MOVIMIENTO ANTORCHISTA


Palabras de Benedetti,
para decirle adiós a Benedetti

Mario García Castillo
Dirigente antorchista en Quintana Roo
Chetumal, Q. Roo, a 18 de mayo del 2009

Usted Mario Benedetti, murió sin que le hiciera falta saber que asidos y a manos de sus palabras muchos de nosotros salimos, rompimos el cerco de la intrincada adolescencia y su insondable laberinto, época de nuestra vida en que nos hallábamos consternados y casi rabiosos, viviendo en una ciudad bajo la primavera con cuatro esquinas rotas, viviendo cerca de Montevideo y Los indios verdes, delegación Gustavo A. Madero, entre los formales y a veces también con frío.

        Hoy, muchos “clase media” debemos estar pensativos y pesarosos, porque con usted se muere una parte de nuestra buena conciencia, pues aunque muchos no lo vean así, usted tuvo la entereza suficiente para enseñarnos a hembras y machos, a tener los cojones suficientes para ser irreverentes con los poderosos y autocríticos con los débiles y nuestras debilidades; nos enseñó, asimismo, a tener vergüenza de teclear tres letras en pro del hombre y contra el hambre mientras yaciéramos en medio de un insolente confort de burgués pequeño.

       Hoy, muchos “clase media” debemos sentir nostalgia por la época heroica ya pasada y vergüenza de amancebarnos y cebarnos con la rutina, debemos, por lo tanto, pedir a gritos que vuelva Avellaneda para salvarnos del tedio, del cansancio de ser esclavos y de la humillación de ser sumisos. Que vuelva Avellaneda y nos traiga la tregua, que no es lo mismo que la paz, para continuar, una vez recuperada nuestra voluntad, la guerra hasta conquistar el mundo nuevo para el hombre nuevo.

      Hoy, ante la tumba del hombre de letras militantes, debiéramos recordar que existe la fría palabra “exilio” y entender que entre las probabilidades, no está lejano el día en que será obligatorio que nos lancemos al camino, llevando un ladrillo agregado al equipaje, para no olvidar cómo era nuestra casa, pues la bota fascista cada vez suena más insolente sobre el suelo de nuestra patria mexicana. Para entonces, cuando suene la hora de los nuevos exiliados, tal vez sea imposible llevar un ladrillo como recuerdo, pero llevar sí podremos entre los labios y el corazón, aquel poema que dice: “… si te salvas/ no te quedes conmigo”. ¡Salud Mario Benedetti!, ahora y en la hora de su partida, permítame decirle, como al amigo y compañero, con sus propias palabras, “donde estés, si es que estás, si estas llegando, aprovecha por fin a respirar tranquilo”, lejos, muy lejos de la clase media y sobre todo, lo que es mejor, lejos del imperialismo yanqui que siempre te despreció y despreciaste.

     

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