El pasado 29 de septiembre el Movimiento Antorchista Nacional
celebró los 400 años de haberse publicado por primera
vez la máxima obra, no sólo de la literatura española,
sino de la literatura mundial, El ingenioso hidalgo Don Quijote
de La Mancha.
Con gran emoción escuché la conferencia dictada
en la ciudad de México por el ingeniero Aquiles Córdova
Morán, dirigente nacional de todos los que pertenecemos
al movimiento. Y es que a los concurrentes a esta magnífica
exposición sobre el “Caballero de la triste figura”
y sobre la vigencia del contenido de la gran novela de Miguel
de Cervantes Saavedra –en su inmensa mayoría no pertenecientes
a la organización-, periodistas, trabajadores del magisterio
e intelectuales progresistas de diversos estados, etc., resultó
muy gratificante y sobre todo, amigo lector, muy ilustrativa y
conmovedora la explicación de Córdova Morán.
Sería muy largo de explicar a detalle el contenido de la
conferencia, por lo que me conformo en tratar de dar a través
de esta modesta colaboración y con mis limitaciones personales
tan sólo, tal vez, una pálida imagen sobre el contenido
esencial del planteamiento del expositor.
La novela de Cervantes es vigente porque El Quijote fue una crítica
demoledora de la sociedad de su tiempo, de sus instituciones,
de su gran injusticia y de falta de equidad, sobre todo para las
clases trabajadoras, para los parias de la sociedad capitalista
que nacía en Europa en aquellos años de finales
del siglo XVI y comienzos del XVII.
Cervantes criticó al poder eclesiástico manipulador
de las conciencias y uno de los principales acaparadores de la
riqueza social de su época; criticó la profunda
división de la sociedad en clases sociales, criticó
al poder de la aristocracia y el absolutismo de los monarcas.
Pero su crítica no se quedó en la actitud contemplativa
y acomodaticia de los que desde su gabinete interpretan al mundo
sin mover un sólo dedo para transformarlo; no, por el contrario,
Don Quijote de La Mancha desde que se decidió a salir a
recorrer España “... él pensaba que hacía
en el mundo su tardanza, según eran los agravios que él
pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar
y abusos que mejorar, y deudas que satisfacer”.
Cervantes, por supuesto, insufló en el héroe de
su novela, imbuido por las ideas renacentistas, por las luchas
del luteranismo y el humanismo de los Países Bajos (Erasmo
de Rotterdam), la actitud revolucionaria, la posición del
demócrata consecuente y radical que defiende la causa de
los pobres de la tierra, de los desposeídos y vejados por
la desigualdad y la arbitrariedad de los dueños del poder,
de la riqueza y del dinero.
Como los grandes personajes del Renacimiento, Don Quijote era
un hombre no sólo de grandes ideales, era un hombre de
acción: “hombre de la pluma y la espada”, como
definió F. Engels a los grandes renacentistas. La misma
vida de Miguel de Cervantes Saavedra también, como es ya
de suyo conocido, fue una vida de héroe que combatió
como los más valientes, incluso su sobrenombre de El manco
de Lepanto se debe a que perdió una mano en la famosa batalla
contra los turcos en 1571.
Muchos que se dicen “quijotistas” porque creen ser
seguidores de los ideales de Don Quijote se equivocan de medio
medio, pues jamás han entendido la esencia revolucionaria
del personaje de Cervantes. Y ahí está el meollo
del asunto: el contenido de la obra de El manco de Lepanto, sigue
vigente pues al igual que en su época ahora, en nuestra
época, existen grandes injusticias sociales, abismales
diferencias en la distribución de la riqueza social.
Los desheredados del mundo, los proletarios, creadores de la riqueza
que disfrutan los grandes potentados del globo terráqueo,
sufren injusticias, atropellos; sufren el infierno de la pobreza
extrema, del desempleo, de la insalubridad y enfermedades por
falta de atención sanitaria y de servicios; sufren por
falta de educación y verdadera cultura, sufren el engaño
y la manipulación de de los poderosos medios de comunicación
que, además de lo que representa el agobiante trabajo deshumanizador
que no permite a los trabajadores disfrutar y tener satisfacción
por su trabajo (no se vive para trabajar, sino que se trabaja
para poder vivir), todavía le llenan la mente a esos miles
de millones de parias en el mundo de enajenantes espectáculos
donde se endiosa a esa sociedad, tratándola de colocar
como la quintaesencia de la “justicia”, la “democracia”
y “la libertad”.
Estoy profundamente convencido por el planteamiento de Aquiles
Córdova que Don Quijote de La Mancha sigue cabalgando,
pero ahora encarnado en el proletariado moderno.