Los mayas conocen el viento malo (dicen que
en realidad existe), es un airecillo frío que al soplar
hace estremecerse al follaje de los árboles y junto con
éste se estremecen las aves y la fauna toda se agita
presa de un temor indefinido. Una tarde, como si soplase el
viento malo, los habitantes de la colonia Proterritorio en Chetumal,
se inquietaron y comenzaron a dirigirse presurosos con muestras
de temor hacia una calle siguiendo el rumor esparcido que anunciaba
sin más detalles ¡un muerto!
Cuando llegamos al lugar con Sixto Güemez Alpuche, presidente
en ese entonces de la colonia, ya había mucha gente afuera
de una pobre casucha. Los tímidos observaban a cierta
distancia pero dos o tres osados estaban mirando por alguna
rendija con la mano puesta a manera de tapabocas: “algo
olía mal” y en la penumbra había también
algo como el espectro de un ahorcado. Hasta que llegaron las
autoridades encargadas de atender estos asuntos se pudo abrir
la puerta y se disiparon las sombras del misterio; estábamos
ante un suicidio consumado; era un hombre de edad madura, vivía
solo o mejor dicho acompañado de la pobreza; los peritos,
en voz alta y con el aplomo que les confiere su digno cargo,
se atrevieron a afirmar que “no había rastros de
violencia”.
De tal manera instruido, con el ejemplo de dichos funcionarios,
puedo afirmar sin temor a equivocarme que se ha convertido en
suceso cotidiano, abrir el periódico y leer como si se
tratase de una cosa muy simple o de pequeñas tragedias
ordinarias sin importancia, las historias de seres que deciden
terminar con su vida sin mucho preámbulo recurriendo
al suicidio. Téngame paciencia a cambio de mi gratitud
quien pase la vista por estas líneas y acompáñeme
a una breve pesquisa documental. El martes 21 de noviembre de
este 2006 que agoniza, en un diario del estado en primera plana
leímos: “Presidente Legítimo”, abajo
en la foto a todo color flanqueado por dos banderas nacionales
y tras de él una enorme águila de alas abiertas
como en intención de abrazarlo un hombre de cabello claro
habla apoyándose en un podium con actitud de reto, en
las fotografías sucesivas la gente grita y la Plaza de
la Constitución luce abarrotada.
En la contraportada del mismo diario dice con letras grandes
“Oaxaca en llamas”. Las páginas centrales
nos llevan a la vuelta del mundo, donde una mujer con mucha
pintura, actitud estudiada y mirada dubitativa o ¿nostálgica?,
quien es en realidad una legendaria actriz italiana de 80 años,
anuncia la posposición de su boda con el novio español
de 45 y pienso, este se parece a mí en la datación
y el gusto por las leyendas, sólo que a mi me gustan
escritas y a él de carne y hueso.
Pero llegando a la inevitable sección de las historias
más tristes, nos encontramos con la vida diaria, con
los sucesos ordinarios. En la foto que ya no es a color sino
en blanco y negro se aprecia el rostro lamentable de un pobre
que robó el carro a otro pobre. Después está
el cuñado que sustrajo el ventilador, la grabadora y
fue denunciado por los buenos para todo de los vecinos y digo:
¡Si ya aquellos habían intercambiado a la propia
familia! ¿Que más daba intercambiar artículos
electrónicos?, pero en nuestro mundo de miserias ocurre
esto y mucho más.
Veamos, ahí está un par de notas de las que digo,
se van haciendo frecuentes, pero el 21 de noviembre aparecieron
juntas ocupando casi una plana, son dos suicidios por ahorcamiento:
un hombre de cuarenta años en la Región 101 “se
quitó la vida en la cocina de su casa, mientras sus familiares
veían la televisión” y en la Región
227, también de Cancún, contando “apenas
16 años y se suicida” Genny Maria Chi Montero,
quien deja en la orfandad a una pequeña de “apenas”
tres meses de nacida. Prosigamos; ahora tenemos el primero de
diciembre, mismo periódico misma sección, otra
vez en Cancún un “joven padre de familia de 24
años” decide utilizar el hamaquero igual que los
dos y casi todos los anteriores para quitarse la vida, donando
a la estadística el número 58 de los suicidios
registrados en lo que va del año en este “destino
turístico” y por si esto fuera poco, tres días
después, el 4 de diciembre en las mismas páginas
anuncian “se ahorca en reunión familiar, Fernando
Argenis, de 24 años de edad, ocupación alarife,
domicilio en Región 75; fue su padre el que lo encontró
colgado en su cuarto, la depresión que le provocaba la
falta de dinero lo orilló a quitarse la vida, dejando
en la orfandad a tres menores.” Así, en lo que
va del año en Cancún se han registrado 59 suicidios,
lo que nos da casi 5 al mes más los que se acumulen de
aquí al último día del año. Pero
en resumen, siguiendo la misma distribución anual, pudiéramos
afirmar que cada semana al menos un habitante de este bello
sitio de placer decide marcharse para no regresar; casi ninguno
deja por escrito la explicación de su actitud, pero sin
necesidad de palabras dicen claramente que nos heredan su profundo
y sincero desprecio. El humillante, deprimente escenario donde
por lo regular se dan los hechos nos grita, para que lo escuchen
hasta los más sordos, que no podría ser otro su
mensaje postrero. Sin duda los peritos tendrán una inteligente
explicación para ilustrarnos sobre la causa de tal fenómeno
social.
Yo simplemente puedo decir lo que logro observar. Cuando llega
el viajero a esta orilla de la patria, desde lejos es fácil
distinguir como en una procesión de enormes mastodontes,
las colosales siluetas de los lujosos hoteles, en lontananza
el horizonte <límpido, azul y dorado> y el color
de las aguas marinas de una belleza inefable. Por la noche la
luz eléctrica mezclada con la tecnología produce
una atmósfera fantástica y la música viene
a crear la sensación de voluptuosidad y euforia al alcance
de cualquiera. De los otros estimulantes que hablen también
los peritos.
Pero a la mañana siguiente la terca realidad a todos
les da en la cara y es entonces cuando, aunque el sol salga
para todos, no siente lo mismo el rico que el pobre. Y de regreso
a su hogar como un ínfimo paria, al simple empleado del
hotel o del restaurante su miseria le parece más grande.
Regresando, de la algarabía a su pobre vivienda, lo espera
agigantada, egoísta y descarada la terca miseria que
lo persigue tiempo ha. No es extraño en tales circunstancias
que los corazones fatigados, agobiados por el contraste de las
enormes diferencias sociales, sientan deseos de detenerse.
El viento malo que destruyó las antiguas ciudades sagradas
no se ha ido, continúa devorando vidas pertrechado detrás
de la palabra PROGRESO. Con esa divisa Vicente Fox hizo varias
incursiones a esta tierra. La última vez que vino en
su caracterización de Presidente de todos los mexicanos
fue para inaugurar un hospital vacío. No estaría
mal que frente a ese hospital sin medicina ni médicos
se levante una soberbia estatua ecuestre, donde el charro de
San Cristóbal luzca sus botas puntiagudas con escamas,
clavando las espuelas en los ijares de un esqueleto humano y
en torno al vientre abultado del jinete sobresalga un cinturón
como el de la Coatlicue, confeccionado con los cráneos
engarzados de las víctimas inmoladas en aras del imperio.
Al pie de tal monumento, haciendo referencia a nuestro municipio
podría escribirse con letras doradas: ¡Salud, hijos
de Benito Juárez!