Veo un reporte de la agencia de noticias Reuters en el que se dice que se acaba de publicar un estudio del Instituto Mundial para la Investigación Económica de la Universidad de las Naciones Unidas con sede en Helsinki, Finlandia. En el citado estudio se revela que un dos por ciento de la población mundial posee más de la mitad de la riqueza global y, el director del instituto, en entrevista, compara esta situación con una en la que en un grupo de 10 personas, una de ellas tiene 99 dólares, mientras que las 9 restantes, tienen que compartir un dólar.
La injusta, es más, explosiva distribución de la riqueza en el mundo, ha sido un tema recurrente en los últimos años. Tienen toda la razón quienes sostienen que esa situación es insostenible, no sólo por inhumana, sino porque pone en riesgo toda la viabilidad de un sistema económico cuya base se encuentra en la transformación de las mercancías, de su forma natural, a su forma dinero, es decir, en el consumo masivo para que los empresarios estén en posibilidades de separar sus costos de producción de sus ganancias y, en consecuencia, puedan aprovechar estas últimas. Sin consumo, sin ventas, ya se sabe, la ganancia no se hace realidad.
El caso de México, no es, desgraciadamente, diferente. Y si en algo se distingue de lo descubierto por el instituto de naciones unidas, es porque su situación es más grave todavía. Hay un abismo entre los ricos y los pobres y, estos últimos, son cada día más pobres. Las estadísticas apuntan a 70 millones de pobres, pero, si alguien no les cree a las estadísticas, véanse los síntomas alarmantes: las cárceles, atestadas; la violencia, aterradora; la desocupación, masiva; la emigración, una hemorragia; los jóvenes, sin futuro; los suicidios, a la alza; la vida, una desesperanza. Eso es México.
Y a todo ello, se agrega que, como una maldad de última hora, ya para irse, el gobierno saliente decretó el aumento de la leche que forma parte de uno de los más importantes y decisivos programas sociales para paliar la pobreza y la miseria: la leche Liconsa. El litro subió de 3 pesos con cincuenta centavos a 4 pesos con cincuenta centavos, un pesito nada más. Pero, para apreciar bien el golpe, hay que tomar en cuenta que una familia con un solo niño recibe una dotación de cuatro litros dos veces por semana, digamos, el miércoles y el sábado, es decir, cuando le toca recoger su leche, ya no paga 14, sino 18 pesos. Además, como saben bien quienes tienen este servicio, si no se recogen las dotaciones de leche, si en una lechería quedan sobrantes, esas dotaciones se retiran definitivamente.
Luego entonces, el daño no es de un pesito, es mucho más grave, es de cuatro pesos, dos veces por semana, con el riesgo de que, si se falla, se pierde definitivamente la dotación. Tengo conocimiento de que, aún con el precio anterior, ya había familias (de éstas de una sola criatura) que no podían pagar su leche dos veces cada semana y, para no perder la dotación, “prestaban” su tarjeta uno de los dos días que les tocaba recoger leche; ahora, muchos de quienes tomaban en préstamo esas tarjetas (y pagaban la leche), ya no lo pueden hacer porque el dinero no les alcanza. El caso de una lechería es útil para ilustrar sintéticamente el daño a las familias pobres: recibe 35 cajas y se le están quedando diariamente sin recoger, entre 5 y 7, es decir, el consumo de leche Liconsa se ha reducido entre un 15 y un 20 por ciento.
Se justifica plenamente, pues, hacer un atento y respetuoso llamado al Presidente de la República, al licenciado Felipe Calderón, para que, a la brevedad posible, se sirva revisar con su equipo de trabajo el perjuicio que el aumento de la leche está causando en el ya muy deteriorado nivel de vida de los mexicanos más pobres y ordene regresar al precio anterior. Para tener el cuadro completo, al daño ocasionado por el aumento de la leche, hay que agregar los aumentos en cascada que se están ocasionando por el aumento al diesel y a la gasolina premium. La pobreza de los mexicanos está en el límite.