En estos tiempos, cuando los candidatos presidenciales presentan
todo tipo de ofertas políticas y de promesas al por mayor,
al igual que presentan sus “proyectos de nación”,
no se les debería olvidar incluir en sus proyectos la cuestión
de la política educativa.
Como lo han dado a conocer los medios en su momento, nuestro país
ha obtenido los últimos lugares en el examen aplicado por
la Organización para la Cooperación y el Desarrollo
Económico a estudiantes de 32 países, para evaluar
habilidades en matemáticas, comprensión de lectura
y conocimientos básicos de ciencias en general. Nuestro
país resultó ser uno de los países en donde
los estudiantes leen menos (el 44% lee menos de media hora al
día); este organismo detectó que los estudiantes
mexicanos están entre los que más problemas de enfermedades
(propiciadas muy comúnmente por la falta de recursos) tienen
en la familia y entre los que cuentan con peores condiciones tanto
de infraestructura física de las escuelas como de elementos
pedagógicos auxiliares, y reciben muy poca influencia de
la educación cultural familiar como determinante de su
desarrollo.
Estos datos nos deben hacer reflexionar a todos los mexicanos,
pero, sobre todo, a los políticos que buscan la Presidencia
de la República; y quien resulte ser el elegido, no debe
olvidar los siguientes planteamientos en relación con la
educación:
Primera, la educación es una de las palancas fundamentales
para el desarrollo económico y social de una nación.
Toda economía necesita de los avances y descubrimientos
tecnológicos para lograr un crecimiento exitoso y sostenido,
puesto que los mismos aseguran una mayor tasa de ganancia y el
dominio de más y mejores mercados. Y los inventos verdaderamente
revolucionarios son fruto de una paciente, constante y profunda
labor de estudio y de investigación, que cuente con los
recursos materiales y humanos necesarios para su realización.
Segunda, a los mexicanos nos falta, visión de largo plazo,
ambición y patriotismo. Lo primero, porque siempre nos
movemos, siempre estamos dispuestos a invertir y a correr riesgos,
si se nos ofrecen y aseguran beneficios inmediatos, resultados
que podamos disfrutar hoy mismo o, cuando más, mañana;
pero nunca para el futuro, por prometedor que se nos presente.
Lo segundo, porque nos conformamos con las ganancias que podamos
obtener en una economía subsidiaria, de maquiladoras; una
economía que, para la elevación de su rentabilidad,
depende de la tecnología que quieran compartir con nosotros
las grandes metrópolis del conocimiento, en vez de pelear
por un desarrollo científico y tecnológico propio,
que nos vuelva realmente competitivos a nivel mundial y que nos
garantice tasas de utilidad a la par con las de los gigantes económicos
del mundo. Lo tercero, finalmente, porque hoy se sabe, con toda
certeza, que un país no podrá alcanzar jamás
su plena soberanía e independencia, por mucho que crezca
su economía, si no es capaz de generar conocimiento, si
no es capaz de producir tecnología para sí y para
los demás, si su desarrollo, en fin, depende de lo que
otros hagan o descubran en el terreno de la ciencia aplicada.
No educar a nuestro pueblo para ser un verdadero productor de
conocimiento nuevo, es condenarlo al eterno sometimiento; es falta
de auténtico patriotismo.
Tercera, las autoridades federales, estatales y municipales deben
atacar dos tipos de problemas: primero, elevar el gasto destinado
a la educación en todos los niveles y en todas las modalidades
que permitan el acceso y la permanencia en los centros educativos
de quienes están en edad escolar, pues de todos los evaluados
de la OCDE, México resultó ser el país que
menor porcentaje de su producto interno destina a la educación
y, segundo, mejorar notablemente la exigencia, la disciplina escolar
y la calidad del proceso de enseñanza-aprendizaje.
Cuarta, impulsar la educación pública superior;
la educación pública sigue siendo, para la inmensa
mayoría de los jóvenes mexicanos, la única
oportunidad de educarse; sigue siendo una importante válvula
de escape a las presiones sociales, que en nuestros días
se están acumulando más amenazadoramente que nunca
(aprendamos de la lección que nos dejan los acontecimientos
de Francia), y uno de los pocos mecanismos efectivos (todavía)
para promover la capilaridad social. Por eso, todos los ciudadanos
realmente interesados en la justicia social, en el progreso sostenido
de la nación, en la paz y estabilidad de la misma, tenemos
que defender la educación gratuita contra viento y marea.
Estas y otras cuestiones de igual importancia se deben tomar en
cuenta por el próximo Presidente de la República
para impulsar una política educativa enérgica que
ataque los problemas que dan origen a los malos resultados de
nuestra deficiente educación si quiere desarrollar nuestra
patria y lograr el bienestar de todos.