Uno de los profundos dolores
de cabeza de los profesores de nuestros tiempos ha sido la lucha
por implementar y fomentar la lectura en los estudiantes de
todos los niveles, cosa que realmente no ha sido tarea fácil,
pues el mal hábito que desde pequeños se ha infundido
no entrelaza esa comunicación que el niño debe
tener con los libros y tal parece que las materias de literatura
o talleres de lectura fueran de relleno, en las que el profesor
cuenta a los alumnos “algunos” datos de lo que sería
“literatura de cajón”, esa que debemos conocer
por cultura general y no por iniciativa propia, pues siempre
ha de ser que la lectura de cualquier material tenga relación
con un incentivo que será un dígito para aprobar
un nivel en cualquiera de las etapas de la vida estudiantil
del hombre. Una amarga experiencia resulta cuando, por ejemplo,
a un grupo de 50 alumnos se les consulta sobre su historial
literario, ¿qué han leído y porque? La
respuesta seguramente esta en tu mente, efectivamente los resultados
son desalentadores, pues de un grupo de 50 solamente 15 han
leído algún libro, 15 más sólo los
conocen o los han visto en algún lado y los veinte restantes
desconocen totalmente sobre autores y títulos. Encontrar
a los culpables de estos terribles resultados seguramente no
nos llevará mucho tiempo y lamentablemente nos encontraremos
en un círculo vicioso del que será difícil
salir. Sí estos resultados parecieran trágicos,
los que arrojan en las poblaciones es catastrófico pues
pareciera que el estudiante solamente aprende a “leer”
y a escribir sin preocuparse siquiera por formar a un ser pensante,
característica que en nuestros tiempos es prioridad.
La pregunta es nuevamente ¿de quién es la culpa?
Tal vez de un sistema que se niega a morir, o de los jóvenes
que no tienen la mínima iniciativa de tomar un libro,
porque -“nosotros leemos solamente lo que nos dejan en
clases, en este semestre no hemos leído nada y posiblemente
leeremos algo en el que viene”, son algunos de los pocos
comentarios que pueden hacer estudiantes de secundaria y preparatoria,
porque en estos tiempos es posible encontrar los fragmentos
en el Internet o tan fácil como que alguien te lo “cuente”.
El libro obligado se ha vuelto una verdadera tortura para los
educandos, pues si la tarea consiste en leer por lo menos dos
libros al año desafortunadamente no se alcanza el objetivo
ni las metas mínimas esperadas durante un periodo escolar.
Si un profesor les dice a sus alumnos: “éste semestre
leeremos Pedro Páramo de Juan Rulfo”, las expresiones
de “no me gusta”, “es aburrido”, “a
mí no me gusta leer”, se palpan en la mayoría
de los adolescentes, sin comprender que el fomento de la lectura
y la práctica lo llevará al complemento perfecto
de su aprendizaje. Por otra parte también pareciera una
contradicción pero muchas escuelas carecen de libros,
las bibliotecas están vacías, no hay suficiente
material de lectura, “los libros son un privilegio caro”,
etc. Efectivamente, sí son un privilegio caro, en las
mismas escuelas urbanizadas no se cuenta con bibliografía
literaria suficiente y de calidad, en las escuelas alejadas
ni se diga, por eso se mantiene al alumnado al margen, solo
aprende lo que “vio en clases”, porque seguramente
en casa tampoco existe un librero forrado de las grandes tragedias,
cuentos o novelas que eduquen y formen lectores desde los primeros
años de vida.