Numerosos actores políticos y medios
de comunicación festinaron que se haya acabado el show
en el que se envolvía hasta ahora el Informe Presidencial,
celebraron que ya no haya más “Día del Presidente”,
“Día de la Adulación”, “Besamanos”
y otras ceremonias de antigua data porque ya no corresponden,
según dijeron, con nuestra moderna democracia. Encomiaron,
en cambio, que el Presidente de la República se haya
limitado a entregar en el Congreso de la Unión un documento
en el que se refiere el estado que guarda la administración
pública, haya pronunciado unas cuantas palabras y se
haya retirado.
Puede ser que las ceremonias mencionadas se hayan terminado.
No me atrevería a asegurarlo, tanto porque bien puede
ser que en el futuro algún Presidente con suficiente
apoyo en el Congreso de la Unión las renueve y las repita,
como por el hecho de que nadie le puede impedir, como nadie
le impidió al Presidente Felipe Calderón, concentrar
funcionarios públicos y apoyadores en el Palacio Nacional
y dirigirse a la opinión pública en cadena nacional.
Eso en cuanto a las ceremonias, los ritos y demás eventos
que han llegado a catalogarse como de corte más bien
monárquico.
Pero lo que si no se termina y al contrario cobra nuevos formas
y bríos, es el espectáculo montado por la clase
política para distraer al pueblo trabajador de sus verdaderos
problemas. ¿En qué se habría de cambiar,
en qué se cambió el destino de los mexicanos que
viven de su salario porque no se pronunció un discurso
presidencial en el Congreso de la Unión? En nada ¿En
que se hubieran beneficiado los que no tienen trabajo, vivienda,
salud y educación de calidad para sus hijos, si el discurso
sí se hubiera pronunciado? En nada.
De donde se desprende que lo más que podemos aceptar
es que un espectáculo, se haya sustituido por otro espectáculo
igual o más demagógico y manipulador. Los diputados,
los senadores debatían ardientemente un día sí
y otro también si entraba el presidente a la Cámara
de Diputados, si entregaba su informe en la parte baja, media
o alta de la tribuna, si hablaba mucho o poco, si se le respondía
el mensaje y por quién, como si de todas esas minucias,
de todas esas formas dependiera el destino histórico
de los mexicanos. En mi modesta opinión todos esos debates,
todas esas negociaciones no eran más que humo a los ojos
para ocultar la esencia, lo fundamental de lo que realmente
está pasando.
¿Y qué es? ¿En qué consiste? Consiste
en que, por un lado, se están fraguando acuerdos entre
los principales actores y beneficiarios de la partidocracia
para fortalecer el dominio de esa misma partidocracia. Reforzamiento
del control y de la obtención de beneficios debería
de llamarse lo que públicamente se conoce como Reforma
Electoral. En el proyecto de transformación se discuten
aspectos que pueden perjudicar a uno u otro partido, pero nada
más; siempre se parte de la premisa nunca demostrada
de que ya están todos los que son y son todos los que
están, nunca, en ningún momento se propone y considera
la posibilidad de abrir más las puertas para que más
ciudadanos, más representativos ocupen puestos públicos,
al contrario, todo son restricciones y obstáculos que
sólo ellos, los viejos miembros del estado y la oligarquía,
tienen la capacidad de superar.
Consiste, por otro lado, en que mientras el público contempla
el espectáculo mediático acerca de si se informa
o no se informa y cómo se informa, se fraguan, también,
convenios para descargar el peso de los nuevos impuestos de
la Reforma Fiscal sobre los que menos tienen. Todos, tirios
y troyanos, están de acuerdo en que la carga a los empresarios
inicialmente propuesta como Contribución Empresarial
a Tasa Única (CETU), sea reducida a su mínima
expresión para no dañar aunque sea infinitesimalmente
las utilidades de los patrones y, están de acuerdo, por
el contrario, en fijar impuestos a la gasolina (hasta de 32
centavos por litro) y al diesel, impuestos que golpearán
más aún a la economía de las clases pobres
porque, como siempre sucede, los industriales que consumen esos
combustibles y que verán incrementados los costos de
producción de sus mercancías, aumentarán
se precio de venta; los transportistas de las mercancías
que verán aumentados sus costos de operación,
aumentarán a su vez, los precios de sus servicios y los
transportistas de personas, aumentarán el precio de los
pasajes. Los únicos que no podrán aumentar el
precio de las mercancías que venden son los que venden
fuerza de trabajo, los trabajadores asalariados, esos se quedarán
como siempre, más pobres y más marginados. Esa
es la realidad que se esconde tras los alegatos y desfiguros
en torno a las formas del Informe Presidencial.
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