MOVIMIENTO ANTORCHISTA


El gobierno de Campeche debe de respetar el derecho de manifestación

Erika Tejero
16 de noviembre de 2005

Por la prensa nos enteramos de que la policía estatal desalojó violentamente de las inmediaciones del Palacio de Gobierno un plantón que, por más de 8 días, mantenían 36 trabajadores del volante (volqueteros) y que este operativo de desalojo se tuvo que realizar –según el gobierno- debido a que los manifestantes, al no ser atendidos por las autoridades, decidieron bloquear la entrada de acceso al estacionamiento del palacio, por donde entraría el C. Gobernador. Inmediatamente después del desalojo, los detenidos fueron, sin más, enviados al reclusorio y acusados de ataques a las vías generales de comunicación y de motín.

Si los plantonistas cometieron o no los delitos de los que hoy se les acusa, es algo que nuestra organización no está en capacidad de saber y que la autoridad competente tiene la obligación de esclarecer con toda oportunidad, para la tranquilidad de las familias de los afectados y de la ciudadanía en general. Nosotros sólo señalamos y nos atenemos al principio de que la autoridad debe actuar con apego a derecho y con plena y absoluta imparcialidad. Sin embargo, no podemos estar de acuerdo con que ante la libre manifestación pública para demandar atención y solución a un problema (del carácter que sea), el gobierno, lejos de buscar y encontrar los canales adecuados para la solución del mismo, responda a las agresiones (si es que las hubo), con un violento y brutal desalojo, usando la policía para agredir a los inconformes manifestantes. Ése, desde luego, no es el papel de un gobierno que se precia de servir y escuchar a los ciudadanos.

Aquí, quisiéramos dejar bien claro, para evitar cualquier interpretación errónea de nuestra posición, que, al opinar como lo hacemos, no estamos prejuzgando el fondo de la cuestión, es decir, no nos estamos pronunciando a favor o en contra de quien tiene la razón, en relación con el problema que se ventila, nos apegamos al derecho irrestricto de los mexicanos a expresar públicamente sus opiniones e inconformidades. Queremos prevenir acerca del peligro de que, al calor de la disputa y la pasión política, se haga nugatoria una conquista fundamental de nuestra democracia y se siente el gravísimo precedente de que salir a las calles a protestar contra quien sea, es un delito que debe perseguirse y castigarse como tal.

Es indiscutible que la protesta callejera encierra siempre, en mayor o menor grado según el caso, el peligro de que se desborden las pasiones y se altere la paz pública. Es cierto también que el ejercicio de ese derecho causa molestias a terceros, como son los congestionamientos del tránsito vehicular o el pintarrajeo (no siempre) de fachadas de edificios públicos y privados. Pero, quienes ponen en primer plano estos inconvenientes para proponer la abrogación del mencionado derecho, no deberían olvidar jamás que vivimos en un país con graves desigualdades, con una profunda falta de justicia social para las grandes mayorías, las cuales carecen, muchas veces, hasta de lo más indispensable. Impedir a esas masas que expresen pública y pacíficamente sus opiniones, que difundan sus demandas y carencias, es negarles, prácticamente, el último recurso que les queda para hacer oír y defender sus intereses legítimos. Todos deberíamos preguntarnos, entonces, qué es preferible: si una toma de oficina, un congestionamiento de tránsito o un nuevo estallido social como el protagonizado por los zapatistas.

Si bien es cierto que el gobierno no puede alentar las marchas y plantones que los ciudadanos realizan en su contra para manifestar su rechazo e inconformidad con la falta no sólo de atención a sus demandas más justas y elementales, sino a lo que es más importante y urgente, la solución de las mismas, tampoco es su papel impedir y prohibir, desalentando e intimidando a los ciudadanos a que ejerzan su derecho. Es más, el gobierno tiene la obligación de garantizar que todo ciudadano pueda y deba manifestarse libremente y que sus derechos y garantías individuales sean ejercidos a plenitud, aun cuando esto ponga en duda el buen funcionamiento del gobierno.

De no ser así, el gobierno corre el riesgo de que los ciudadanos piensen que se está constriñendo un recurso que la ley establece para la defensa de sus más elementales necesidades. Esta formulación del problema lleva implícita, voluntaria e involuntariamente la tesis de que la protesta pública es un acto ilegal, una violación al sistema jurídico que nos rige y que quienes la emplean, por tanto, cometen un delito y debe ser condenado y castigado por ello.

Naturalmente, nosotros no estamos de acuerdo con eso. Todos sabemos, aun los legos en materia jurídica, que la manifestación publica en México es un derecho legítimo de los ciudadanos, clara y expresamente tutelado en el artículo noveno de la constitución general de la República al que todos los poderes públicos, sea del nivel y del orden que sean, están obligados a respetar y proteger, escrupulosamente y sin cortapisas.

Finalmente, no debemos olvidar que la ley, para ser fiel reflejo de la justicia, debe ser pareja, de aplicación universal. Y los Antorchistas, nos vemos obligados a exponer ante la ciudadanía nuestro punto de vista, porque somos una organización seria, que lucha por la justicia y, sobre todo, porque tenemos principios.



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