26 de junio de 2006
Como se esperaba, la edición del campeonato
mundial de futbol que se celebra en Alemania ha captado y cooptado
la atención de los mexicanos que, dicho sea de paso,
recurrimos frenéticamente a la televisión para
adquirir la poca información con la que contamos para
el desarrollo de nuestras vidas. Nuestra sociedad altamente
mediatizada vive estos días de futbol con tal vehemencia,
que es posible ver las calles de nuestras ciudades prácticamente
vacías, en los horarios de transmisión de los
partidos de la selección nacional. Los partidos políticos
y sus campañas electorales también fueron presa
de la pasión futbolera. Así, jugadores
como El KikínFonseca y Claudio Suárez prestaron
sus costosas imágenes a la campaña del PAN, mientras
que el PRD utilizó retratos del juego como fondo de los
anuncios espectaculares de su postulado a la presidencia de
la República, sin mencionar el incesante mercadeo que
realizan grandes empresas con el tema del mundial deportivo.
La enajenación futbolera ha forzado a los mexicanos
a utilizar en su vida cotidiana toda clase de tecnicismos, propios
de los estrategas de la Federación Internacional de Fútbol
Asociado, la FIFA, o frases motivacionales repetidas
por los jugadores en cada entrevista que se les realiza: sacaremos
la casta,nos moriremos en la raya, el ánimo no decae,
vamos muchachos, por mencionar algunas.
La gran mayoría de los futbolistas que integran la selección
mexicana proviene de estratos sociales humildes, muchos de ellos
con instrucción escolar básica, que terminan su
preparación en los clubes deportivos que los contratan,
tras varios años en ligas amateur. Las empresas de televisión
emplean las historias de vida de los jugadores para crear empatía
con el gran público, cuya mayoría son gente trabajadora
que percibe reducidos ingresos económicos. Las notas
nos muestran el viejo molino de nixtamal de una tortillería
de León, Guanajuato, donde laboraba El Kikín,
o el llano terregoso donde Omar Bravo practicaba fútbol
con sus amigos de la infancia en Los Mochis, Sinaloa.
Esta elevación de los jugadores a la categoría de héroes nacionales, obligan a la repetición de un modelo en apariencia exitoso. Las cuantiosas ganancias económicas de los futbolistas, así como la magnificación de su estilo de vida, son fuente de aspiración de la mayoría empobrecida, que ve en el deporte una salida a las graves carencias que padecen. Más aún. Los jugadores son vistos también como símbolos sexuales a reproducir. Es común ver a los seleccionados con el torso desnudo en revistas de escándalos del espectáculo o en algún anuncio de una marca de desodorantes corporales.
Desde hace años, los futbolistas ingresaron al llamado Star system, termino en inglés que refiere a la industria del espectáculo, encargada de crear personajes comerciales que promuevan el consumo de alguna mercancía, dejando de lado otro tipo de mensajes. Por ello, resulta irrelevante para los fines comerciales el fomento de la práctica deportiva como un eje fundamental del desarrollo humano, para suscribirse al entretenimiento y el patriotismo de cantina. No extraña que nuestros jugadores acepten felizmente la propuesta de ganar fuertes sumas monetarias por salir en algún comercial, en lugar de comprometer un ideal o participar activamente en la vida política del país, dada la gran penetración que sus opiniones tienen en la sociedad mexicana. Lo anterior se entiende pues nuestros seleccionados, como la mayoría de los mexicanos, carece de la instrucción política necesaria para comprender los grandes problemas de la nación. La insuficiencia de elementos culturales e históricos en su pensamiento les constriñe, repitiendo tecnicismos, frases comunes y hasta el acento del país donde son contratados, como por ejemplo Rafael Márquez, cuya forma de hablar es completamente catalana, dejando de lado los regionalismos michoacanos.
Nuestros héroes futbolísticos son el reflejo de nuestras aspiraciones de clase. Vemos en ello un parco y errado ejemplo de cómo abandonar la pobreza que inunda ciudades y pueblos. Los objetivos del mercado están completamente alejados de incentivar en el mexicano el deseo de superación, para aprovechar las frustraciones provocadas por el bajo nivel de vida, que podrían ser revertidas con sólo beber la bebida oficial de la selección. El hueco que deja la breve promoción deportiva que realizan nuestros gobiernos, ha sido aprovechado por la iniciativa privada, principal fuente de financiamiento de los atletas de alto rendimiento, colocando al deporte al nivel de un negocio comercial.