MOVIMIENTO ANTORCHISTA


La última morada de Don Hércules

Mario García Castillo
Dirigente antorchista en Quintana Roo
Chetumal, Q. Roo., a 16 de agosto de 2009

Más de mil 800 viviendas distribuidas en varias comunidades campesinas de dos municipios de Quintana Roo fueron el producto de una lucha que pasó por muchas comisiones presionadoras: tres marchas, un plantón y la ira sacrosanta de los funcionarios de la vivienda. Después de haber firmado un documento de ésos que llaman “minutas”, donde se indica más o menos con detalle el compromiso que adquirieron los funcionarios de la vivienda con los pueblos solicitantes, dichos funcionarios se apresuraron a ir a las comunidades, pero no a dar cumplimiento a sus compromisos, sino a propagar lo que tal vez ellos consideran un deber. Ciertos empleados del Instituto de Vivienda, cuyos nombres se tienen y pueden ser publicados en el momento necesario, dijeron en las comunidades, que la vivienda que iba a llegar no era la gestionada por Antorcha. Que la vivienda, aún sin la lucha de Antorcha, el gobierno la iba a realizar de por sí. Pero ahora, después de casi un año de haber comenzado las obras de construcción y a pesar de que las comisiones presionadoras ante el Instituto de Vivienda no han cesado, aproximadamente un 50 por ciento de las viviendas pactadas no se han edificado, y las que están construyendo, se están haciendo con mucha lentitud. Lo más preocupante del caso es que en los últimos días se ha propagado el rumor de que ya no se construirán más viviendas, y se usa como argumento para justificar tal afirmación, la crisis económica que estamos viviendo. Como verá mi atormentado cuanto probable lector, en lo que estoy diciendo no hay nada nuevo, denuncias como ésta son la constante sobre todo en la página web de Antorcha, pero esto no es malo, la denuncia de este tipo de atropellos es tan justa como necesaria, y aunque lo que se denuncie no sea nada nuevo, en todo caso sirve para confirmar que, en materia de prepotencia de los funcionarios, vivienda popular y de injusticia social, padecen lo mismo los bajacalifornianos que los quintanarroenses. Pudiéramos decir, cayendo en el pesimismo, que así ha sido y así será por siempre; por los cuatro puntos cardinales y por toda la esfera terrestre, siempre habrá ricos, siempre habrá pobres, siempre habrá desigualdades sociales y nunca se podrá cambiar esta realidad, pues el orden de la naturaleza y del universo es riguroso.

Al parecer las nubes siguen acumulándose como lo han hecho durante siglos en la misma región de la concavidad celeste y la misma bóveda celestial de siempre, exhibe igual que hace siglos su manto intensamente azul como siempre, más radiante cuando la estrella solar domina el cenit. Abajo las hormigas, convertidas en hombres de energía singular y mujeres de profundo talle, sufren como siempre los mismos rigores de una sed ancestral. Debemos admitir que a simple vista se observa que no ha ocurrido ningún cambio en la realidad, pero ello se debe a una ilusión óptica, pues el devenir universal se da en ciclos que siguen un rítmico ascenso. Aparentemente, todo sigue igual y, sin embargo, todo está en continuo cambio. El Viernes Santo de este año, un campesino, perteneciente a la rama genealógica del legendario Jacinto Pat, con más creatividad empírica que apoyo científico, sembró unas pequeñas semillas que cabían en su puño cerrado, ahora, cuatro meses después, se pueden apreciar sobre los surcos unos frutos ovoides de tonalidades verdes, como trozos de malaquita, tres veces más grandes que el cráneo de un campesino adulto. Algunos de esos grandes huevos como de mármol veteado surgidos de la tierra, fueron trasladados entre el orgullo y la alegría hasta el poblado. La más bella de esas piedras vegetales fue conducida hasta la tabla de una mesa colocada bajo la sombra de una enramada, ahí quedó por unos segundos al parecer inmóvil, al parecer resignada y hasta satisfecha de su destino, pues cuando un cuchillo de cocina se elevó por el aire y fue a perforarle un profundo tajo, de debajo de la verde piel surgió una sublime carne intensamente roja, compacta, pero tierna y sencillamente dulce. Si alguien durante el sacrificio de la sandía, al sentir el sincero dulzor de esa carne frutal vertiera copioso llanto, nadie, aún sin saber algo de la vida, se atrevería a tacharlo de hombre simple. Y ahora, el campesino sabe algo más, sabe que en ese triste páramo, circundado por la soledad, agobiado por el calor, él, fundiéndose con el propio páramo, puede lograr que nazcan frutos con epidermis de esmeralda y carne dulce color de rubí. Mejores joyas no podría desear. Y como la esperanza muere al último, él piensa que el próximo año la cosecha será mejor. En la celebración de esta primera cosecha estábamos, cuando entre el entusiasmo general, alguien hizo públicas las pretensiones de uno de los campesinos de más edad. Dijo que como aquel compañero ya rebasaba los 70 años, lo mismo que su esposa, y además ella estaba muy enferma, de modo que él tenía que hacer trabajos de mujer y hombre al mismo tiempo, debiendo cuidar de su pobre mujer, que ya no podía hacer nada por sí sola, y como él también se sentía un poco enfermo, había decido a tomar una nueva mujer a fin de que ésta cuidara de él y su anciana esposa. Para que tal decisión no fuese vista con poca seriedad, se agregó que la había tomado animado por el hecho de que ahora ya tenía casa nueva, pues le tocó una de las más de mil 800 viviendas pactadas con el Movimiento Antorchista.

La fiesta de las sandías continuó por varios días, cada vez que se cortaba una, resultaba más dulce que la anterior. Las sandías (pudiera decirse esperanzas) maduraban tanto como las pretensiones matrimoniales de nuestro anciano campesino, a tal grado que muchos ya veían como una posibilidad tal acontecimiento, la casa ya estaba terminada completamente y completamente aseada, solamente le faltaban los muebles y las  personas que la habitarán, se hablaba de que alguien, a los más de 70 años, podría estrenar vivienda y mujer; entre tanto, la anciana esposa de nuestro campesino languidecía, y algo fatal se esperaba de un momento a otro, pues la lechuza había cantado varias noches. Y como esos pronósticos no fallan, la fatalidad se presentó un día que no se diferenciaba de los anteriores en nada. Sucedió que nuestro buen amigo, con sus esperanzas a cuestas y un dolor en el pecho, salió de urgencia a ver al médico; más de 70 kilómetros son fatales cuando se combinan con más de 70 años de penas y merced a ello todos los planes de una vida mejor quedaron reducidos al espacio que ocupa un pobrísimo ataúd, como son todos los ataúdes en que se sepulta los pobres, ataúdes que en su humilde brillo opaco dejan traslucir toda la tristeza que padeció en vida el infortunado inquilino que contienen.

En compañía de todos sus amigos, este compañero, este campesino de más 70 años, habitó su nueva y mínima vivienda por unas cuantas horas, las mismas que duró su velorio, porque él sin despedirse se fue a yacer a su última morada, la cual, lo mismo que la que en vida no pudo disfrutar, lo recibió con frialdad y sin muebles. A este buen hombre todos lo conocimos con el nombre casi despectivo de Erculano, pero la voz de una buena persona me dijo en un momento de su velorio, sinceramente compadecida, “pobre don Hércules no pudo vivir en su casa”. Vino entonces a mi mente, como un recuerdo, el errante Hércules libertador de Prometeo; pero fuera de mi imaginación, un rasgo del sepelio de Erculano que vale la pena conservar en la memoria, es la presencia ahí de muchos niños, adolescentes y jóvenes, algunos de los cuales, en un momento dado, se trasladaron a llevar las mañanitas a una muchacha que cumplía 15 años. Y también fuera de mi imaginación, los funcionarios de la vivienda reciben a las comisiones antorchistas con actitud despectiva, alguno de esos funcionarios, se ha atrevido a decir que él también fue “idealista”, que también leyó novelas soviéticas, pero ahora comprende que siempre habrá pobres y ricos, que las cosas en la sociedad nunca van a cambiar. Y yo digo que no hay peor ciego que el que no quiere ver la perpetua transformación, la constante renovación del mundo. Estos seres están muertos en vida.

De vuelta del panteón, frente a la mínima casa recién construida y abandonada de Erculano, llamó mi atención la algarabía que formaban un grupo de niños empolvados y sudorosos; me acerqué a ellos y pregunté el porqué de sus gritos tan festivos. Uno de ellos me mostró el objeto de sus inofensivas discusiones; en un bote que podía tapar con sus pequeñas manos estaba un búho bebe; un hermoso polluelo de aterciopelado plumaje oscuro me miraba con sus desmesurados ojillos redondos, brillantes como el cristal, enmarcados en una aureola amarilla. Podría afirmarse que la hermosa y frágil avecilla estaba desconcertada ante sus captores. Pregunté qué iban a hacer con él. Lo vamos a matar para que no cante -contestaron algunos de los niños, y otros me miraron interrogantes lo mismo que el pequeño búho. Déjenlo donde lo encontraron, no lo maten porque la que va a cantar es la madre si lo pierde -les dije-. Hubo desconcierto en los rostros de los niños y también en el del pequeño búho. Los muchachos se alejaron; cuando volví a encontrarlos les pregunté por el polluelo, todos guardaron silencio, pero el más grande de ellos dijo con una leve sonrisa: “lo matamos”. Algo contrariado, alcancé a decirles que de todos modos los búhos seguirán cantando, pero no les regañé porque en el fondo entiendo que, a su modo, algunos de ellos piensan que han vengado a Erculano. Y téngase por seguro (con todo y la redundancia), que otros de ellos, en un futuro no muy lejano, lo harán de un modo aún más contundente.

     

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