Sobre la selva alta estaba echado un enorme jaguar negro con brillo de obsidiana en su pelambre cósmica; diríase que era una exorbitante estrella de luz negra, un ciclópeo sol negro irradiando frío, a quien como regio adorno en su enorme cabeza felina le brillaba intensamente un ojo de plata, entreabierto y rasgado, que proyectaba una violenta serenidad, una incuestionable severidad limpia de gato salvaje. Contemplándole por su costado derecho o por el izquierdo o por cualquier parte, el enigmático ser era de una belleza tan descomunal, tan definitiva, que lastimaba, hería el alma haciéndola estremecerse de algo parecido a un doble sentimiento de felicidad-tristeza. Su belleza era una obra perfecta hecha por la mano invisible del tiempo con elementos primarios, luz y oscuridad, frío y calor. El enorme gato negro lanzó sin violencia un sordo rugido y como el aliento de un dios al condensarse, cayó sobre la tierra toda, una tenue brisa que poco a poco se convirtió en tranquila lluvia, fue una lluvia breve, sencilla, portadora únicamente del brillo nocturno y de cierta música primitiva. Era la noche en que se festejaba el nacimiento pero también era otra noche, era la noche, la última noche de lo que hasta ahí concluía, eran dos noches, una frente a otra y a la vez una unida a la otra, eran dos noches en una, era pues una misma noche. Era una gran noche echada sobre la selva, abarcándolo todo: la madera, la piedra, el agua nómada, el viento errante, el violento fuego, el nervio salvaje del animal y el espíritu humano.
Los hombres de Prometeo reuniéronse atónitos ante sus rústicas mesas; a pesar de tanto conocimiento ya no podían creer en nada, todo seguía igual, todo era decadente adentro y en torno de su pobres hogares, ni siquiera los vistosos ropajes sacerdotales lograban sacar de su desconcierto al pueblo de los mortales, y a ciencia cierta nadie sabía que hacer frente al momento solemne de la asunción del fuego nuevo que ya presentían llegar. La mayoría prefirió evadirse lanzándose de cabeza en la vorágine de una ridícula euforia; algunos sonreían con indulgencia y otros permanecían pensativos, taciturnos, con la mirada puesta en una lejanía contemplando y hablando para sus adentros al enorme gato negro.
Entonces en un instante indeterminado los enanos se volvieron adivinos y los más altos, profetas; cuando eso ocurrió no era necesario ser sabio para entender lo que significaba el silencio de las miradas. Tal vez de la inmensidad de la negrura surgieron las palabras con sonido y brillo de plata, algunas de las cuales están aquí: el fuego nuevo llegará pero significará nuevas torturas para Prometeo y cuando el Titán esté a punto de desfallecer, la fuerza violenta de Heracles renacerá, se multiplicará en los hijos de sus hijos, éstos formaran legiones y ocurrirá una gran proeza cuando ese ejército de hombres heroicos conmuevan los cimientos del cielo al edificar la verdadera justicia, las guerras desaparecerán, así como el hambre y las muertes por enfermedades, en ese momento ya no seran necesarias las leyes humanas y los nuevos hijos de la tierra se regirán por las leyes de la naturaleza. Siendo todo esto así la vida de las generaciones futuras, se levantará sobre la muerte fecunda de las generaciones presentes…
Pero al día siguiente el mundo volvió a la normalidad. Los diarios consignaron: 69 detenciones, 25 golpeados, 10 volcaduras, 7 apuñalados, 4 suicidios y 2 asesinatos. Y esto en su totalidad ocurrido durante las primeras horas del año que comienza, en un pequeño territorio paradisíaco de nuestro país, de cuyo nombre no quiero acordarme, pero ya se sabe que nuestro país, es todo, ¡todo un paraíso!, donde nosotros los desterrados, hijos de Eva, nos encontramos gimiendo de dolor en este valle de lágrimas esperando con ansia el diluvio próximo, con el alma puesta en que aquello que subsista del paraíso terrenal se encuentre libre de serpientes y dioses perversos. Entre tanto, para no desentonar con la época digamos ¡feliz año nuevo! o algo parecido a “detrás de las tinieblas, está la luz”.
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