Desgraciadamente, se ha ido
haciendo una costumbre que ciertas esferas oficiales “informen”
tratando de hacer creer que lo que dicen es verdad, aunque lo
que digan equivalga a querer que el ciudadano comulgue con una
rueda de molino. El daño que le hacen, no a la administración
en turno que, como todas, es pasajera, no se compara con el
daño que le inflingen al Estado como institución
que garantiza la producción en paz. Esos daños,
como las deudas no pagadas, tarde o temprano se enfrentan con
un cobrador.
Me refiero a las muy publicitadas declaraciones del vocero de
la Presidencia de la República, Rubén Aguilar.
Entre paréntesis, he de decir que está muy equivocado
quien piensa que todo lo que hacían los priistas estaba
mal hecho y que, por tanto, hay que eliminarlo sin mayor averiguación.
Quien así piensa no toma en cuenta su larga experiencia
y que, entre los errores, hubo aciertos notables y que, uno
de ellos, consistió en mantener la preponderancia jurídica
y política del Jefe del Ejecutivo quien no tenía,
ni podía tener interpretes o voceros, sino que se reservaba
escrupulosamente el derecho inalienable de manifestarse personalmente
con todo el peso de su autoridad. Recuérdese que las
palabras del Presidente de la República podían
estremecer a la Bolsa de Valores.
Pues bien, ahora el vocero presidencial, declaró que
los mexicanos que se van a Estados Unidos a trabajar no lo hacen
porque necesiten trabajo ya que “por arriba del 80, 85
por ciento de la gente que emigra tiene empleo en México”...
y que “no emigran por no tener trabajo, sino por otra
serie de condiciones también de carácter natural,
porque esperan una mejor condición de vida a pesar de
que aquí tenían empleo, no se están yendo
porque no tengan trabajo en México”. Estas declaraciones
de Rubén Aguilar se hicieron motivo de que Andrés
Manuel López Obrador había dicho que la actual
política económica ha llevado al país a
la quiebra y provocado un repunte de la migración a Estados
Unidos.
Al respecto hay que decir que, más allá de que
no se esté de acuerdo con la figura de “vocero
presidencial”, el nivel del declarante es suficientemente
alto como para que se preocupe por ser exacto en un tema que
afecta tanto a tantos mexicanos. No puede decirse que “por
arriba del 80, 80 por ciento” sin evidenciar que no existe
ninguna investigación al respeto, que no se trata de
ilustrar al público sobre una realidad, sino que, simplemente,
se quiere contrarrestar otra afirmación pública.
Pero las declaraciones de la autoridad, sus informes públicos,
no pueden ser un toma y daca con la verdad.
Y la verdad todo el mundo la sabe: los mexicanos dejan su patria
y su familia porque no tienen trabajo o no tienen trabajo suficientemente
remunerado, que para el caso viene a ser lo mismo. Ignoro cuál
pudiera ser esa “serie de condiciones también de
carácter natural”, no sé si sean referentes
al clima o la vegetación, pero lo que sí sé
es que nadie toma los riesgos que toman los mexicanos que caminan
por el desierto o viven escondidos en las grandes ciudades,
sólo por gusto. Los impulsan razones tan poderosas como
la voluntad que tienen que desplegar para arrostrar los peligros
que implica internarse clandestinamente en el país más
militarizado del mundo.
Si queremos tener alguna posibilidad de corregir las graves
deficiencias que existen en nuestra patria, debemos decirnos
la verdad. La verdad es que, la mexicana, es una economía
escandalosamente distorsionada, en la que inmensas masas de
adultos en edad productiva, no tienen ningún tipo de
empleo o venden chucherías en las calles sin ningún
tipo de seguridad ni prestaciones, pero, sobre todo, es un sistema
productivo en el que, mientras unos pocos se quedan con la gran
parte de la riqueza social producida, también, inmensas
masas de indigentes se las tienen que arreglar para sobrevivir
apenas con lo mínimo indispensable. Esa no es una economía
ni sana, ni justa, ni sustentable a largo plazo y, al vocero
de Los Pinos, que habla en representación del Presidente
de todos los mexicanos, más le valdría reconocerlo
así y no exhibirse abiertamente como un mentiroso.