Los altares del día de muertos se adelantaron un mes en la Ciudad de México, aquel dos de octubre de 1968. El viento helado de la eterna noche dejó en la desolación varios hogares sencillos y, a todas las casas, se asomó el personaje siniestro de la tragedia, diciendo sin ningún recato: “el responsable soy yo”. La tristeza se aposentó en muchos corazones para siempre. Los que éramos niños conocimos un nuevo miedo inefable. La palabra estudiante adquirió para ciertos oídos un acento singular, como el significado de algo importante. Plaza de las Tres Culturas, Tlatelolco, Granaderos, Soldados, Matanza, se convirtieron en vocablos populares, pero ninguna persona adulta sabía nada a ciencia cierta, nadie podía dar una explicación coherente. A lo lejos se escuchaba tal si fuese un mar alterado el rumor de multitudes y fuertes voces con acento metálico, de pronto ululaban sirenas, pero no lográbamos entender lo que ocurría. Cuando llegó la calma, como después de la tormenta, sobre el asfalto no había huellas, ni evidencias que coincidieran con las fotografías, no había muestras palpables donde los recuerdos pudieran apoyarse y estos, contados en voz baja al calor de un café, parecían relatos de acontecimientos muy lejanos ocurridos en el reino de la mitología. Y es que la ciudad fue limpiada, maquillada cuidadosamente, porque unos días después comenzaban las olimpiadas.
Los mismos que autorizaron el crimen ordenaron las tareas de limpieza y embellecimiento. Pero a despecho de las limpias autoridades, de cuando en cuando, algún transeúnte que al caer la noche caminase distraído por las calles en penumbra de la inocente ciudad, sorpresivamente podía tropezar con el cuerpo de alguna persona aparentemente viva. Si, aparentemente viva porque respiraba y hasta podía lanzar injurias contra el descuidado viandante, para después arrastrarse buscando un sitio más oscuro, donde volvía a quedar inmóvil, adherido al pavimento, confundido en la oscuridad. ¿Era el cuerpo de alguien vivo? ¿Era alguien del más allá? Fijándose bien no era un ser de otro mundo con lo que había tropezado el peatón, sino un ser terrenal, un ciudadano de la calle, de ésos que abundan en las grandes metrópolis modernas y que son, sin lugar a dudas, sus hombres libres, dueños por la noche de una banca en un parque, de una esquina poco transitada o de un típico callejón oscuro. Y también a despecho de las aseadas autoridades, algunos de estos ciudadanos eran testigos insobornables de lo ocurrido aquella trágica noche en Tlatelolco.
Tal es el caso de una mujer que a todas horas deambulaba por los mercados citadinos; cuando llegó tras largo peregrinar y se estableció en el que se encuentra cerca de la basílica, contaba historias incoherentes. Tal vez ella había sido asistente a la manifestación, o se encontraba pernoctando en un rincón oscuro y había visto, había escuchado, se había dado cuenta; pero a nadie le interesaba su testimonio pues ya se entenderá que no gozaba de prestigio; era una mujer que vivía en la calle por razones desconocidas, era un ser degradado por causas ajenas a su propia voluntad. Su carácter iba de acuerdo a su grado de ebriedad, si tenía poco alcohol ingerido, era más o menos apacible, pero si estaba demasiado alcoholizada todos se alejaban de ella como de un perro con rabia. Cuando escandalizaba mucho era frecuente que se la llevaran a la cárcel, pero los guardianes del orden en un momento dado decidieron no perder más el tiempo con ella, hasta que unos hombres vestidos de blanco vinieron y la trasladaron no sin encontrar poca resistencia a un sitio de rehabilitación. La volvimos a ver después de muchas semanas, regresó tranquila, sobria y vestida con ropa sencilla pero limpia; poco a poco su atuendo y su carácter se fueron deteriorando hasta que volvió a ser la misma de siempre: una borracha sucia, de mal carácter y pésimo vocabulario. Volvieron a llevársela al centro de rehabilitación y así sucesivamente hasta que un día corrió el rumor de que la habían atropellado y dejamos de verla durante muchos meses. Cuando ya nos habíamos acostumbrado a vivir sin sobresaltos, inesperadamente la atropellada apareció terrible, con solo un pie y apoyando sus axilas sobre muletas, dejaba caer un vestido de una sola pieza desde sus hombros hasta debajo de su rodilla, donde tremolaba cual grotesca bandera. Entonces no hubo un instante de reposo en el barrio, uniendo a su vocabulario terrible el par de muletas, la atropellada se convirtió en un monstruo horrendo cuando se le pasaban las copas que eran las más de las veces. Pero la miseria es una plaga implacable cuando se ensaña con un infeliz mortal y es así que las muletas desaparecieron, sin que nadie, ni su portadora, pudieran decir como, más la desdichada se vio en la necesidad de arrastrarse, de día y de noche y bajo todos los climas. La mariposa de alas rotas se convirtió en un lastimoso gusano, mientras que el gusano se transformaba por obra del alcohol en horripilante serpiente.
Aunque a pesar de todo era buena; de esto podría dar razón otro de esos hombres libres que produce la moderna civilización capitalista quien llegó, como todos ellos lo hacen, sin avisar, sin ser esperado, desarrapado, cubierto de todos los polvos, cual si el viento lo hubiese arrastrado entre la hojarasca. Tenía la virtud de que lo siguieran varios perros callejeros, también asiduos merodeadores del mercado. Por muchos meses fue compañero de la desgraciada gusana y quizá en las noches debajo de montones de papel tal vez fueron felices, porque algunas veces el pobre loco salía de debajo de los sucios papeles con que se cubrían, gritando al parecer lleno de gozo, “¡loco loco, pero bien que loco loco!”. Aunque la calle estaba en penumbra y poco transitada, ellos eran una vergüenza para las buenas conciencias y nuestras limpias autoridades, siempre velando por la integridad moral de la sociedad, los mandaron retirar definitivamente de la calle. Se los llevaron no se sabe a donde y jamás los volvimos a ver. Nadie los extrañó, aunque tal vez algún perro callejero echara de menos el calor de sus cuerpos, o una rata saliendo de la alcantarilla husmeara buscando a la pobre gusana, con un pedazo de astilla de la muleta incrustado en sus fuertes incisivos de roedor. Se me olvidaba decir que cuando ella a veces estaba sobria llegó a hablar con cariño de un hijo y alguna vez habló de ciertos estudiantes que fueron asesinados en una calle oscura de la ciudad. Yo era menor de edad y ella me infundía algo de temor, pero recuerdo, aunque sea difícil de creer algo tan grotesco, que ella se llamaba Esperanza.
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