Estoy completamente seguro de que quienes decidieron aumentar un peso con noventa centavos el salario mínimo vigente, saben perfectamente bien lo que están haciendo. Saben que, si bien es cierto que muchos miles de trabajadores no ganan el salario mínimo sino más, también es cierto que este y sus aumentos constituyen en la práctica, en un país largamente acostumbrado a adivinar la línea que se traza desde las más altas esferas del poder, una señal de cuánto deben pedir quienes tienen la encomienda de hacerlo y cuánto deben conceder quienes tienen que conservar sus niveles de ganancia. Saben, pues, que el 3.9 por ciento que se le añadió al salario mínimo, será durante el año que viene, el máximo de aumento que registrarán las negociaciones de aumento salarial, salvo honrosas excepciones.
Han calculado ya también, no lo dudo, que los salarios sirven para retirar mercancías de los almacenes, que nuestro sistema económico en vigor, necesita como su razón de ser y existir, más que las flores el rocío, la venta de todos los productos, la circulación eficiente y acelerada de sus mercaderías y que, por el contrario, una desaceleración, peor aún, una paralización de las ventas sería devastadora para las utilidades. Deben estar plenamente conscientes, por tanto, que con 1 peso y noventa centavos más por día por obrero, el mercado interno se va a mantener lo suficientemente vigoroso y activo como para que no vaya a haber ningún contratiempo.
Creo también que ya consideraron que con 50 pesos y 57 centavos diarios, el trabajador puede satisfacer todas sus necesidades y las de su familia. Debe haber entrado en sus cuentas que, aunque sea de vez en cuando, el trabajador debe consumir carne, aunque sea de pollo, pues ello contribuye a su fortaleza y capacidad de trabajo, que debe tener una vivienda salubre y limpia y que, también de tarde en tarde, se tiene que ir curando de algunos achaques. Deben también haber tenido muy en cuenta que la clase obrera necesita renovarse cada cierto número de años, por lo que las familias de los trabajadores, aunque no se quiera reconocer, son la esperanza de seguir obteniendo ganancias dentro de 10 o 20 años, por lo que su manutención, salud y educación o mínima capacitación, debe haber sido contemplada.
No tengo ninguna duda de que así se procedió. Más aún porque quienes toman estas importantes decisiones deben estar muy enterados de que nuestro aparato productivo es sumamente vulnerable y está sostenido, no con alfileres, pero sí con alcayatas que están a punto de venirse abajo. La primera: que a nuestra demanda de nuevos empleos se le extraen cada año 500 mil demandantes que emigran a los Estados Unidos, que esa cantidad de obreros ya no deambula en la calle buscando una colocación, sumándose a la delincuencia o, peor aún, a la insumisión, que sostiene con sus puntuales remesas a, por lo menos, otra cantidad igual de personas que sigue llevando una vida que puede considerarse como normal y, finalmente, que las familias desbaratadas, se sustraen también en una buena medida a la demanda de vivienda y de nuevos servicios urbanos. La segunda: que los gastos del estado se sostienen con ingresos que un buen amigo mío ha dado en llamar “feos”, es decir, con ingresos que no provienen de un desarrollo estructural sólido, en este caso, con los ingresos por las ventas de un petróleo que ya se está acabando. Para mí, no fueron este año, discutibles, los egresos del presupuesto de la federación, lo fueron los ingresos que giraron en torno a una partida que en unos cuantos años habrá que reducir drásticamente o hasta borrar.
Todo eso deben haber considerado quienes deciden cuanto vale la fuerza de trabajo. Me congratulo. No obstante, por aquello de que el diablo no duerme, recomiendo muy modestamente y hasta con cierta vergüenza, que se revisen muy bien los supuestos y las consideraciones, no vaya a ser que con tanta nube en el horizonte, se descarrile el cómodo y rápido tren en el que vamos todos y se dañe gravemente la fuerza y, sobre todo, la voluntad de quienes crean la inmensa riqueza que se produce en nuestro país, no vaya a ser, como se dice por ahí, que se mate a la gallina de los huevos de oro. Circunstancia que vendría resultando un mal menor, ya que también existe la terrible posibilidad de que antes de dejarse matar, el titán se rebele y haga saltar todo en pedazos.