MOVIMIENTO ANTORCHISTA


La trampa de las
"Reformas estructurales" (2)

Héctor Enciso Carrillo
Dirigente antorchista
en el estado de Colima

09 de febrero de 2006

Desde la década de los 80’s, fueron impulsadas “reformas estructurales” en muchos países por los organismos financieros internacionales controlados por las grandes potencias capitalistas, principalmente por el FMI (Fondo monetario Internacional); reformas tendientes a lograr, supuestamente, que las economías subdesarrolladas y con crisis económicas reiterativas – como era el caso de México- pudiesen controlar los factores que provocaban esas crisis y, para, lograr hacer impulsar el desarrollo de las economías rezagadas insertándolas en la famosa globalización. Se presentaron las recetas fondomonetaristas como la panacea universal para curar los males del subdesarrollo de la falta de competitividad y atraso de las naciones en vías de desarrollo.
Así, por ejemplo, se “recomendó” por parte del FMI a los gobiernos de América Latina, de Asia y África reducir al máximo la intervención del Estado en la economía, deshacerse de las empresas estatales vendiéndolas a la iniciativa privada, reducir al máximo la inversión pública, aumentar los impuestos a la población para reducir el déficit fiscal y así controlar la inflación y reducir los riesgos de provocar crisis económicas, adelgazar al estado, reduciendo el número de personas que laboran al servicio de éste; la apertura de las fronteras para dar paso al libre comercio, eliminando los aranceles y permitiendo la libre circulación de mercancías y capitales, lo que permitiría – según sus impulsores y panegiristas- que corriesen las grandes inversiones de las naciones más poderosas del planeta hacia las más débiles y, así, acabar paulatina pero inexorablemente con el rezago económico, con la pobreza, el desempleo y la desigualdad. En fin, los organismos financieros del imperialismo mundial prometían el pleno desarrollo y abatimiento de los flagelos de la humanidad si se adoptaban sus recetas.
Pero como sostenía el viejo Marx, toda teoría por bien elaborada que sea, tiene su prueba de fuego en la práctica; es en su aplicación práctica donde se comprueba si es correcta, si tiene el poder de traducirse en los hechos de manera exitosa. Para nadie es un secreto, hoy en día que las famosas “reformas” impulsadas por el imperialismo han fracasado en todos los países donde se han aplicado. Incluso, queda la sensación de que esas “reformas estructurales”, en realidad fueron una trampa bien planeada de los grandes estrategas de la economía y la política del imperialismo para lograr exactamente lo contrario de lo que se prometía con sus cantos de sirena.
Por ejemplo, hay economistas reconocidos internacionalmente que señalan que al instrumentar las políticas de reducción de la inversión pública, lo único que se logró es que las naciones seguidoras de los esquemas dictados por el FMI, no mejoraran su infraestructura para tener condiciones de competitividad. Al no construir redes carreteras no se puede mejorar el traslado de productos y personas, lo cual encarece las mercancías; al no construir hospitales e incrementar la inversión en atención sanitaria redundó en el empeoramiento de la atención médica y de condiciones de salud de la población trabajadora y en la consecuente baja de su productividad; al no incrementar sustancialmente la inversión en educación, las naciones atrasadas -como sí lo hacen las naciones del primer mundo y por eso obtienen trabajadores de alto rendimiento productivo, científicos con alta capacidad para crear tecnologías de punta- muchas naciones “se pusieron, como decimos coloquialmente, la soga en el cuello” y con ello fomentaron la dependencia científica y tecnológica de las potencias como EE UU, Japón; Alemania, Francia, etc. En síntesis, la cacareada reducción del gasto público que tanto promovió el imperialismo, no sólo trajo más pobreza en los países sino que, y esto es lo más perjudicial, con esta política engañosa los países no pudieron mejorar cuantitativa y cualitativamente su infraestructura en comunicaciones, en salud, en generación de empleo, en educación y capacitación de su población, etc. y así se logró mantenernos alejados de la posibilidad de competir en mejores condiciones con las naciones más poderosas. ¡No toda reforma es progresista y benéfica!
Economistas renombrados, señalan a su vez, que al reducirse la tasa de inversión pública en los países como los de América Latina, esto incidió en que, también, se contrajera la inversión privada. Esto parece una contradicción, pero no lo es, pues bien vistas las cosas, resulta que, en efecto, al no construirse más escuelas, hospitales, presas, por ejemplo, se redujo también necesariamente la producción de los materiales con que se realizan las obras públicas, se redujo por tanto, drásticamente, el empleo y los ingresos de las capas trabajadoras de las naciones. Y esto lo vemos reflejado en nuestro país ya que, el que el crecimiento del PIB (producto interno bruto) disminuyó su ritmo de crecimiento promedio anual desde que se aplicaron las recetas del neoliberalismo impulsadas por la clase gobernante de la metrópoli imperial y que han aplicado con docilidad la derecha que actualmente gobierna al país. Es momento de reflexionar ¿Nos conviene seguir los esquemas económicos de la derecha mundial y criolla que han redundado en un crecimiento exponencial en México del desempleo, la pobreza, la emigración y, uno de los factores reproductores de esos flagelos sociales, la dependencia científica, tecnológica y cultural hacia las naciones poderosas?

 

 

 

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