MOVIMIENTO ANTORCHISTA


Plenamente Humanos

Ignacio Acosta Montes
Dirigente antorchista en el estado de Baja California
13 de febrero de 2007

La totalidad, prácticamente, de los mexicanos estamos educados en la idea de que el vigilar, el procurar a toda costa los intereses propios, quizás también los de nuestros familiares más cercanos, es la única actitud inteligente ante la vida. Tal idea se nos inculca desde pequeños, y la vida tan dura y difícil, la moderna ley de la selva urbana, donde -como en los océanos- el pez grande engulle al pequeño y cada quien debe “rascarse con sus propias uñas”, refuerza lo más primitivo de nuestro instinto de supervivencia, manteniéndonos alertas, a la defensiva primero y después al ataque, para no sucumbir en la competencia inmisericorde de la sociedad actual. El trabajador valora lo que es la obra de su vida, no como su realización para provecho de sus congéneres, para que otros seres humanos tengan pan o calzado, por ejemplo, sino como la maldición que tiene que soportar, incluso en jornadas que van mucho más allá de las 8 horas legales, con tal de no morirse de hambre. El empresario busca esquilmar al máximo al obrero, negándole el tiempo necesario para comer decentemente o para otras necesidades fisiológicas: abusa sin clemencia ninguna del poder que le da su monopolio sobre los medios de producción. Se nos inculca el egoísmo más acendrado y se nos presiona y tortura para que seamos unos individualistas irredentos.

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Cuando a los trabajadores de una fabrica o a los vecinos de una colonia se nos llama a unirnos para defender conjuntamente alguna causa común, lo más probable es que dudemos, que seamos escépticos, que pensemos que hay algún interés perverso no declarado detrás de los que procuran una lucha colectiva. El individualismo se nos impone y nos hace concluir que si participamos en un proyecto de esta naturaleza, lo debemos hacer procurando sacar el máximo beneficio e invirtiendo el mínimo esfuerzo, la menor participación y cooperación. Y es que, como dice la sabiduría de nuestro pueblo, “la mula no era arisca; los palos la hicieron”, pues se cuentan por racimos y racimos los líderes y políticos que han traicionado la confianza de campesinos, obreros, estudiantes, profesionistas, o de la ciudadanía en general, vendiéndoles ilusiones con el único objetivo de obtener riqueza o posición social exclusivamente para ellos, a costa de sus dirigidos.

La construcción, entonces, de una estructura organizativa que agrupe a los que menos tienen, a los que sufren todo tipo de agravios, abusos y carencias, para que con su participación coordinada y colectiva se logre una organización social más justa, donde no haya espacio para iniquidades y donde los seres humanos, sin distingo alguno, no tengan otra limitante para su desarrollo multifacético que la de sus propias capacidades, suena en primera instancia como algo imposible, como un engaño más, no sólo como una utopía, sino como una astucia de siniestros que buscan oscuros fines exclusivamente personales.

Que se gasten cientos de miles de pesos para que obreros, amas de casa, estudiantes o profesionistas humildes canten, digan poemas, bailen o ensayen sus capacidades oratorias, resulta por ello incomprensible para muchos. No se encuentran explicaciones, en la lógica de lograr el mayor lucro a costa de la mentira y del abuso, como ocurre en nuestra sociedad, para entender por qué se han trasladado hasta un pequeño pueblo de la Mixteca -Tecomatlán, Puebla- más de ocho mil artistas populares, aficionados al arte que tienen como la principal de sus ocupaciones el ganarse la vida en fábricas o talleres, llegando desde puntos tan distantes como Mérida, Ciudad Juárez o Tijuana. Sin embargo es un hecho, un hecho irrefutablemente hermoso, que del 4 al 11 de febrero de este año se han condensado los sueños de justicia y de belleza de lo mejor de nuestro pueblo en la XIII Edición de las Espartaqueadas Culturales convocadas por el Movimiento Antorchista Nacional.

Más allá de la plástica de las coreografías, del rescate de nuestra cultura y folclor, de lo agraciado de las voces, de lo sutil y perenne de los versos declamados o de la contundencia de las piezas oratorias que se presentan en dicho evento, vale la pena detenernos a reflexionar que todo ello constituye un himno al sentimiento más auténticamente humano, el de la solidaridad y el del trabajo colectivo, el del esfuerzo constructor que trasciende tiempos y fronteras para recordarnos que somos la especie humana, la que conserva lo mejor de sus congéneres, la que no sólo vive para comer, reproducirse o disfrutar de los placeres más bajos e instintivos. Techo, vivienda, educación, salud o alimento son, sin duda, necesidades humanas insatisfechas lamentablemente para la mayoría de los mexicanos. Tenemos que luchar porque esos derechos humanos, constitucionales incluso, se hagan realidad; pero en el mar de egoísmo que nos divide y destruye, aprender a amar la libertad y la cultura es de una urgencia mayor. Vivan por ello las Espartaqueadas Culturales, esfuerzo estético y político que tiende a hacernos plenamente humanos.

 

 

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