La crisis está en marcha, el huevo ya cuesta 18 pesos y en el mercado dicen que muy pronto va a subir a 25, el aceite ya cuesta 27 y para llevarse a casa un kilo de carne hay que pagar 75 pesos. No es este un informe sobre la canasta básica pero los datos apuntados sirven para precisar y recordar lo que ya todo México sabe: la crisis económica, la que no nos habría de afectar porque supuestamente nuestra economía estaba bien blindada con medidas únicas que nadie más en el mundo ha pensado, está en todo su apogeo y azota duramente a las clases pobres de nuestro país.
Como se sabe, en esta ocasión la crisis del sistema capitalista mundial se inició en Estados Unidos como una crisis de sobreproducción de casas familiares, las cuales, para poder ponerlas en manos del consumidor, fueron vendidas por los constructores con créditos a personas de bajos recursos económicos, créditos conocidos entre los especialistas financieros como “de alto riesgo”. Y, en efecto, el “alto riesgo” se hizo realidad como una gran crisis de pagos que llevó a la quiebra a muchos bancos en Estados Unidos y en Europa. Ahora la economía está parcialmente paralizada, la construcción de nuevas casas no existe, muchas de las instituciones financieras no prestan dinero o han aumentado drásticamente los requisitos para prestarlo, con todo ello, el desempleo ha aumentado, el consumo se ha ido a pique y nuevas empresas dejan de hacer negocios, despiden a sus empleados y la crisis se ahonda.
No obstante, aunque los daños son generalizados, en cada crisis siempre hay alguien que sufre más, mucho más que todos los damnificados: el trabajador asalariado, peor todavía, el que no tiene salario y es también trabajador. Todo sube en la crisis, todas las mercancías elevan su precio, todas con excepción de una, la mercancía llamada fuerza de trabajo, esa permanece estática, inmóvil y cualquier intento del trabajador modesto por convenir un aumento en el precio de su venta, un aumento insignificante en su salario es considerado poco menos que traición a la patria. El peso de la crisis en el sistema capitalista se descarga sobre la espalda de los trabajadores.
Por si faltaran pruebas para fundamentar esta afirmación, a principios de la semana, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público anunció medidas para combatir los devastadores efectos de la crisis pero, curiosamente, todas ellas en beneficio del capital. Nada se dijo de tratar de proteger al otro “factor de la producción”, tal parece que ya sólo queda uno de ellos o, más bien, que sólo importa uno de ellos que es, como queda dicho, el capital.
En efecto, las medidas anunciadas tienen que ver todas con el aseguramiento de las ganancias de los empresarios. Se anunció que se hará un descuento de 3 por ciento en los pagos provisionales del Impuesto sobre la renta (ISR) y del Impuesto Empresarial a Tasa Única (IETU), que habrá un estímulo fiscal de 1,000 pesos para las personas físicas con actividad empresarial, que se descontará un 5 por ciento de las cuotas patronales al IMSS y, entre otras medidas más, que se reducirán las tarifas eléctricas para la industria y el comercio en un 10 por ciento. Todo, pues, en beneficio de la ganancia.
Nada para abaratar las materias primas indispensables en la producción de la fuerza de trabajo. Nada para que se abaraten los alimentos, nada para bajar los costos de la vivienda comprada o rentada, nada para permitir que se adquieran medicamentos y se conserve sana la fuerza laboral, nada para que haya una mejor educación para los hijos de los trabajadores que son los trabajadores del futuro, nada, menos aún, para que todos ellos gocen de un buen descanso vacacional. En la crisis, la fuerza de trabajo se abarata con relación a los costos de máquinas y materias primas y se abarata, por tanto, con relación a las mercancías que produce y que a la postre tendrá que consumir. La crisis, pues, es crisis para las clases laborantes porque, como se ve, el gobierno acude presto a auxiliar a los señores del dinero.
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