Entre el brillo de los automóviles y el murmullo multisonoro del gran mercado, llegó el abuelo de todos los vagos balanceando su aspecto de viejo campesino despojado, calzando sus eternas botas con suela de llanta y mostrándome su sonrisa desdentada e impertinente, alargó su arrugado brazo como seca raíz de árbol talado, portando entre sus dedos de rata un despostillado posillo de peltre, y me dijo: -¡dame agua!-; inmediatamente llené su abollado recipiente con el liquido fresco, cristalino, sin sabor ni olor y él lo bebió complacido. Luego se fue retozando como un niño anciano, porque el abuelo de los vagos de la gran ciudad, era un viejo desvergonzado.
Después, deambulando por el rumbo del atrio de la vetusta iglesia, vi venir a otro vago conocido, luciendo orgulloso, casi altivo, la cabeza bien afeitada y su tez morena. Al llegar me dijo: -dame oropel-; inmediatamente extraje el papel brillante de una cajetilla de cigarros vacía y él observó cuidadosamente aquel frágil material abriendo y cerrando los párpados a una velocidad vertiginosa; pasados diez segundos en esta operación, me dirigió una amistosa mirada perdida, mostró sus increíbles dientes blancos, volvió a poner la mirada perdida sobre el trozo de papel y le hundió las afiladas uñas largas de sus dos pulgares; los ocho dedos restantes no permanecieron ociosos; de cuando en cuando esos diez obreros se detenían y los parpados del artífice volvían a temblar en un rapidísimo abrir y cerrar de ojos, los labios dibujaban una sonrisa de hombre inocente, de niño grande, de amistoso idiota, el rostro moreno se concentraba, los dedos volvían a moverse, las dos uñas de los pulgares cortaban, los ocho restantes oprimían, sujetaban, todos imprimían su huella y súbitamente de las manos, surgió una paloma plateada. La paloma movió sus alas y al depositarla sobre el pavimento, revoloteó inquieta y se fue en busca de sus hermanas que sobrevolaban el atrio de la iglesia. Corrí por más materia prima y a falta de verdadero oropel le proporcioné al vago papel dorado, plateado y de otros colores. Complacido, mi amigo se puso a trabajar y de sus manos surgió una hermosa catedral barroca, con su gran puerta labrada, su bella cúpula, custodiando todo al fondo un bello campanario; surgieron flores, se formó un jardín, aparecieron estrellas, lunas, soles y bajo ese raro y hermoso cielo salieron niños tomados de la mano a jugar juegos infantiles. El vago sonreía bondadosamente y luego, terminada su labor, se fue caminando llevándose únicamente esa pacifica sonrisa de un idiota inteligente.
Posteriormente llegó otro vago, este era un joven con cabello ensortijado y dos prendas de vestir puestas; un pantalón luido y un saco sport inmensamente sucio, que desabotonado, dejaba ver un torso lampiño, cuya piel morena a su vez dejaba ver el joven costillar. Al caminar el vago, su saco se movía como una pequeña capa, pues sus piernas no eran aptas para un vago, porque eran desiguales; una era pierna normal de hombre, la otra era contrahecha. Como transitaba descalzo, la pierna normal apoyaba la planta del pie sobre el asfalto estuviese frío o caliente mientras que la otra, cual si resistiérase al tormento, se negaba a posar la planta del pie sobre el suelo, se encogía y en lugar de la planta era el empeine el que tocaba el piso. La mirada de este vago delataba a un ser violento, pero los labios mulatos le devolvían su aspecto inofensivo; a través de esos labios salieron sus palabras, al parecer dijo: -dame un dulce-, pero lo que en realidad pronunció fue: -dame tu tristeza-; corrí hasta la alacena, tomé un plato ancho y sobre el mismo coloqué una buena porción de tristeza, se la di al vago y éste con sus manos sucias fue llevando trozo a trozo la tristeza hacia su boca hasta que la engulló completamente, acto seguido mi tristeza reapareció nuevamente en el rostro del vago, convertida en franca sonrisa y la sonrisa se transformó en risa, después en carcajada y mi amigo el vago y yo nos fuimos carcajeando por la calle de Los Misterios, llegamos llorando a carcajadas hasta la gran avenida que ahora se llama calzada de Guadalupe y ahí encontramos un gran desfile de vagos que provenían de distintos lugares, una gran procesión de vagos que iban en penitencia, en tumultuosa peregrinación rumbo al gran santuario ubicado al pie del cerro por donde rodó la cabeza de la decapitada Coyolxauhqui.
Y así crecí viendo pasar un desfile de vagos frente a mi casa, vagos de todos tipos, hombres y mujeres, niños y adultos, por eso, como los malos ejemplos son los que más educan, cuando llegué a la mayoría de edad, me convertí en un vago, me dediqué a caminar y llegué hasta los límites de la tierra, donde comienza el mar. Ya estando ahí, me avisaron que habían apresado en Querétaro a 15 compañeros y, a una mujer que se atrevió a defenderlos la apresaron también. No me cayó de extraño, no me sorprendió la noticia porque verdaderamente hay personas que no están de acuerdo con nosotros, hay personas que sienten repugnancia por los vagos, tal es el caso del actual gobernador de Querétaro, él nunca ha sido vago, ni podría serlo pues su mismo nombre se lo impide, el es Patrón. Como Patrón y como gobernador él puede hacer grandes negocios personales y acumular mucha riqueza, por eso aunque quisiera nunca podrá ser un vago. Además a él digo, le repugnan los vagos, le repugnan a tal grado que no escatima en pagar mucho dinero para que hombres y mujeres bien vestidos, bien lustrosos, se muestren en la televisión hablando contra los vagos, exigiendo que un castigo ejemplar sobre ellos caiga. Por eso están presos 15 hermanos en Querétaro y prisionera también, la mujer que los quiso defender, cuyo nombre como buena gitana es el de Yesenia Valdez.
Vamos por ellos, dijeron mis compañeros, exijamos su liberación, ¡reuniremos 25 mil vagos para protestar contra esta injusticia!, ¡reuniremos un millón de firmas exigiendo libertad!; ¡Tú, hermano, consigue 4 mil firmas de los que viven cerca del mar! Y les contesto: ¡Hermanos, estoy de acuerdo! Y salí a la calle, porque soy un vago incorregible y hete aquí que logro reunir no 4 sino 9 mil firmas. Cuando quiera el señor gobernador de Querétaro, Francisco Garrido Patrón, se las hago llegar; 9 mil firmas, algunas no se les entiende la letra, otras llevan simples garabatos, otras son en fin solo manchas, pero que se puede esperar, si son firmas de 9 mil vagos, firmas que en el momento menos esperado pueden tomar formas de carne y hueso. Con esto, ya lo sé, no voy a quitarle el sueño al gobernador Francisco Garrido, él no le teme ni a un millón de vagos, desarrapados, sucios y pestilentes. ¡No le vamos a provocar insomnio sino asco al perfumado Patrón!
Más bien mi intención es que sepan mis hermanos presos que no habrá descanso hasta lograr su libertad. ¡No desfallezcan hermanos! Pronto estarán libres. ¡Queremos que sigan siendo vagos!, aun ahí en la prisión, sean vagos, hártense de vagancia. Si aun pueden ver el cielo, siéntanse aves, imagínense cabalgando sobre una estrella fugaz, sobre un moderno Clavileño, y por favor, sean vagos, como don Quijote, el caballero andante, vapuleado por galeotes y vapuleador de tronos. Y si su tormento les impide ver el cielo, pero todavía lo pueden sentir, sean vagos como el redentor. ¿Qué era Jesús, caminando por los montes y las playas? ¿Qué era Jesús, el hijo del hombre, predicando a favor de los pobres por los desiertos y las ciudades? Era un gran vago. El vago más hermoso que haya existido. Sin alhajas ni riquezas acumuladas. Tan solo el alma pura. ¡Seamos vagos!, vagos sin vergüenza, ni reposo, como el Dr. Ernesto de la Serna. El Che Guevara. Vagos en fin, como el viento, ¡como un himno a la libertad!
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