Las olimpiadas son hijas del pueblo griego, debido a eso las que se desarrollaron recientemente en China, estuvieron presididas por Ágale, la más joven de las Gracias, la resplandeciente. Todo brillaba, todo tenía una aureola de bello resplandor, las sonrisas prodigaban el color del marfil vivo, las miradas cintilaban sinceras, la muchedumbre en alegre algarabía tornábase cual calidoscopio humano, en rutilante congregación cosmopolita y el mismo fuego olímpico tradicional apareció más vivo, más radiante, más ardiente, con el bronco destello, propio de una gran lengua de la fragua de Hefestos. ¡Magnifica celebración!, la luz inundaba el ambiente multicolor, todo era lluvia de arco iris.
Pero antes de la gran fiesta, los pueblos del mundo vivíamos apesadumbrados, la miseria nos roía el corazón, ¿es que nunca habrá final para tanta inmundicia?, ¿es que la maldad humana será al fin la vencedora?, ¿es que el lobo del hombre, el hombre-lobo, no cesará nunca su saña infernal? Nos preguntábamos. Había hambre y sed por doquier, sobre la tierra y dentro del alma; la muerte y la oscuridad nos cerraban el paso y vivíamos, o mejor dicho agonizábamos en medio de la desesperanza, en una época de tristes derrumbes sociales, de crueles terremotos y espantosos sacudimientos marinos. Y luego del último doloroso sismo homicida, cuando esperábamos más llanto, sobrevino la calma, el pueblo chino ha cerrado el puño…
Entonces se escucharon rítmicos y majestuosos los tambores: tam-tam-tam, tam-tam-tam, tam-tam… No nos convocaban a la guerra, tampoco nos anunciaban luto, nos convocaban a la gran celebración. Algo verdaderamente conmovedor, los chinos apenas enjugaron sus lagrimas hicieron sonar miles, cientos de miles de pequeñas campanas de plata y miles y miles de cascabeles; luego emergió el dulce canto de la tierra oriental convertida en mujer, mil voces formaron una, nació el amor y la fraternidad; con la vibración plateada se ahuyentó la maldad, se llamó a la bondad y la alegría y se congregaron cientos de pueblos; a la par de ellos las hadas llegaron y derramaron buenos sueños y bellos anhelos como regalos para la humanidad entera. Fue así que vimos las hazañas de los hombres: el conocimiento del mar y de la tierra, el descubrimiento del papel, el pensamiento filosófico, las bellas artes y las ciencias. El hombre llegó a ser gigante y comenzaron las hazañas deportivas, otro tipo de enfrentamientos se consumaron.
Todo se vio esplendoroso, porque todo se comenzó a preparar con tiempo. Algunos dicen que las instalaciones deportivas se edificaron en cuatro años y tal vez así haya sido. Pero la proeza comenzó a prepararse mucho tiempo ha; en julio de 1930 el presidente revolucionario y guerrero poeta, el ya histórico Mao Tzetung escribía: “En junio nuestras tropas celestes castigan la corrupción, el mal,/…Al otro lado del río Kanchiang, un rincón entero se vuelve rojo,/…Obreros y campesinos, un millón, arremeten unánimes,/ barren Chiangsí, se lanzan sobre Junán y Jupei./ Entre los conmovedores acordes de La Internacional,/ un huracán baja desde el cielo para nuestro bien.” Hace 78 años Mao escribió este poema, pero el movimiento revolucionario comenzó más atrás y detrás de la gran muralla desplazándose por los legendarios ríos que llegan hasta el fin del mundo, sobre las gigantescas montañas cuyas cumbres tocan el cielo, avanzaba como un bosque púrpura erizado de bayonetas, como incontenible y gigantesca ola de un vinoso mar, el ejercito rojo compuesto por millones de obreros y campesinos. Esos millones de seres, tras la gran muralla se dieron a la tarea de construir la República Popular China.
Hoy esta es una república moderna y gracias al esfuerzo del pueblo es ya una gran potencia mundial que comenzó a construirse desde inicios del siglo pasado, por eso afirmo que la proeza comenzó hace mucho tiempo. Esto ha quedado claro después de la sublime celebración, ahora el mundo sabe lo que estaba ocurriendo detrás de la gran muralla pero ahora, después de la esplendida fiesta del músculo, de la inteligencia, del movimiento y de la belleza, nos invade la nostalgia, nos asalta un mal presentimiento. Ahora que se han dado cuenta de lo que ocurre detrás de la gran muralla, los hombres serpientes y demás demonios reanudarán el asedio, la cacería de la grulla amarilla. Inventarán trampas nuevas. Comenzarán a calumniar a la república del rojo pabellón, levantarán enormes mentiras tratando de ocultar la verdad… Mao me tranquiliza diciendo que la grulla amarilla ha volado y no se sabe a dónde, que solamente queda el lugar de bellos y elevados contornos. Luego entonces la cacería será infructuosa, la serena sonrisa del guerrero-poeta me infunde confianza, los ojos rasgados del pueblo chino que miran confiados hacia el futuro me inspiran ternura y creo que yo también sonrío emocionado cuando veo la destreza de sus gimnastas olímpicas: su agilidad, sus bellos, inocentes y sinceros movimientos me reconcilian con el mundo, ¡Oh hermosas acróbatas dignas del Olimpo!, junto a ustedes siempre permaneció en discreta compañía Ágale y quizá también sus dos hermanas, por eso ustedes eran tan graciosas y brillaban tanto, ¡tanto!, que cegaban momentáneamente los ojos acostumbrados a la penumbra de la tristeza, e inundaban de luz el alma alegrando los ajados corazones.
Y terminó la gran celebración. Los concurrentes emprendieron por todos los caminos del mundo el regreso y la retirada, unos para no volver jamás a la contienda olímpica, otros con la esperanza de retornar por los trofeos. Y todo ha vuelto ya a la normalidad, a lo que fue antes de la fiesta. Los pueblos continúan sufriendo el hambre, la guerra y las inclemencias de la naturaleza, el mal se levanta desde las tinieblas como un enorme dragón, pero ya vendrán las tropas celestes a combatirlo y “atarlo con su gigantesca cuerda”; y ahora, tras la enérgica actuación de los hijos de oriente, el mundo ya no está tan oscuro, la luz que destelló China desde las olimpiadas se ha convertido en la estrella que los pobres esperaban como señal, como símbolo del advenimiento de un nuevo mundo, pletórico de progreso, paz y justicia social.
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