Quizá tengan razón quienes sostienen que una buena parte de las crisis se debe a la insensibilidad de quienes las padecen. Muchos enfermos se agravan porque ignoran o quieren ignorar sus padecimientos y las sociedades sucumben porque quieren ver como simples incidentes lo que son en realidad auténticos cataclismos terminales. Muy conocida es la anécdota que se atribuye a Luis XVI de quien se dice que la noche de la toma de La Bastilla, cuando el viejo mundo feudal de cientos de años y su propio poderío se derrumbaban definitivamente, al irse a acostar escribió cándidamente en su diario “Hoy no ha pasado nada”.
Tal parece que nuestra sociedad moderna, informada, según se dice, como nunca antes estuvo ninguna sociedad, armada de herramientas poderosísimas de análisis cuantitativo y cualitativo de los fenómenos naturales y sociales más pequeños y aparentemente insignificantes, ha caído en esa especie de sopor que precede a las convulsiones finales. La realidad de los medios de comunicación, con algunas denuncias esporádicas para cuidar la credibilidad y la agenda de los hombres públicos, salvo algunos desplantes para conquistar un cruce de boleta, se elaboran reflejando una realidad que no existe.
¿Y por qué habría de tocarse a rebato? ¿Por qué turbar la tranquilidad y la calma de las buenas conciencias? Porque estamos sentados en un barril de pólvora o si la metáfora resulta muy antigua, en un tanque de gas con fuga. La tierra, el único hogar que tenemos se está deteriorando aceleradamente. Lo que en un cierto momento fue un slogan novedoso para ampliar la gama de preocupaciones políticas que no dañaban en lo inmediato a los poderosos intereses económicos, se ha ido convirtiendo en una pavorosa realidad cuyo remedio tiene que afectar decididamente las ganancias de los de más arriba. Así como en una especie de caricatura justiciera se ha querido meter en cintura a los fumadores en interés de los no fumadores, bien haría la humanidad en sujetar y abolir a los ganadores de utilidades en interés y defensa de los no ganadores de utilidades, de los que sólo viven de vender su fuerza de trabajo.
Pero no sólo se está sacrificando el planeta en aras de la ganancia. Me hago cargo de que “no sólo” implica en cierto modo minimizar la magnitud del problema, que es casi como si se dijera que el daño no es grande ni devastador puesto que todavía puede hallarse uno mayor; y en efecto, hay uno mayor todavía puesto que reponer el planeta es una posibilidad muy remota pero que quizá algún día pudiera realizarse, mientras que reponer al hombre mismo no es más que un absurdo completo.¿Qué pasa con esas masas inmensas que se están muriendo de hambre y enfermedades? ¿No es eso una forma brutal de estar acabando con el rey de la creación o con el producto más alto de la materia organizada según la filosofía con la que se razone? Pero no sólo se destruyen definitivamente los que mueren sino todos aquellos a los que la ociosidad o la desocupación disfrazada sume en el cretinismo por lo que a la destrucción en curso del género humano habría que añadir a todas esas masas que encuentran una ocupación temporal o no la encuentran en toda su vida.
A todo ello, que ya cuestiona y pone en seria duda la viabilidad humana en estas condiciones socieoeconómicas, hay que añadir la desesperanza, el hecho craso de que muchos jóvenes y hasta niños –el futuro de la patria- prefieren matarse a temprana edad que seguir viviendo. Además de las cifras de suicidios entre jóvenes y niños que han alcanzado cifras pavorosas y que ya serían una evidencia contundente, un estudio reciente de un organismo que se llama Centro Integral de Salud Mental (Ciseme) del Distrito Federal informa que los jóvenes padecen cada vez en mayor proporción enfermedades ligadas a la falta de perspectivas en la vida, que se atienden con frecuencia cada vez mayor, casos de trastorno depresivo, trastorno de angustia, trastorno narcisista, de ansiedad generalizada, de conducta alimentaria, fobia específica y fobia social, duelo, etc., etc.
¿Qué estamos haciendo? ¿Qué construimos para el futuro? Y no debe olvidarse que antes de terminar de redactar la frase o leerla, ya estamos en lo que hace unos instantes era el futuro. ¿Qué hacen los que se han otorgado a sí mismos el monopolio exclusivo de gobernar a la nación? ¿Nos llevan de menos a más? ¿Cuántos mexicanos se atreverían a asegurar que ahora viven mejor que hace cinco años? La clase política ha convertido a los partidos políticos en bolsas de sinecuras que se disputan con todo tipo de armamento como lo demuestra la riña pública por la administración del Partido de la Revolución Democrática. ¿No está urgiendo corregir el rumbo?
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