La totalidad, prácticamente, de los mexicanos estamos
educados en la idea de que el vigilar, el procurar a toda costa
los intereses propios, quizás también los de nuestros
familiares más cercanos, es la única actitud inteligente
ante la vida. Tal idea se nos inculca desde pequeños,
y la vida tan dura y difícil, la moderna ley de la selva
urbana, donde -como en los océanos- el pez grande engulle
al pequeño y cada quien debe “rascarse con sus
propias uñas”, refuerza lo más primitivo
de nuestro instinto de supervivencia, manteniéndonos
alertas, a la defensiva primero y después al ataque,
para no sucumbir en la competencia inmisericorde de la sociedad
actual. El trabajador valora lo que es la obra de su vida, no
como su realización para provecho de sus congéneres,
para que otros seres humanos tengan pan o calzado, por ejemplo,
sino como la maldición que tiene que soportar, incluso
en jornadas que van mucho más allá de las 8 horas
legales, con tal de no morirse de hambre. El empresario busca
esquilmar al máximo al obrero, negándole el tiempo
necesario para comer decentemente o para otras necesidades fisiológicas:
abusa sin clemencia ninguna del poder que le da su monopolio
sobre los medios de producción. Se nos inculca el egoísmo
más acendrado y se nos presiona y tortura para que seamos
unos individualistas irredentos.
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Cuando a los trabajadores de una fabrica o
a los vecinos de una colonia se nos llama a unirnos para defender
conjuntamente alguna causa común, lo más probable
es que dudemos, que seamos escépticos, que pensemos que
hay algún interés perverso no declarado detrás
de los que procuran una lucha colectiva. El individualismo se
nos impone y nos hace concluir que si participamos en un proyecto
de esta naturaleza, lo debemos hacer procurando sacar el máximo
beneficio e invirtiendo el mínimo esfuerzo, la menor
participación y cooperación. Y es que, como dice
la sabiduría de nuestro pueblo, “la mula no era
arisca; los palos la hicieron”, pues se cuentan por racimos
y racimos los líderes y políticos que han traicionado
la confianza de campesinos, obreros, estudiantes, profesionistas,
o de la ciudadanía en general, vendiéndoles ilusiones
con el único objetivo de obtener riqueza o posición
social exclusivamente para ellos, a costa de sus dirigidos.
La construcción, entonces, de una estructura organizativa
que agrupe a los que menos tienen, a los que sufren todo tipo
de agravios, abusos y carencias, para que con su participación
coordinada y colectiva se logre una organización social
más justa, donde no haya espacio para iniquidades y donde
los seres humanos, sin distingo alguno, no tengan otra limitante
para su desarrollo multifacético que la de sus propias
capacidades, suena en primera instancia como algo imposible,
como un engaño más, no sólo como una utopía,
sino como una astucia de siniestros que buscan oscuros fines
exclusivamente personales.
Que se gasten cientos de miles de pesos para que obreros, amas
de casa, estudiantes o profesionistas humildes canten, digan
poemas, bailen o ensayen sus capacidades oratorias, resulta
por ello incomprensible para muchos. No se encuentran explicaciones,
en la lógica de lograr el mayor lucro a costa de la mentira
y del abuso, como ocurre en nuestra sociedad, para entender
por qué se han trasladado hasta un pequeño pueblo
de la Mixteca -Tecomatlán, Puebla- más de ocho
mil artistas populares, aficionados al arte que tienen como
la principal de sus ocupaciones el ganarse la vida en fábricas
o talleres, llegando desde puntos tan distantes como Mérida,
Ciudad Juárez o Tijuana. Sin embargo es un hecho, un
hecho irrefutablemente hermoso, que del 4 al 11 de febrero de
este año se han condensado los sueños de justicia
y de belleza de lo mejor de nuestro pueblo en la XIII Edición
de las Espartaqueadas Culturales convocadas por el Movimiento
Antorchista Nacional.
Más allá de la plástica de las coreografías,
del rescate de nuestra cultura y folclor, de lo agraciado de
las voces, de lo sutil y perenne de los versos declamados o
de la contundencia de las piezas oratorias que se presentan
en dicho evento, vale la pena detenernos a reflexionar que todo
ello constituye un himno al sentimiento más auténticamente
humano, el de la solidaridad y el del trabajo colectivo, el
del esfuerzo constructor que trasciende tiempos y fronteras
para recordarnos que somos la especie humana, la que conserva
lo mejor de sus congéneres, la que no sólo vive
para comer, reproducirse o disfrutar de los placeres más
bajos e instintivos. Techo, vivienda, educación, salud
o alimento son, sin duda, necesidades humanas insatisfechas
lamentablemente para la mayoría de los mexicanos. Tenemos
que luchar porque esos derechos humanos, constitucionales incluso,
se hagan realidad; pero en el mar de egoísmo que nos
divide y destruye, aprender a amar la libertad y la cultura
es de una urgencia mayor. Vivan por ello las Espartaqueadas
Culturales, esfuerzo estético y político que tiende
a hacernos plenamente humanos.
Colaboraciones anteriores:
*
Cultura, el mejor remedio para la delincuencia
* No solo
luchamos por lotes; luchamos por un futuro mejor
*
Las dos varas del desarrollo urbano en Tijuana