MOVIMIENTO ANTORCHISTA


La sequía del diluvio

Mario García Castillo
Dirigente antorchista en Quintana Roo
Chetumal, Quintana Roo, a 18 de septiembre del 2008

 

Claro que las tardes veraniegas a pesar de los pesares siguen siendo gratas, sobre todo en este recodo del país donde el mar se ha teñido del color de la esmeralda y el cielo del intenso fulgor del zafiro. A veces casi en la puesta del sol, como si fuesen huyendo del profundo rumor de la bahía en bulliciosa confusión hacia el poniente, rompen la monotonía del atardecer risueñas parvadas de pequeños loros, ridículos, escandalosos y descuidados cual bandada de niños descalzos; oleadas verdes e intermitentes de estos pequeños pajarracos desaparecen a lo lejos y de pronto retornan para dar nuevamente vuelta en sentido contrario, tal vez perdieron el punto de aterrizaje y discuten acaloradamente entre ellos; sus chillidos en la altura se confunden con los gritos de los muchachos que juegan sobre las polvorientas calles, mientras la luz del día languidece en diversos tonos dorados y rojos. Unos instantes después, atraída por el bullicio, emerge de las tranquilas aguas marinas una diosa de plata que se transforma en brillante y gigantesca perla, enmarcada en concha de nubes nacaradas: ¿Es la luna? ¡Es una luna hermosa! Suspendida sobre el tibio ambiente.

Pero bajo la pátina de los brevísimos instantes de quietud, germina la inquietud dolorosa de esta misma realidad, y nadie se escapa de la terrible maldición, nadie se salva de la cruel tortura de la miseria, ninguno puede huir. Aunque es cierto también que algunos se van en pos del sol; y tras la sofocante noche de pesadillas, aparecen en yerta y terrible actitud anunciando un suicidio o una muerte súbita, inesperada. En el primer fin de semana de este mes de septiembre, cerca de la casa de un amigo amaneció suicidada una joven trabajadora, el periódico dice ingenuamente que se desconoce la causa de su drástica decisión. Hay quienes se han lanzado a un poso para fugarse de este mundo y algunos más han desaparecido sin que se vuelva a saber de ellos más nada, mientras que otros simplemente amanecen muertos por muerte “natural” en sus humildes lechos.

Tal es el caso ocurrido cerca de donde mis vecinos y yo vivimos, cuando el primer domingo de este mes por la mañana una anciana nos llamó para decirnos que su hijo no se movía y así era en efecto, pero ya nada se podía hacer para despertarlo de ese hondo sueño y  devolverle a la vida, el tenía 47 años y nada más, pues la casa donde murió no era suya ni tenía esposa, ni hijos, tan solo tenía sus casi diez lustros vividos y una anciana madre de penoso andar.  Aquí en este caso lo mismo que en la historia de la niña de Guatemala, si el doctor dice que murió de frió yo afirmo que murió de soledad, compañera inseparable de la miseria. Afortunadamente el hermano mayor de este difunto trabaja en el gobierno y el gobierno se hizo cargo de todos los gastos, lamentablemente él ya no supo de la extemporánea preocupación gubernamental por su persona o con perdón sea dicho, por su cadáver, pero el hecho es que fue conducido a su última morada entre una veintena de personas, en un lúgubre ataúd gris confeccionado con materiales baratos, más deprimente que la propia muerte, y fue recibido de mala gana por una tierra dura, reseca, que extrañaba hace días la lluvia: en verdad os digo que el cementerio estéril es el triste destino del hombre pobre, del despojado. Las breves y ariscas lágrimas que fueron lloradas en honor del difunto se evaporaron rápidamente, para no desentonar con lo que fue en general la vida de ese muerto solitario, cuya tosca humanidad quedó ahí tendida con los pies más en alto que la cabeza pues así lo quiso la tierra yerma y, cubierto por una asfixiante cobija tejida con polvo caliente. Asediados por el inclemente sol salimos de los “campos del recuerdo”, comentando los sin sabores de la magra existencia y preguntándonos cuándo volverán las lluvias; pero estas estaban y están desatadas en otras latitudes del mundo.

La lluvia, repudiada en esos lugares nosotros la añorábamos y aún la extrañamos.  En la zona rural ahora agobiada por el calor, los campesinos hicieron rezos y ofrendas para todas las deidades que tienen que ver con el agua. En esos momentos cuatro monstruos acuáticos y silbantes se habían levantado ya sobre los graves gemidos de los mares de las antillas y el Caribe; Ike, Fay, Gustavo y Hanna: jinetes del Apocalipsis, arrasaron Haití dejando cientos de muertos; devastaron la isla de Cuba donde las pérdidas humanas sólo fueron siete pero de ellas, dos eran los luchadores sociales Celia y Abel Hart Santamaría. Ella tenía 45 años y él 48, pero tenían más, tenían una gran riqueza espiritual, de ahí que su deceso sea una grande, cruel y dolorosa pérdida. Y aunque sus vidas no quedarán olvidadas en la muerte bajo la tierra estéril, nuestro luto será abismal mientras continuemos vivos. Entre tanto estos, los vivos, en Haití clamaban por ayuda humanitaria para sobrevivir, mientras que Cuba exigía al imperialismo cese del bloqueo económico, pero el imperialismo no atendió el reclamo pues se encontraba absorto construyendo una nueva bomba que será lanzada sobre los pueblos inermes.

La tarde en que nos llegaron esas malas nuevas no se hizo presente el bullicio de los loros, será que nuestro estado de ánimo nos hace ver ilusiones, pero el caso es que seis personas coincidimos en lo mismo: sobre el caserío, en vuelo silencioso, un enjambre sediento de abejas parecía lo que realmente era el revoloteo de cientos de golondrinas, que se alejaban pausada y constantemente hacia donde el sol de broncíneo aspecto, yacía como un guerrero heroico, sangrante y sudoroso, derrotado y victorioso, que a pesar de hallarse anegado en su propia agonía de fuego, irradiaba vida por todos los poros, por todos. 

     

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