Hace apenas dos semanas, me permití dirigirme a mis
gentiles lectores, manifestando mi preocupación por los
saqueos que acababan de tener lugar en Cancún con el
pretexto del huracán Wilma y dije que, si bien era cierto
que las condiciones de emergencia atenuaban la gravedad de los
delitos cometidos, también era cierto que, a nivel nacional
y a nivel mundial, desde hacía ya tiempo se estaban creando
condiciones peligrosas de pobreza, tales que, ya sin huracán
y sin situación parecida, se podrían producir
esos lamentables saqueos a los comercios.
En ese momento, estaba yo lejos de imaginarme que, casi inmediatamente
después, en otro país, muy alejado del nuestro,
iban a aparecer gravísimas manifestaciones de esa exacerbación
de la pobreza y el abandono a las que me refería. En
efecto, el jueves 27 de octubre, hace 15 días, en un
barrio proletario del noreste de París, un grupo de muchachos
salió a la calle a causar destrozos en protesta por la
muerte de dos jovencitos de 15 y 17 años que se electrocutaron
en una caja de registro eléctrico cuando estaban escondidos
de la policía que los perseguía.
Las protestas violentas se extendieron a otros barrios y continuaron
los días que siguieron, llegando a causar destrozos en
el corazón de París, en la mismísima Plaza
de la República, en la que se incendiaron varios automóviles.
A la hora en que escribo, martes 8 por la tarde, ya van 12 noches
de disturbios violentos que siguen incontenibles, ya los hay
en toda Francia y hasta en Bélgica y Alemania, al grado
que el gobierno francés afirma que 300 municipalidades
están bajo el terror nocturno por la acción de
jóvenes quemando vehículos, comercios, bancos,
oficinas públicas, estaciones de policía y artículos
del equipamiento urbano, en una palabra, arremetiendo contra
lo que, según su leal saber y entender, representa al
Capital y al Estado que los oprime y humilla.
Hay siempre la tendencia a explicar sucesos como estos diciendo
que se trata de hechos aislados que tienen su origen en una
familia que no ha cumplido con su papel de educar a los hijos,
creo, por el contrario, que ya va siendo hora de que se encare
a la realidad y, por cruda que resulte, se le explique satisfactoriamente.
Los jóvenes franceses que llevan a cabo actos de violencia
y destrucción son los hijos y nietos de los africanos
negros o árabes que se trasladaron a Francia y a Europa
desde hace unos treinta años en busca de un empleo que
no encontraban en su país. Ahora, esos muchachos, son
franceses, pero no han contado con educación de calidad,
ni han podido terminar una instrucción universitaria,
ni tienen empleo de ninguna especie, vagan por las colonias
en donde viven recluidos sin haber sido integrados ni productiva
ni socialmente.
El sistema de producción en vigor tiene como su alfa
y su omega, la generación de ganancias para el dueño
del capital y, para que estas se produzcan en cantidad suficiente,
se tiene que elevar la productividad de la fuerza de trabajo
que se compra, es decir, lograr que el obrero produzca más
en menos tiempo. Para ello, se compran máquinas que potencian
la capacidad del obrero pero, al mismo tiempo que lo hacen,
las máquinas eliminan a unos trabajadores echándolos
a la calle y a otros les cierran para siempre la posibilidad
de contratación. Para ese personal sobrante, no hay nada,
tiene que arreglárselas como pueda. En consecuencia,
los desocupados en el mundo y en México son ya enormes
masas que, o no tienen ningún empleo, o venden baratijas
en las calles, o se dedican a delinquir. ¿Cuánto
más puede durar esta situación?
La violencia incontrolable que el mundo está mirando
pasmado es una explosión de furia de los hambrientos
de todo, de los que nada tienen, es una protesta descontrolada
por la marginación que sufren y, puede decirse, que es
más violenta y más agresiva, a medida que es mayor
la intensidad de la propaganda les presenta cotidianamente en
la televisión el mundo idílico al que nunca tendrán
acceso, de ahí que, según mi modesta opinión,
no deban sorprendernos los resultados.
La situación es extremadamente preocupante. Más
aún porque no se ve en el horizonte ningún hombre
de los del poder que reflexione y haga propuestas para revertir
la escabrosa situación que se ha generado. Los líderes
mundiales lo reducen todo al combate contra el terrorismo y
la promoción de la democracia, los líderes nacionales,
juran y perjuran que México ha cambiado y que vamos muy
bien y, cuando se llegan a adoptar algunas medidas, no son más
que las que se pueden catalogar de “caridad pública”,
nadie hay que proponga transformaciones estructurales, de fondo,
que si no acaban por completo, si reduzcan significativamente
la injusta distribución de la riqueza.
Si así se juzga lo que sucede en el mundo, si así
lo que sucede y puede suceder en México, resulta verdaderamente
sorprendente que entre las mortificaciones de la gente del poder
sólo se piense en ajustar más las clavijas a los
oprimidos, en someterlos más y controlarlos más,
que se piense, como lo hacen los señores Diputados perredistas
en la Asamblea Legislativa, cómo prohibir las protestas
públicas o, como lo hace el gobierno de Vicente Fox,
como espiar mejor y castigar a los ciudadanos. No hallo otra
forma de ilustrar su proceder que recurrir a la vieja sabiduría
popular que tan exacta resulta siempre: están viendo
el temblor y no se hincan.