MOVIMIENTO ANTORCHISTA


“El día que volvieron las lluvias”

Mario García Castillo
Dirigente antorchista en Quintana Roo
Chetumal, Quintana Roo, a 30 de septiembre de 2008

Al fin regresaron las lluvias. Por fin volvieron a esta parte de mesoamérica. Y no sabemos a cual de las deidades debemos agradecerlo, será, tal vez, a San Pedro o a San Isidro labrador; a Chac o a Zamná, no sabemos. Digo agradecerlo a los dioses porque hasta ahora ninguna autoridad terrenal se ha adjudicado los créditos de algún procedimiento científico mediante el cual hayan hecho llover. Algunos campesinos aseguran que es gracias a las plegarias y a las ofrendas; los noticieros sostienen sin explicar lo que significa, que se debe a “nuevas depresiones tropicales formadas” en zonas lejanas del inmenso mar; pero sea lo que fuere, ya están aquí las lluvias, aunque para muchos sea demasiado tarde, pues los sembradíos que esperaban el agua del cielo, definitivamente ya están marchitos y no podrán retoñar ni, por lo tanto, dar frutos.

Y así será año tras año, mientras los campesinos y sus tierras estén a expensas de la lluvia, como lo estaban antaño los primeros agricultores de la historia. Y lo mismo que hace cientos de años atrás, cuando los pueblos emigraban en busca de agua y tierras fértiles, en estos días actuales continuará, como entonces, el éxodo de seres humanos que asediados por la miseria salen a recorrer el mundo, en busca de un lugar donde mitigar el hambre y la sed que les heredaran sus ancestros. Por eso ya no es un secreto que existen poblados formados únicamente de mujeres, niños y ancianos, debido a que “la población en edad productiva” ha salido al camino para irse a alimentar las calderas del gran capital; se van con la esperanza de volver a su ruinoso pero querido pueblo a ocupar su sito en el seno calido de la familia, pero la verdad es que muchos ya no vuelven y otros hay que sí han retornado, pero metidos en un ataúd extranjero. Igualmente existen varios más que, con la nobleza de las plantas, resisten el vendaval, aferrándose desesperadamente a la tierra y la vejez les encuentra plagados de miseria y enfermedades, como encuentra la lluvia a la pobre planta que le esperó inútilmente; aunque también hay que decir que algunas de esas personas pueden equipararse a los grandes árboles: tienen raíces profundamente arraigadas en el destino pasado, futuro y siempre lejano de su pueblo, e igual que los árboles están acostumbrados a dar frutos y sombra cada vez que pueden.     

Con toda seguridad la anciana Mercedes Puc, originaria y vecina de Tepich, poblado del legendario Jacinto Pat, era de esos seres con espíritu de árbol. Ella esperó la primera lluvia para despedirse sin mucho preámbulo y sin molestar a nadie. La noche del jueves 25 de septiembre, cenó tranquilamente en compañía de sus familiares: yerno, hija, nietos; llevándose a la boca lo que le permitió la pobreza. Al día siguiente ella despertó con la tranquilidad que los años le regalan a las personas de mucha edad, podría decirse que estaba contenta y lúcida pues le recordó a su hija que a las once de la mañana debía asistir a la asamblea del grupo antorchista. Durante la noche, las rugientes lluvias habían comenzado a caer cerca del poblado con estruendo de guerra y el día amaneció un poco nublado, dejando ver en torno las huellas evidentes de una llovizna nocturna. Súbitamente, lo mismo que la luz del sol se opaca ante la presencia de gran cantidad de nubes de lúgubre aspecto, el semblante de la anciana se nubló y su respiración comenzó a dificultarse. ¿Para qué llevarla a la clínica, si la clínica solamente está de adorno? No tiene medicamentos, ni instrumental, ni médico. Entonces, no quedaba más que mirar al cielo, pero el cielo estaba cada vez más turbio, colérico, impaciente y a la anciana Mercedes solamente le bastaron quince minutos para dejar de respirar definitivamente.

La asamblea de antorcha concluyó con está sorpresiva noticia y un rumor cual si fuese un viento frío recorrió los semblantes. Dos horas después el día se enlutó de un horizonte a otro y del cielo comenzó a caer un fuerte aguacero salado como el llanto sin consuelo de un desvalido. En la humilde vivienda los deudos de Mercedes juntaron dos pequeñas mesas de plástico; sobre esos frágiles muebles, colocaron el también frágil cuerpo de la muerta, arropado entre sábanas blancas, con las manos anudadas sobre el pecho y entre sus dedos lívidos clavaron una pequeña cruz tejida con humilde, protectora y reconfortante palma. Debajo de las blancas mesas de plástico yacían dos desgastadas chancletas negras que sin proponérselo, por la forma descuidada en que estaban colocadas, parecían sentirse tristes y abandonadas. El ara mortuoria circundada de veladoras para alumbrar a la amortajada, lucía más palidez que blancura y en todo lo que le rodeaba, la pobreza había pasado su ruinoso pincel.

La gente comenzó a reunirse con cara de tristeza, con gesto desconcertado, sin saber qué decir. El llanto del cielo se contuvo un momento, ante los desgarradores alaridos que elevaron las mujeres y los niños cuando vieron entrar en su humilde vivienda a un ser extraño, que les amenazaba implacable con llevarse el cuerpo de la difunta, para que ya nunca más la volvieran a ver: era una caja alargada, ¡demasiado alargada!, demasiado rectangular, que se parecía en todo a ese mismo día aciago, gris, opaco y frío. Pero la esperanza no muere, la esperanza de encontrar consuelo al sufrimiento. Así, un campesino de aspecto sereno, por buscar un tema de conversación o por hacer menos difícil el momento dijo que, “en una hectárea de mecanizado levantaron sesenta costales de mazorca”. Y una joven muchacha debajo de la lluvia, no sin poco esfuerzo, recolectó flores con las que formó dos sencillos ramilletes de bellos colores; las flores estaban cubiertas de lluvia, diríase que estaban contentas, se veían como dos grupos de campesinas adolescentes al regreso de una laguna: frescas, sonrientes, sonrosadas, limpias y aromáticas. Una pincelada de belleza, un pequeño toque de ternura, adornó discretamente el cuadro desolador. En los primeros minutos de la noche llegó la pareja de rezanderos, él pedía, ella rogaba. “Por su descanso eterno, te rogamos señor; por el perdón de los pecados, te rogamos señor…”. La lluvia no cesaba de caer sobre los pobres techos y en el velorio de Mercedes el llanto no cesaba de rodar por los afligidos rostros; mucha sequía o mucha agua, pero siempre mucho dolor, esa es la vida de los pobres, “ahora y en la hora de nuestra muerte”…, ¡pero no será!, ¡no!, “por los siglos de los siglos”.

     

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