En lo que va de este año, PEMEX ha producido menos barriles de petróleo que en el mismo lapso del año pasado, no obstante, ha ganado más, mucho más que en el año pasado; PEMEX financia el 40 por ciento del presupuesto del gobierno mexicano y es, aun cuando durante muchos años no se le ha invertido para hacerla crecer y se le han llegado a sacar mayores volúmenes de dinero de los que arrojan sus utilidades, la sexta empresa más grande del mundo. PEMEX es, pues, un botín gigantesco.
Todo ello puede servir para dar una idea aproximada de lo que está en juego con la reforma de la ley que pretende llevar a cabo el gobierno de Felipe Calderón para permitir y proteger, con varias modalidades diferentes y con los nombres que se le quiera dar, que los empresarios mexicanos y extranjeros obtengan una parte de las inmensas utilidades de PEMEX. Trato de acercarme a la cuestión porque a pesar de que todas las inversiones cuentan con un proyecto financiero muy riguroso y detallado, en el caso de las aspiraciones privadas sobre PEMEX, nunca se ha dicho a cuánto ascienden sus expectativas, nunca se ha dado a conocer la versión oficial de a cuánto ascenderían los beneficios empresariales en caso de que PEMEX aceptara como socios a los grandes potentados, y nadie debe dudar de que esa cuantificación existe ya que de no ser así ni siquiera se hubieran enfrentado los costos políticos que implica modificar la ley. La tajada es, pues, de muy buen tamaño.
Supuestamente alzándose en defensa del petróleo, los grupos parlamentarios del PRD y de los pequeños partidos que existen a su sombra, tienen tomadas las tribunas de la Cámara de Senadores y de la Cámara de Diputados y demandan un debate que dure, según han dicho, 120 días ininterrumpidos para abordar el tema. Asimismo, hay que consignarlo, grupos de apoyo, sobre todo de mujeres que se han dado el nombre de “adelitas”, acuden diariamente a las afueras de ambas cámaras a apoyar las protestas de sus legisladores. Ya pasan quince días del inicio de tales acciones y no se vislumbra ningún arreglo.
Con mucha frecuencia a mí me da la impresión de que los perredistas y sus grupos afines tienen “demandas pantalla”, es decir, que ante el gran público anuncian y difunden una demanda cuando en realidad lo que pretenden es otra cosa muy diferente a la que enarbolan abiertamente. Lo digo ahora porque me parece que demandar “debate” cuando los parlamentos fueron inventados y existen precisamente para debatir, para permitir y alentar que ciertos actores políticos hablen y se expresen a todo su sabor, resulta muy extraño. Me hago cargo de que existen diferencias de apreciación en cuanto al tiempo que deberán durar los debates. Pero también aquí resulta extraño el radicalismo de los perredistas ¿piensan en realidad que sometiendo a sus compañeros legisladores a más días de discursos los van a hacer cambiar de opinión? ¿Los diputados y senadores que quieren que PEMEX comparta sus utilidades con la iniciativa privada, tienen esa posición porque no han tenido la gran oportunidad de escuchar los argumentos de los perredistas o de Andrés Manuel López Obrador?
Claro que no. La mayoría parlamentaria que está (con sus variantes menores) de acuerdo con la iniciativa de Felipe Calderón defiende intereses muy específicos, de grupo o de partido, todo mundo sabe que los legisladores defienden muchos intereses menos los de sus electores y nuestro sistema de partidos se encarga de fundamentarlo cada día más. La mayoría se propone, pues, llevar a cabo una imposición. Desde este punto de vista, el intento de frenarlos es muy válido, pero no con otra imposición como es la toma de las tribunas de las cámaras y menos para demandar que se parlamente más de cien días seguidos.
Desde mi muy modesto punto de vista la cuestión a resolver es de una enorme trascendencia para el pueblo de México, puede, en efecto, torcer su destino para los próximos 50 o 100 años y, por tanto, tiene que ser el propio pueblo de México, bien informado y organizado, el que lo decida mediante un referéndum nacional. Pero ¿cómo van el PRD y sus aliados a concientizar, a organizar y a convocar al pueblo de México si no cesan de combatirlo y tildarlo de corporativo cuando se organiza y de calificarlo de clientelar cuando reclama mejores condiciones de vida? ¿Cómo si ya se apartaron de la lucha de masas y sólo utilizan a sus simpatizantes para respaldar la lucha de cámara que libran sus diputados y senadores? Bien dijo alguien por ahí: la liberación del pueblo tiene que ser obra del pueblo mismo.
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