Entré a una fonda chiquita que no parece restaurante, sino más bien casa particular, ubicada muy cerca de una conocida y concurrida central de autobuses del sureste. Los que andamos promoviendo Antorcha, debemos recorrer grandes distancias como podemos, vea usted: las más de las veces a pie, otras en vehículo particular, frecuentemente en autobús o con la ayuda del “gordo”. Pero ese día viajaba en un democrático autobús que hizo alto obligatorio en dicha terminal y por la hora del día no quedó más remedio que ir a comer.
A pesar de la crisis, pude ocupar un lugar junto a un grupo formado de choferes, viajeros y varios parroquianos más. El sitio, paso obligado de ese corredor tropical, ya es relativamente familiar, por eso me sorprendí al ver junto a una pared algo como un altar pequeño, en el cual estaba una fotografía de la dueña de ese lugar, flanqueada por un par de veladoras y algo escalofriante con la apariencia de una mariposa negra se posaba tercamente sobre el blanco mantel; no pregunté nada y nada me dijeron al respecto, además, como capotes en los burladeros, en lugares estratégicos dos brillantes televisores atraían la atención de la concurrencia trasmitiendo el noticiero de la tarde.
El menú era ¡otra vez arroz!, las noticias eran pan con lo mismo y más desabridas; la joven conductora del noticiero no era suficiente para lograr captar la atención, de modo que los sentidos de los comensales estaban puestos en la plática abundante y en los magros condimentos. Pero vino el platillo fuerte, ocurrió que Yuridia, así dijo llamarse la locutora, anunció el plantón de los antorchistas frente al edificio de Gobernación en la ciudad de México; y como atraídas por un imán, muchas, no todas, pero sí muchas miradas se dirigieron a los televisores. Yuridia citó a los reporteros y dos o tres de estos se apresuraron a dar sus versiones, las cuales coincidían en un solo tema: los dueños de los comercios aledaños al edificio de gobernación se quejaban de la baja sufrida en sus ventas; predominaban las quejas precisamente de los vendedores de comida, pero ellos se quejaban no del plantón de los antorchistas, sino de que estos no compraban pues, como quien dice, los orquestadores del sainete obsequiaban las tres comidas al día a los asistentes.
Cinco minutos o más duró la faena reporteril pero, aunque usted no lo crea, en ningún momento, ¡absolutamente en ningún momento!, se dijo cuales eran los motivos del plantón; nada se dijo de los catorce campesinos presos injustamente por órdenes del gobernador de Querétaro, Francisco Garrido Patrón; nada se dijo respecto a la actitud represiva del secretario de gobierno de aquella entidad y nada se dijo de los abusos cometidos por las “autoridades” queretanas contra la población de La Piedad, municipio de El Marqués; toda la nota estuvo orientada a demostrar que lo blanco es negro, que los antorchistas, con su plantón, perjudican a terceros cuando en realidad la culpa de esto, es decir, los causantes del conflicto son los gobernantes panistas de Querétaro, que pretenden aniquilar a una organización social, y la actitud solapadora del gobierno federal. No obstante, mi indignación se atemperó gracias a la actitud de los comensales, ya que de los cinco o más minutos que transcurrieron con la nota, tal vez dos minutos se le prestó atención, después todos volvieron a la charla y a las viandas, ni siquiera un leve gesto de desaprobación contra los plantonistas, a nadie parecieron importarle las quejas de los comerciantes ni la preocupación de los periodistas. La muchacha que atendía mi mesa y que ya sabe de mi filiación política, me obsequió de postre la fugaz sonrisa de una mirada cómplice. Y ahí acabaron las glorias de Yuridia; a nadie, ¡absolutamente a nadie! de los muchos presentes le interesó el contenido de la noticia, nadie se conmovió, nadie tuvo alteraciones en la digestión y nadie, salvo yo, se indignó, pero obviamente mi enojo no fue contra los plantonistas sino contra los periodistas, por esa forma tan unilateral de dar la información. Sobre una servilleta tomé algunos datos y me prometí elaborar un escrito para la página web de antorcha. Pero llegué a donde me informaron que ya había pláticas con Gobernación y visos de solución al conflicto; con cierta contrariedad rompí la servilleta que contenía mis anotaciones y la vida continuó su curso.
Días después me llega el aviso: las pláticas con Gobernación están rotas, las promesas incumplidas, la defensora de los campesinos apresada y la jauría mediática desatada contra los antorchistas. Y vuelve la prensa a su oficio de triturar la verdad, la prensa mentirosa, la prensa infame al servicio de los poderosos, vuelve a prestarse de látigo para flagelar la espalda del pueblo.
En este momento recuerdo la sonrisa que me dieron de postre en una fonda chiquita que parece casa particular y digo: señores periodistas, o mejor dicho, no periodistas sino prostituidores del periodismo, no lograrán, señores, tapar el sol con un dedo, ni con diez dedos, cuando mucho en su execrable intento irremediablemente quemarán sus pobres plumas.
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