sus manos la Delegación Municipal, obligaron a la empresa constructora a reconocerlos como los únicos autorizados para saber todo lo relacionado con la obra de la carretera y, en compañía del Secretario del Ayuntamiento Municipal, elaboraron una acta y “eligieron” un supuesto comité de la obra, haciéndese pasar como los gestores que habían conseguido hacer que dicha obra llegara. El grupo antorchista, por su parte, difundió diez mil volantes donde se dio a conocer la minuta firmada con el gobierno y se demostraba con la publicación de dicho documento que fueron los antorchistas quienes lograron hacer realidad la llegada de la tal carretera. Pero la difusión de dicho volante causó la molestia de algunos, molestia que se transformó en ira cuando los antorchistas lograron que se reconociera un comité de la obra contando con la presencia de funcionarios de obras públicas del gobierno del estado.
Afirmamos que alguien se molestó y llegó a la ira porque unos días después (o mejor dicho unas noches después de los hechos narrados) aparecieron tirados o colocados en cualquier parte anónimos donde se vierten amenazas contra algunos de los líderes principales de Antorcha Campesina en Temango. He aquí unos ejemplos que transcribimos respetando la sintaxis y ortografía de los autores: “NicoLas grEgorio bete vuscando Tu sancho porque yano vaz A Durar Mucho TE voy aser carne ATTE Tu reNplaso”, “Demetrio ya Calmenze dejen destar Chingando porque les ba costarcaro ATTE su A Migo”… Y así sucesivamente varios anónimos más por el estilo que no consignamos para no cansar más al lector.
Ahora bien, aquí no hay ningún misterio, nada que no se haya visto antes, y como lo entenderá mi probable lector, es fácil dar con los autores de tales amenazas. Ni la niebla, ni la oscuridad son suficientes para ocultar a estos facinerosos, pero será la acción pronta y expedita del encargado de impartir justicia en el estado, la que pueda evitar que la sangre llegue al río. Repito, es fácil, muy fácil dar con los autores de estas amenazas porque frecuentemente, durante las horas en que la gente acostumbra dormir, ellos deambulan por las calles de Temango, ocultándose en las sombras, agazapados bajo las negras alas de la noche, salen por las veredas y donde encuentran el cruce de dos caminos depositan ofrendas comestibles, para que los espíritus de la oscuridad les concedan el deseo de hacer que Antorcha se vaya de Temango. Pero como los dioses y los nahuales, que están a favor de Antorcha, son más poderosos, una fría mañana de estas últimas, amaneció inmóvil y yerto el viejo líder de la reacción antiantorchista, muerto por el propio veneno de su rencor y su odio irracionales…
Y así, entre el lodo, la bruma y el frío, transcurre la vida en la Huasteca, que “canta pero no llora porque el llanto no le queda”; porque a pesar de todo, la esperanza de un futuro mejor persiste, late y se desarrolla en el alma atormentada de su gente.
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