El desastre en Tabasco es tan grande que no se puede exagerar, cualquier cosa que se diga quedará por abajo de la realidad terrible que se vive: hay un millón de damnificados, la mayoría de los cuales ha perdido todos sus bienes materiales cuyo valor hasta el momento es imposible cuantificar. Ni de lejos han alcanzado los albergues para amparar a los que están sin vivienda, no hay comida suficiente, no hay agua potable y, aunque se ha tratado de minimizar el problema, no hay lanchas para sacar a la gente aislada, pero sí las hay para las bandas que saquean los comercios y las casas abandonadas. Todavía está por hacerse una descripción completa de la catástrofe.
Dicen por ahí que a grandes males, grandes remedios y estoy completamente de acuerdo pero, hace falta precisar que para poner “grandes remedios” tiene que haber también grandes esfuerzos para conocer la verdad, para llegar a ella y saber con precisión qué es lo que tiene que hacerse para conjurar en definitiva los males que nos aquejan. Estoy, en ese sentido, de acuerdo con todos aquellos que no quieren creer que las inundaciones de Tabasco se expliquen simplemente por el calentamiento global el cual, sin duda influye, pero, si nos atenemos a la cadena de causas, encontraremos que existen causas mucho más inmediatas y cercanas para explicar las inundaciones en Tabasco.
Dice un comunicado de la ONU, más particularmente del Secretariado de la Estrategia Internacional de Reducción de Desastres (ISDR, por sus siglas en inglés) lo siguiente: “Las inundaciones son uno de los peligros naturales más anunciados, esperados y fáciles de predecir. Y sin embargo, no se hace lo suficiente para preparar y proteger a los pobres, los más afectados por esos fenómenos. Los pobres tienen menos posibilidades de adaptar sus condiciones de vida antes y después de las inundaciones, y con frecuencia se ven obligados por las circunstancias a vivir en zonas de alto riesgo”.
Todo esto es completamente cierto. Estas consideraciones generales toman una forma específica en nuestro país ya que la nueva clase política, distribuida ahora en tres partidos, la que ha tomado el poder en nuestro país, como la vieja clase política exclusivamente priista, está muy pendiente de las señales que emite el presidente de la república y, con una coincidencia que no podría explicarse de otro modo, tienen diseñada una táctica de contención y ataque a las organizaciones populares que reclaman obras y servicios para mejorar la calidad de vida de los más desprotegidos.
No sólo no existe una política gubernamental de suelo y vivienda baratos para la gente pobre, lo cual, como bien lo dice la ONU, los arroja a vivir en zonas de alto riesgo, sino que cuando se reúnen y organizan para acudir ante la autoridad y solicitar su intervención, ya no para que les obsequie, sino sólo para que les autorice a comprar terrenos y edificar sus casas, se les ignora y, si insisten ejerciendo su derecho de manifestación pública, se descarga sobre ellos una guerra de insultos en la prensa llamándoles por lo menos vividores, chantajistas y delincuentes. Tal sucedió en Tabasco durante el gobierno de Manuel Andrade y sucede actualmente con gobiernos de los de “primero los pobres” en Texcoco, Ecatepec e Ixtapaluca en el estado de México.
El comunicado de la ONU también es muy exacto cuando dice que “no se hace lo suficiente para preparar y proteger a los pobres”. Retrata a Tabasco. ¿Usted cree que los habitantes, por ejemplo, de la colonia Gaviotas Sur, una de las más afectadas en Villahermosa, no sabían perfectamente desde hace muchos años cuáles eran los obras mínimas de protección que tenían que haberse hecho para eliminar o, por lo menos, disminuir los daños de una crecida del río Grijalva? ¿Usted cree que no lo solicitaron, no lo exigieron, no lo gritaron ante la autoridad? Pues sí lo sabían y sí lo exigieron y ¿qué obtuvieron? Una respuesta como la que dan ahora los presidentes municipales perredistas del Estado de México: negativas cerradas y vituperios.
Opino modestamente que lejos de hacernos ilusiones echándole la culpa al calentamiento global, debería de preocuparnos hondamente promover la organización social mucho más allá de las jornadas electorales pero, sobre todo, hacer caso de los reclamos de esas organizaciones sociales que están compuestas a no dudarlo por la gente que se va al agua o se le cae un cerro encima. La organización social, asimismo, jugaría un inmenso papel en las labores de auxilio a la población y se evitarían las situaciones caóticas en las que cada quien corre para donde primero se le ocurre y nadie sabe bien a bien qué hacer. Opino, finalmente, que en este aspecto de la organización social y el respeto por ella, sucederá como con el agua de las presas del río Grijalva: o se le desfoga planificadamente y con tiempo, o los gobernantes no podrán impedir que salga toda junta y en un instante la energía social tanto tiempo contenida.
* Colaboraciones anteriores