MOVIMIENTO ANTORCHISTA


Doña Margarita

Mario García Castillo
31 de octubre de 2009

En alguna de las páginas profundamente humanas que escribiera Oscar Wilde, se puede leer esta idea que cito aquí de memoria: “El placer es para los cuerpos hermosos y el dolor es para los espíritus bellos”. Por eso hoy, evocando a todos los que como aquel poeta han sufrido por la inquina de sus semejantes, a todos los que han sufrido por la calumnia, a todos los que han sufrido la tortura de perder lo que han amado, quiero compartir el dolor universal con mis hermanos espirituales, con los hijos de la señora Margarita Morán Veliz, quienes en esta triste hora sienten en su corazón el aliento frío de la muerte.

Compartir digo, el dolor con ellos, para que de ese modo mi pobre espíritu adquiera un poco de la belleza que los suyos irradian, sobre todo ese gran espíritu de luz que es el maestro Aquiles Córdova Morán. Y a riesgo de verme como un lamentable sensiblero frente a los ojos de cierto público audaz, rompo mi enfermizo pudor, me coloco el talante de hombre sano, para poder así decirle adiós  a doña Margarita. Recorro hacia atrás el tiempo en la máquina del pensamiento…

Veo llegar a Tecomatlán a un grupo de jóvenes con veintitantos años en el semblante y una mochila de sueños sobre los hombros. El paisaje era conmovedor, (desolador para algunos), ráfagas de viento encendidas por el sol caían sobre los cuerpos como saetas de Apolo. Una flora punzante emergía de entre el rocoso suelo erizando los cuatro puntos cardinales. Pero sorprendentemente entre espinas afloraban dulces frutos, que al contacto con el paladar decían: he aquí la vida mágica del inclemente desierto. En el paisaje humano se reflejaba la dureza y la delicadeza de todo ese ambiente árido, rostros con el color del barro y una discreta tristeza en mitad de la sonrisa.  

Tecomatlán bullía, zumbaba como una gran colmena al medio día. Surgían asambleas estudiantiles, se establecían asambleas de campesinos y a veces asambleas mixtas; las ideas cimbraban las conciencias y emergían construcciones nuevas que constataban la llegada del progreso con Antorcha. Había pasado recientemente el seis de junio, pero el miedo no se veía por ningún lugar. En esos días un periodista escribió en su crónica algo como lo siguiente: “llegué a Tecomatlán por la noche, toqué la puerta de cierta casa y una voz enérgica me contestó -¿Quién es y que quiere?-, era (según él), la voz de la señora Margarita Morán, madre del líder de Antorcha Campesina, Aquiles Córdova.”

Y cuando conocí a doña Margarita pude comprobar que en efecto, era una mujer enérgica a quien lo único que le hacía ver como una persona de edad avanzada era su cabellera blanca y el andar pausado. Su rostro era de aquellos que invitan a tomar la vida en serio, su mirada era severa y sus palabras a veces punzaban como espinas. Sin embargo, igual que el desierto sorprende al obsequiar sus frutos de bellos colores y delicados sabores, así muchos hijos espirituales de doña Margarita vimos surgir de sus laboriosas manos, el alimento, puede decirse verdaderos manjares, exquisitamente condimentados. Pero una cosa debe quedar bien clara, nadie podía sentarse a la mesa de doña Margarita y mucho menos paladear el exquisito sabor de su comida sin tener la conciencia tranquila de haber cumplido con el deber. Y puesto que los hombres en ocasiones tenemos necesidad de la mirada indulgente de una mujer, ella desde el fondo de su alma, hacía nacer cuando era necesaria, una tranquila mirada como la que prodigan las madres para reconfortar el dolor del hijo.  Nunca olvidaré el semblante solidario con el que doña Margarita me recibió aquella tarde cuando llegué a Tecomatlán, llevando en brazos a mi pequeña hija y cargando en el corazón el dolor de habar perdido a mi madre biológica; en ese momento, ante la sola presencia de doña Margarita, mi hija y yo dejamos de ser dos huérfanos.

Más he dicho que sus palabras en momentos eran duras, cuando hacía falta una buena reconvención también la había: “ingenieros, ustedes no son piedras, no lleguen hasta donde los aviente la mano de Eleusis”, nos decía ella. Entonces los incipientes ingenieros y casi hombres, caminaban derechitos; algunos, los más, trataban de ir más allá de sus propios límites.

Yo no sé si sea cierto que doña Margarita ha muerto, creo que debe ser una mentira más de nuestros calumniadores. Doña Margarita nunca morirá, siempre permanecerá viva. Vivirá en nuestro recuerdo, vivirá mientras exista la organización que ella bautizó con el nombre de Antorcha Campesina, vivirá mientras exista sobre la tierra una persona bondadosa y laboriosa. Vivirá mientras sea necesario luchar contra la mentira y toda la perversidad que hoy azota a la humanidad entera.   

Cuando me llegó la funesta noticia, me encontraba despidiéndome de los campesinos mayas, quienes me daban las gracias por haber vivido entre ellos y me invitaban a volver algún día; y yo, como me sucedió con doña Margarita, no sé si los volveré a ver, pero de lo que si estoy completamente seguro es de que como a ella, siempre los llevaré en mi corazón o en una parte de él que todavía está sana… Recorro ahora, hacia adelante el tiempo en la máquina del pensamiento, veo a una mujer de cabellera blanca bien peinada y limpio aspecto, un sencillo delantal y una imperceptible sonrisa de bondad, el entorno está completamente iluminado por la luz del sol y yo le digo, doña Margarita, he cumplido con mi deber, pero sé que todavía debo hacer más, me dispongo en este momento a salir hacia otras tierras lejanas en busca de más campesinos para fortalecer la gran hermandad, ella me servirá sopa de cuahuayote, yo como siempre al terminar de comer, sintiendo una parte de mi triste espíritu reconfortada, le diré gracias, muchas gracias doña Margarita.

     

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