MOVIMIENTO ANTORCHISTA


Hombre sí come hombre

Mario García Castillo
Dirigente antorchista en Quintana Roo
15 de febrero de 2008

Cuando el usurero Shylock reclamaba con vehemencia una libra de carne del pecho de Antonio (el mercader de Venecia), para satisfacer con esa carne, digamos todavía viva del desafortunado mercader, el cumplimiento de los términos del contrato pecuniario que ambos habían firmado, muchos de los que presenciaban el litigio se asombraron y otros más se estremecieron de espanto. Pero el usurero encontraba absolutamente normal y hasta justa su exigencia, pues había un contrato, un documento aprobado socialmente, rubricado por su deudor y él únicamente pedía ante la justicia veneciana el pago de la deuda contraída; por lo tanto, con el cuchillo en la mano como quien se dispone a darse un gran banquete ordenaba se le entregase una libra de carne, ¡del pecho! ¡cerca del corazón!, del arruinado comerciante. Uno de los barcos de Antonio, cargados de una cuantiosa fortuna en mercancías, había zarpado con destino a México y en ese tiempo, estamos hablando en el albor del siglo XVII, la capital de nuestro país había dejado de llamarse Tenochtitlán, pues desde 1549 Carlos V le concedió el título de Muy noble, insigne y leal ciudad de la Nueva España y entre otros cambios ocurridos, estaba dejando de parecerse físicamente a la Venecia de aquel mercader.

Se sabe que cuando llegaron los europeos llevando in capite a Hernán Cortés, se quedaron asombrados al contemplar, desde una prominencia del camino, allá a lo lejos la hermosa vista de la capital del imperio azteca: anchas avenidas de recto trazo y edificios piramidales ordenadamente distribuidos, limpios y bien pintados, recibieron con serena y majestuosa indiferencia la mirada sorprendida de los hombres blancos y barbados, que llegaban de otro mundo. Algo que en realidad les sorprendió, precisamente, fue que la mayoría de esas calzadas que contemplaban no eran de material sólido, sino de agua diáfana donde se reflejaba el cielo azul y eso se debe a que, como todos sabemos, la gran Tenochtitlán se edificó en medio de un hermoso lago. Por este rasgo distintivo y poco común, de hallarse como flotando sobre el cristalino espejo del lago y de tener como vías de comunicación calzadas de agua, en lugar de Nueva España pudo haber sido llamada Nueva Venecia. Pero al ser los iberos quienes asentaron sus reales en esa tierra recién descubierta, la capital del imperio azteca fue bautizada con otro nombre y la ciudad de los lagos, perdiendo poco a poco su encanto de bella oceánide, quedó al final sepultada bajo la pesada arquitectura de lo que hoy es la ciudad de los palacios. Por su parte, Venecia conservó su personalidad de ciudad acuática y dicen que, hasta la fecha, es una hermosa perla engarzada en aguas marinas.

Pero los mexicanos no debemos perder nuestro buen ánimo, ya que gracias al conquistador Hernán Cortés y a muchos otros esforzados hombres no hemos desaparecido de la historia universal. Como ya dije, a través de muchos años surgió de las ruinas de la metrópoli azteca otra gran ciudad, que hasta el día de hoy es nuestro orgullo; la cosa no fue tan fácil, pero empezó más o menos así a decir de don Vicente Riva Palacios: “Después de la rendición de México, la ciudad quedó casi reducida a escombros. Cortés trató de su reedificación autorizada por el emperador Carlos V y comenzó por señalar el terreno que en ella debían ocupar las casas de los conquistadores y el que debía ser para los conquistados.  Los españoles ocuparon el centro de la ciudad, y la línea que marcaba esta parte privilegiada, que era un gran cuadro separado de los demás por una inmensa acequia, fue lo que se llamó la traza. Dentro de la traza no podían vivir sino los españoles y algunos de los vencidos que fueran de una muy elevada categoría, como el desgraciado, último emperador azteca. Una parte del terreno, que fuera de la traza, ocupaba el mercado de San Hipólito; fue convertida en paseo, por el virrey don Luis Velasco. Se sembró de álamos y se cercó. Esto no era sino una parte de lo que se llama hoy la alameda.” Fuera de la traza, comenzaron a proliferar caseríos miserables, que pasados muchos años y llegando a sumar tres siglos, se convirtieron en lo que hoy son los barrios y colonias aledañas al primer cuadro de la ciudad de México; así fue como hacia el norte del actual centro histórico sobre lo que en un tiempo fueron potreros y que a lo largo de tres centurias, entre otros pertenecieron por último al licenciado Teziuteco Rafael Martínez de la Torre, surgió la actual tristemente célebre colonia Guerrero, en el año de 1880. Y en la colonia Guerrero, por eso digo que no debemos perder el buen ánimo, nos volvemos a equiparar con la bella Venecia, más no porque en la Guerrero sea necesario viajar en góndola, sino porque en ella, los espectadores del drama moderno han visto surgir un nuevo Shylock, si bien tercermundista y ramplón al no ser como aquel usurero de las inmortales páginas de Shakespeare, dueño de una gran fortuna y peor reputación, pero eso si, igual a aquél en sus instintos de antropófago.

Este nuevo Shylock no prestaba dinero a sus víctimas para después comérselas vivas, sino que simplemente se las devoraba, como se dice, por amor. La semejanza de los dos estriba en su origen social y mentalidad enferma; si bien a aquél se le puede considerar conciente de sus actos y a éste inconsciente o demente nadie en su sano juicio debe aprobar la existencia de seres como aquel usurero antropófago de la Venecia  y este miserable caníbal de la Guerrero. Pero el repudio debe tener medidas, ya que la ofensa que profieren a la sociedad que los procreo es de diferente índole. Y es tanto más importante saber calibrar el fenómeno idéntico con sus dos distintos casos, por cuanto este tipo de seres seguirán existiendo y a nadie debe extrañarle, pues antropófagos como éstos son producto de la sociedad dividida, donde la lucha por la existencia es a muerte y de todos contra todos. Los usureros como Shylock, todavía existen y hasta son bien vistos en la sociedad actual que es la misma, aunque más longeva que aquella donde nació el cruel prestamista. ¿Qué son si no usureros los dueños de los grandes bancos? Y ¿qué son sino antropófagos los grandes empresarios que exigen como nuevos Shylock ante la ley el cumplimiento del contrato de trabajo y no perdonan que el obrero deje de laborar un minuto, con el argumento de que el tiempo no trabajado representa perdidas de dinero para sus empresas? Al final de la jornada laboral el obrero, agotando su fuerza de trabajo, pierde sin darse cuenta parte de su sangre y de su carne para amasar así, las grandes fortunas de los capitalistas. Personajes como el caníbal de la Guerrero provocan asco en las buenas personas. Pero ese mismo asco deberían sentir las buenas personas ante el multimillonario que vive explotando a hombres que trabajan para él por un salario misérrimo.

Finalmente, quienes se horrorizan ante acontecimientos como el del caníbal de la Guerrero, es porque han vivido con los ojos y los oídos cerrados, ignorando la historia; porque no saben que una vez caída la gran Tenochtitlán, entramos a un nuevo mundo, al mudo del capitalismo naciente en el cual por las noches se veían visiones fantasmagóricas. Las calles de la Nueva España, en la noche eran transitadas por almas en pena de hombres muertos en la tortura a manos de la santa inquisición, por apaleados muertos merced a la saña del señor encomendero quien los trataba en su explotación agrícola o minera peor que a bestias de carga, por indios nobles o plebeyos asesinados por el fiero conquistador y por los mismos fantasmas de conquistadores condenados por su propia desmedida ambición. Aparecidos, muertos sin reposo en el más allá, deambulaban por las calles coloniales bajo el manto de la noche oscura. Esos seres de ultratumba, nunca se han ido a descansar en paz, ni lo harán mientras exista la sociedad donde el hombre es fiera del hombre; por eso en la moderna ciudad de México, al desaparecer la luz del día, se puede ver todo tipo de espectros; sólo es cuestión de atreverse a abrir bien los ojos durante la noche e internarse por las callejuelas oscuras. Ahí encontrará quien quiera una amplia gama de seres siniestros: lobunos, vampirezcos, momificados, lloronas, brujas, hechiceras malas, herejes, agonizantes eternos y nahuales de todo tipo; engendros polimorfos, entre los cuales los caníbales, quizá, son los más inofensivos, y todos con la impronta de productos mercantiles genuinos del moderno sistema de explotación del  hombre por el hombre.  Ahora pregunto al señor comendador: ¿Quién mató al caníbal de la Guerrero? ¿Un más fiero carnicero? En la antigua Venecia, ponderando la falta de cada quien, se les hizo justicia al usurero y al mercader… ¿y en el México moderno? 

     

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