Pasado mañana y un día más, se van a cumplir quince de que llegáramos al pueblo de X, después de las diez de la noche. Con toda premeditación no consignaré el nombre de dicho pueblo, porque lo que se hablará aquí de X, se puede aplicar a cualquier otro de nuestro país. Solamente diré que íbamos, atendiendo una atenta y sincera invitación, a presenciar nuevamente la vaquería y me ocurrió lo que al enamorado que regresa, olvidándose del tiempo, esperando encontrar tal cual lo dejó, al escenario de su pasión. Pero ¡ay! Las cosas no eran ya las mismas. Sólo algunos detalles eran idénticos. La misma penumbra se desparramaba por varios contornos de la elevada iglesia; abajo, el único parque del poblado lucía algo iluminado sin ninguna gracia y a un costado del mismo, circulada por dos escasas hileras de sillas de plástico estaba la misma modesta cancha de usos múltiples en cuyo extremo sur, sobre un pobre entarimado como el del año pasado, estaba depositada la misma orquesta quien desde el punto de vista musical volvió a desempeñar un buen papel.
¿Cuál es el pero entonces si, al parecer, todo se encontraba como el año pasado? Todo a excepción de lo más importante para un evento de ese tipo: los bailarines, que son el alma de la vaquería. El alma era lo que faltaba, cuando menos en la cantidad y en calidad como la vez pasada; es verdad que había varias parejas en la pista, incluso algunas de las que ganaron en el concurso de aquella noche saturnal, se encontraban ahí, pero eran pocas parejas en general y los ganadores de ayer, hoy se mostraban apagados, menos animosos y puede decirse hasta contrariados. Cada vez que la orquesta terminaba una pieza musical, se apoderaba del micrófono uno de esos personajes que se les llama animadores, quien seguramente sin darse cuenta hacía lo contrario a lo que su noble oficio indica, desanimando imperceptible pero sistemáticamente a la distinguida concurrencia. Una de sus primeras intervenciones fue para anunciar la coronación de la reina. El llamado que hizo para presentar la entrada triunfal de su majestad, se percibió desabrido, los aplausos desganados y el semblante de la reina desangelado. Acto seguido nuestro animador pidió al diputado, licenciado fulano de tal, que procediera a coronar a la reina y entonces un individuo rollizo se dejó caer no sin poco esfuerzo por un extremo del entarimado para ir, desprovisto de toda gracia, a colocar una pequeña corona, que nunca pudo quedar bien fija, sobre la cabeza de la soberana. Como si fuera poco este chusco paseillo para enfriar los ánimos mejor dispuestos, tuvo que hablar el diputado quien evidentemente no tenía ni la más remota idea de lo que debía decir, aunque en honor a la verdad el pequeño personaje se portó como un autentico lobo de mar y cuando parecía irremediable su naufragio, se aferró a una tabla de salvación, al darse cuenta de cierto efecto, se dedicó a lisonjear al pueblo de X, como hace el astuto don Juan cuando va tras la prenda femenina, y ya en franco papel de adulador ensalzó la bonhomía de carácter de todos los habitantes, los felicitó por la constancia y puntualidad de su fiesta, por su fe inquebrantable en San José de la Montaña y reconoció en el santo también a un gran protector, seguramente porque a él lo acababa de sacar del apuro, y gracias a San José terminó el discurso el señor diputado.
Pero tremendo daño ya estaba hecho. El animador comenzó a pedir con voz destemplada que se presentara también la princesa que debía estar en dicha ceremonia, obviamente la olvidada princesa no se presentó, la reina tuvo que permanecer sola con su chambelán, tratando de mantener fija su corona que temblaba con reflejos de cristal sobre su negra cabellera. El anunciado desfile de jaraneros fue un fracaso, solamente acudieron dos grupos que dieron con poca alegría una rápida vuelta por la pista improvisada y muy pocas parejas se inscribieron para participar en el maratón dancístico que estaba a punto de empezar. Los concursantes, como siempre, hicieron su mejor esfuerzo, pero, sólo esto faltaba, se vieron algo cansados. Más con todo, el concurso se realizó y los grandes premios anunciados se entregaron; tómese en cuenta que ya vivimos en el año 2009, y reacuérdese que precisamente entre los invitados de honor se encontraba un señor diputado, pues los premios, aunque alguien no lo pueda creer, fueron: 500 pesos para el tercer lugar; 1000 pesos para el segundo y 1500 para el primero. Por la magnitud de estos premios podrá entenderse lo poco lucido de la fiesta que, no obstante, logró perdurar por espacio de una semana. Se dice que una de las últimas noches, la gente que acudió al baile, tuvo que guarecerse bajo los aleros de las construcciones cercanas para protegerse de la lluvia, pues a pesar del rancio abolengo de X, no se cuenta con un salón o mínimamente con un área techada para este tipo de ocasiones. Pero alejémonos un poco de este lugar para ver el panorama más amplio.
En mi participación anterior en este mismo medio, hice referencia a la evolución ocurrida en el pueblo de Tecomatlán, tanto en su aspecto físico como en las manifestaciones de su actividad espiritual plasmadas en su fiesta tradicional anual. Pues ahora agrego sin ánimo de ofender, que Tecomatlán hace relativamente poco tiempo, era casi en todo lo consignado aquí, parecido al pueblo de X. Para quienes han nacido y han abierto los ojos durante los últimos veinte años en ese lugar de la mixteca poblana “junto a los tecomates”, posiblemente sea difícil advertir lo vertiginoso de estos cambios positivos ocurridos en su entorno y quizá vean como algo muy natural la forma en que se desarrollan actualmente sus días de feria; pero quienes hemos tenido la invaluable oportunidad de ser testigos consientes de lo ocurrido, es decir, los que hemos tenido la oportunidad de establecer comparaciones con el Tecomatlán del pasado y el del presente y así mismo poder apreciar la diferencia entre el Tecomatlán de hoy y otros pueblos del país, logramos apreciar en todo su significado lo que ha ocurrido en dicho lugar y no dejamos de sentirnos asombrados. A los pueblos como entes colectivos les sucede lo que a las personas como individuos, el trato frecuente les hace insensibles a los cambios ocurridos, mientras que la rutina, la constante repetición de los mismos días y la celebración de los mismos acontecimientos, se convierten en una sólida tapia que no deja ver lo que ocurre más allá, la fuerza de la costumbre se torna en una barreara infranqueable que no permite el paso al espíritu explorador. Posiblemente en Tecomatlán ya existan personas que vean como algo muy natural el exigir mejores espectáculos para engalanar su fiesta, y hasta se den el lujo de no asistir a algunos de los eventos gratuitos que se presentan y todo esto lo hagan sin ponerse a pensar en su situación privilegiada de habitar un lugar donde la evolución es constante. Así, Tecomatlán se agiganta y su fiesta es cada vez más vistosa, mientras que en el poblado de X ocurre lo contrario, el pueblo se achica y la fiesta cada vez es menos llamativa; pero los habitantes de X, tampoco se dan cuenta de esto, no se detienen a reflexionar en ello pues tienen otras preocupaciones más urgentes.
Pero, si de algo sirve el comentario, diré que estos fenómenos sociales, ocurridos en dos pueblos distintos y distantes, tienen su origen en una palabra: “organización”. En Tecomatlán una parte importante del pueblo esta unida, se pone de acuerdo y lucha para salir adelante. En el pueblo de X predomina la desunión y el desacuerdo. Y más todavía, lo que la organización ha hecho en Tecomatlán, los antorchistas pretendemos hacerlo en todo el país. Un lugar de constante trabajo y desarrollo social donde cerremos el paso a la involución, al retroceso. Un país donde sea posible una gran fiesta nacional. Por eso, el próximo tres de mayo del presente año, 130 mil antorchistas refrendaremos este compromiso, con una magna celebración en el Estadio Azteca, formando y dando paso a la gran ola de la evolución.
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