Termina el gobierno de Lázaro Cárdenas Batel. Por fin. Ahora los michoacanos que creyeron que su persona y su gobierno serían una edición modernizada de los gobiernos que ejerció el General Lázaro Cárdenas del Río, así como de su recia convicción revolucionaria, no pueden tener ninguna duda de que se equivocaron completamente. Ya Don miguel de Cervantes Saavedra, protestando contra los poderes dinásticos con afilada precisión que todavía retumba, dijo: “Cada quien es hijo de sus obras”. Y así es.
¿Cómo queda el estado de Michoacán después de seis años de gobierno de Lázaro Cárdenas Batel? ¿Cómo quedan, en primer término, las grandes mayorías, aquellos que con su esperanza y su voto lo llevaron al poder? Ahora, sin que a nadie le quepa ninguna duda, existen más pobres y los pobres que existen son más pobres que al inicio del régimen lazarista. ¿Cuántos, me pregunto, de los que fueron entusiasmados a las urnas, ahora están desterrados en Estados Unidos y desde allá, sin familia, contemplan la realidad cruda de tantas promesas falsas?
¿Cómo queda la educación de los hijos de esas grandes mayorías? En el estado existe una cerrada polémica para dilucidar en qué lugar se encuentra Michoacán en materia educativa. Se sabe que los pesimistas, los que todo lo ven negro y catastrófico, opinan que ocupa el último lugar, los optimistas, los partidarios del régimen por convicción o por interés, aseguran que Michoacán sólo está entre los últimos lugares del país. Como quiera que sea, los pactos secretos entre Cárdenas Batel y las voraces corrientes sindicales, los pagaron con la educación de sus hijos quienes luchan a brazo partido por brindarles un futuro mejor.
¿Y la corrupción del aparato gubernamental? ¿Quedó desterrada para siempre? Nada de eso. Con el más reciente y sonado de los casos, el de América Aguilar, cualquier ingenuo tendrá que estar consciente que como en aquel cuento del dinosaurio, cuando despertó, la corrupción seguía ahí. ¿Y qué puede decirse de la violencia? Que es escandalosa y aterradora, que las ejecuciones en Michoacán ya no son noticia, que la sociedad está perdiendo la sensibilidad ante levantados, muertos y descabezados. El deplorable estado que guardan la honradez oficial y la paz y la tranquilidad de los michoacanos cuya relación causal nadie puede negar, no tiene ninguna comparación con el escenario que existía al inicio de la administración lazarista.
Como prueba fehaciente de la explotación y el abuso que han sufrido los michoacanos más humildes durante el gobierno de Lázaro Cárdenas Batel, pues bien que se les pone a trabajar por salarios de hambre y bien que se les cobran impuestos muy puntualmente y, como paradigma del trato que han recibido del gobierno cardenista del PRD, queda ahí, cumpliendo un año en la Plaza Melchor Ocampo, el plantón de los integrantes del Movimiento Antorchista. ¿Qué reclaman? ¿Lujos acaso? ¿Puestos de gobierno para medrar? No, nada de eso.
Reclaman que el gobierno de Lázaro Cárdenas Batel cumpla los compromisos que escribió y firmó hace ya mucho tiempo obligándose a vender la ridícula cantidad de 2 mil 500 lotes para igual número de familias que no tienen donde vivir, obligándose a construir aulas y talleres en escuelas primarias y secundarias y a otorgar su clave a una secundaria y a una primaria que tuvieron que ser fundadas y han sido mantenidas por la comunidad ante el abandono oficial y, obligándose, entre otras cosas más, a autorizar varias rutas de transporte en diversas comunidades que carecen del servicio.
¿Por qué tanta resistencia a cumplir tan elementales exigencias? Porque el gobierno de Cárdenas Batel ha sido el gobierno de las clases altas para beneficiar a las clases altas. Los terrenos de la reserva oficial no se les venden a los michoacanos humildes porque se alientan y protegen los negocios de los grandes fraccionadores y poderosos constructores, las escuelas no se promueven ni se les construyen espacios porque se protegen los cotos de poder de líderes sindicales corruptos y las rutas de transporte no se otorgan a simples trabajadores del volante porque las mafias monopólicas no lo consienten. El gobierno de Lázaro Cárdenas Batel no le hizo honor a su firma porque es el digno representante de fraccionadores, constructores abusivos, sindicaleros corruptos y pulpos transportistas, entre otros más.
La justificada protesta de los michoacanos humildes ha tratado reiteradamente de ser acallada, con represión abierta, con policías especiales y perros de ataque y con prensa pagada. Los trabajadores michoacanos no han olvidado que durante buena parte del gobierno de Lázaro Cárdenas Batel el diálogo con la sociedad demandante se estableció a través de un policía con desequilibrios mentales que finalmente tuvo que ser sustituido envuelto en acusaciones y sospechas y nadie olvida que en este gobierno, más que en todos los anteriores, se echó mano de la prensa comprada con recursos oficiales para denigrar y calumniar a quienes se atrevieron a manifestar sus inconformidades.
Ahí queda pues el saldo del gobierno de Lázaro Cárdenas Batel. Ahí queda también en la Plaza Melchor Ocampo, como en todo el estado y en todo el país, la irreductible exigencia de justicia del Movimiento Antorchista. Los gobernantes pasan, por fortuna, las masas se quedan, para mayor fortuna.
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