El sábado próximo, que será el 26 de este mes de enero, los miembros del Movimiento Antorchista Nacional darán comienzo a la XIII Espartaqueada Deportiva, fraterna y bulliciosa reunión en Tecomatlán, Puebla, de miles de deportistas llegados de todas partes del país que se congregan cada dos años para comparar su fuerza, su velocidad, su habilidad y su astucia en competencias individuales y de conjunto. Más que a las olimpiadas modernas, sus anuncios de mercaderías y a sus proezas inalcanzables que luego resultan construidas con esteroides, las Espartaqueadas Antorchistas recuerdan a las justas de la perdida civilización griega en las que el pueblo llegaba y se desafiaba, se admiraba y se educaba. Y si alguien me dice que no se parecen tanto, le digo que trabajamos duro para que se parezcan más.
“¿Por qué tantos afanes en la jornada sin buscar recompensa?”, dice el verso de Marcos Rafael Blanco Belmonte que ahora me vino a la memoria; ¿por qué una organización política habría de organizar torneos deportivos y, como lo hace también cada dos años Antorcha, encuentros artísticos en las Espartaqueadas Culturales? La respuesta común y corriente, la fácil y evidente sería que se trata de una forma de darse a conocer y hacerse de prosélitos, pero, si bien es cierto que ese propósito es completamente legítimo y algunas –cada vez más pocas- organizaciones convocan a sus adherentes y a sus amigos a este tipo de eventos con ese propósito, en el caso del Movimiento Antorchista y sus Espartaqueadas, la respuesta no es tan simple.
El Movimiento Antorchista tiene desde siempre una obsesión por los resultados. Desde que existe sabe que para que una persona pertenezca, trabaje y se mantenga en una organización política, tiene que saber e, incluso, tocar con la mano, la utilidad, los beneficios que le reporta pertenecer a un determinado grupo u organización social, beneficios que pueden ser espirituales o materiales pero siempre muy concretos. En los partidos políticos tradicionales, las realizaciones consisten exclusivamente en la conquista de puestos públicos para sus miembros, en ellos, el programa es una simple añagaza para atraer votos en las jornadas electorales. En los partidos que ya nos gobiernan, el atractivo para el militante está localizado en los miembros del partido que ya ocupan puestos de poder y se han visto beneficiados con ellos, la cúpula dirigente y sus historias de éxitos económicos personales son el elemento de aglutinación y motivación; “político pobre, pobre político”, es una divisa que va mucho más allá de la época y el partido que la generaron.
No es el caso del Movimiento Antorchista. No lo es porque los antorchistas no son una mafia que se proponga desplazar a otra del poder para seguir haciendo exactamente lo mismo. No, el Movimiento Antorchista propone otro país, una patria más justa y más democrática que tenga como punto de partida y como objetivo final al mismo tiempo, a la clase trabajadora organizada y educada pero, está perfectamente consciente de que para animar, unir y consolidar a los trabajadores, para demostrar que un México más justo y democrático es posible, no bastan las promesas para un hipotético futuro, tienen que existir y muy reales, los resultados.
De ahí que las Espartaqueadas no sean un vulgar acto de propaganda. Han pretendido ser y, en cierta medida, han llegado a ser, un modelo de la patria que el Movimiento Antorchista pretende construir. Un modelo porque Antorcha reivindica al arte y al deporte como potentes instrumentos educativos y de transformación del hombre, los concibe y defiende como una forma de existir y, entre el arte y el deporte, además del trabajo y la lucha permanente se ha afanado y se ha impuesto la ruda tarea de enseñar a vivir a todos los que quieran escuchar su mensaje. Ello choca frontalmente con la idea en boga que considera al arte y al deporte como lujos exagerados, actividades superfluas y hasta perjudiciales para las masas y los ha concentrado –como lo ha hecho con toda la riqueza social- en manos de un puñado de privilegiados. Con las Espartaqueadas Antorcha pretende demostrar con hechos que es posible en una sociedad más justa.
Lo logrado hasta ahora es muy alentador. Poniendo en tensión sus fuerzas, trabajando para invitar a adherentes y amigos, sudando para reunir fondos para el traslado y la estancia, organizando todo sin ninguna mano oficial ni subsidio de ninguna forma, los antorchistas hemos logrado amigos sinceros, partidarios del deporte y, en particular, amigos de las Espartaqueadas que cada año quieren estar presentes y disputan camaraderilmente su lugar. Las Espartaqueadas son un modelo vivo de lo que los antorchistas llevarán a cabo cuando gobiernen este país. Por eso, también, se realizan en Tecomatlán que, además de ser la cuna de Antorcha Campesina, es su orgullo, lo es porque también ese pueblo de la Baja Mixteca poblana, constituye un modelo de centro urbano moderno, pacífico y amable de los cientos de miles que pueden llegar a existir en cada lugar de nuestra patria si se acaba con la opresión del hombre por el hombre.
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