El pasado viernes 1 de septiembre, la Dirección Nacional del Movimiento Antorchista le dirigió una Carta Abierta al Señor Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, que fue publicada en un diario de circulación nacional. En esa misiva, se le formulaba una respetuosa solicitud: que tuviera a bien, hacer un pronunciamiento público en torno a las amenazas de muerte que grupos secretos y fanáticos estaban haciendo en contra de los antorchistas en general y en contra de sus dirigentes y sus hijos en particular.
En su parte medular, el desplegado periodístico de los antorchistas decía así: “Basados en todo ello, señor Cardenal, es que nos hemos decidido a escribirle a usted esta carta abierta para hacerle una única petición: que con toda la autoridad religiosa, moral y humanística de que se halla usted investido, se sirva hacer un pronunciamiento público reprobando la violencia, la persecución y las amenazas en contra nuestra, y llamando a sus autores a respetar el espíritu y la letra de las enseñanzas de Jesús, redentor del género humano y maestro amoroso de la humanidad”.
Al siguiente domingo, el día 3, el Señor Cardenal Rivera Carrera, después de la misa que cada ocho días celebra en la catedral de la Ciudad de México, leyó personalmente un mensaje dirigido a los fieles católicos del país y a los medios de comunicación, del cual, ante la imposibilidad de reproducirlo completo y corriendo el riesgo de simplificar irresponsablemente tan decisivo pensamiento, cito las partes que a mi parecer son las más importantes. Comenzaba diciendo así: “Con enorme sorpresa y consternación he leído detenidamente el comunicado publicado en el diario El Universal, del pasado 1 de septiembre, y firmado por el Movimiento Antorchista Nacional, donde dan a conocer tanto a la opinión pública como a un servidor, el recuento de amenazas e intimidaciones ejercidas en su contra por algunos supuestos grupos católicos. Como respuesta a la solicitud pastoral que me han hecho, a fin de hacer un llamado a los autores de tan reprobables conductas para que cesen sus hostilidades, hago públicas las siguientes consideraciones:”
Más adelante dijo el Señor Cardenal: “...Nadie, entonces, que se diga cristiano puede justificar la violencia, nadie que se declare católico puede actuar movido por el odio; a nadie le es lícito ofender, amenazar, intimidar, golpear, o peor aún asesinar en nombre de Dios, pues de todas las violencias que existen ésta es la peor, la más reprobable, ya que contradice la esencia misma del Evangelio, deforma el esplendor misericordioso del rostro del Padre, justifica sacrílegamente una conducta que de ninguna manera es conciliable con el Dios Crucificado, manifestación sublime del amor y del perdón. Una conducta violenta no viene de Dios sino del Maligno, el mentiroso y homicida desde siempre (Cfr. Jn 8,44)”.
“Como Arzobispo Primado de México, no sólo desconozco cualquier asociación que se diga católica y actúe de manera sectaria, fanática y violenta, sino que, además, repruebo con enérgica autoridad a todo grupo o persona que en nombre de nuestra fe promuevan el odio y la violencia. Así mismo exhorto a todos los fieles católicos, abstenerse de participar en asociaciones secretas que, con el pretexto injustificado de defender la fe, promueven una conducta totalmente inaceptable y contraria a las enseñanzas del Señor y dañan con su irracional e inicuo proceder a su santa Iglesia”.
El mensaje pastoral que comento, terminaba diciendo amorosamente de la siguiente manera: “Quiero agradecer a la Dirección Nacional del Movimiento Antorchista su amable desplegado, y confío en que haya sido satisfecha su petición con este pronunciamiento que hago del conocimiento de todos los fieles. Así mismo les deseo, que sigan buscando por vías exclusivamente pacíficas, contribuir a la consecución de la justicia y la paz social para nuestro atribulado país. Que Dios, Nuestro Señor los bendiga, y María Santísima de Guadalupe nos ayude a conservar la unidad de nuestra Patria. Su hermano y servidor: +Norberto Card. Rivera Carrera. Arzobispo Primado de México”.
Nadie en su sano juicio puede dejar de apreciar la amabilísima presteza, la claridad, la contundencia y la genuina preocupación de esas palabras, nadie, pues, podría dejar de notar y subrayar, la sensibilidad y la enorme capacidad del guía indiscutible de todos los católicos de México, del Señor Cardenal Norberto Rivera Carrera. No tengo más que expresar que lo siguiente: mi señora madre, quien me dio, con sus palabras y sus hechos, las primeras lecciones de misericordia para con los desvalidos y tristes de este mundo, me despidió en su lecho de muerte cuando yo era niño, con esta bendición: “Los dulces nombres de Jesús, José y María, te acompañen de noche y de día”. Y desde entonces, me acompañan siempre. Ahora, me acompañará también la suya, Señor Cardenal. Tenga usted la seguridad de que seguiremos afrontando los peligros, tenga usted la seguridad de que los antorchistas seguiremos luchando por la justicia y la equidad en nuestra patria de una manera absolutamente pacífica y legal, como nos lo hemos propuesto desde hace muchos años. Gracias, Señor Cardenal Norberto Rivera Carrera.