16 de febrero de 2006
Los ciudadanos, simples
mortales, como usted y yo, amigo lector, a ciencia cierta no
sabemos si la mención y las propuestas sobre la necesidad
de las reformas, por parte de los distintos candidatos a la
Presidencia de la República, sea solamente parte de una
estrategia para convencer a la electorado de las supuestas bondades
que tendríamos los mexicanos, en caso de optar el próximo
2 de julio por los que nos ofrecen su plataforma “reformadora”,
o simplemente son ofrecimientos que, como en el caso del actual
presidente de la República, sólo fue parte del
marketing engañoso y demagógico del grupo que
hoy detenta el poder para acceder al control del gobierno federal.
Insisto de cualquier manera en que las reformas a un sistema
económico y social pueden ser verdaderas trampas para
mantener al país sometido a los designios del extranjero
y mantenerlo en el subdesarrollo y la dependencia económica,
científica, tecnológica y cultural respecto a
las naciones más poderosas.
Por esta razón, al igual que muchos ciudadanos, no comparto
la falsa idea de que sólo -en el caso de la reforma energética-
entregando a la iniciativa privada Pemex, la Comisión
Federal de Electricidad y en general las empresas públicas,
podrá salir adelante nuestra nación, con el sibilino
argumento de que la “apertura” del sector energético
traerá cuantiosas inversiones. Tampoco creo en una reforma
fiscal que sirva para la extracción de más riqueza
de las capas trabajadoras vía tributación, empobreciéndolas
aún más; más bien, una reforma así
traerá más injusticia, iniquidad y estancamiento
social.
Me parece que si realmente algún candidato a la Presidencia
de la República se propone sentar las bases de una profunda
e innovadora reforma estructural, debe tener como eje central
de ésta transformación un mejor reparto de la
riqueza social y lograr disminuir drásticamente la desigualdad
social de los mexicanos. Cualquier otro sentido de reforma no
tendrá éxito y será un engaño más
al pueblo mexicano, lo cual es ya de por sí peligroso
para la estabilidad social y política del país.
Por esta razón me parece que los ciudadanos electores
debemos de estar alertas en los próximos comicios y cuidarnos
de caer en los cantos de sirena de los que ofrecen “cambios”
y representan “el futuro”, etc. Creo que las reformas
estructurales deben favorecer sobre todo a los mexicanos que
crean la riqueza social, los trabajadores y sus familias. Me
parece que las reformas estructurales, para que no sean una
trampa, deben orientarse esencialmente a los siguientes objetivos:
1.- En material laboral, lograr que los trabajadores del país
tengan asegurados sus derechos, sin menoscabo de fomentar la
elevación de la competitividad y alta productividad que
debe adquirir la clase trabajadora; crear las condiciones sociales,
salariales, laborales y educativas para que los obreros mexicanos
sean altamente productivos pero no a costa de su mayor pobreza
y explotación. Los buenos ingresos de los trabajadores
son el quid para elevar la productividad y la competitividad
de los mexicanos.
2.- Una profunda reforma educativa que permita a todos los mexicanos
tener una preparación que nos haga más competitivos
y, con esto, colocar al país en la escala de las naciones
de mayor crecimiento económico y al mismo tiempo sentar
las bases para ser creadores de tecnologías de punta
y ciencia aplicada a la producción para dejar la dependencia
de las potencias extranjeras. Reforma que debe de tener un hondo
sentido humanista y de compromiso con la nación.
3.- La reforma energética que debemos aceptar los ciudadanos
no debe consistir en entregar nuestros recursos energéticos
a una iniciativa privada nacional o extranjera, que redundará
en que los recursos que se obtienen de las empresas públicas
más importantes se destine a agrandar la desigualdad
económica y social. Al contrario, las empresas como Pemex
y CFE, deben convertirse, en manos del Estado, en palancas del
desarrollo del país. No deben ser simplemente las empresas
que aportan al fisco recursos para el gasto corriente del gobierno.
Por tanto, debe el sector energético del Estado modernizarse
y ampliar su producción (por ejemplo, producir la gasolina
que hoy importamos, lo mismo que otros productos de la industria
petroquímica) para generar mayor cantidad de empleos
e ingresos de las capas trabajadoras.
4.- En materia fiscal, los cambios deben orientarse a procurar
a que se grave menos al consumo y más al ingreso. Lo
cual significa que el aumento de los ingresos fiscales del gobierno
sea conforme el ingreso de cada contribuyente de forma progresiva
(paga más el que más tiene). Ampliar la base de
contribuyentes, incluyendo al sector informal de la economía
y acabar con la evasión. Aumentar los ingresos del Estado
debe servir para mejorar la infraestructura del país
para convertirnos en a nación más competitiva
por tener mejores condicione en la producción, más
y mejores carreteras y medios de comunicación, más
hospitales y mejor atención médica de toda la
población; un incremento cuantitativo y cualitativo de
la educación y capacitación de los mexicanos.
Un mejor reparto de la riqueza social es el camino que han tomado
varias naciones para lograr desarrollarse. Al tener mejores
ingresos económicos y niveles de bienestar social, los
habitantes de esas naciones han mejorado su productividad y
su competitividad en el mercado mundial; han fortalecido sus
mercados y ahorro interno y, por tanto, han tenido la posibilidad
de avanzar en la inversión productiva pública
y privada. Es momento de que los ciudadanos del país
hagamos sentir con más fuerza nuestra voz.