En las últimas semanas se ha desatado
una campaña mediática en contra de las marchas
públicas de protesta. La campaña consiste en la
constante y machacona emisión de agresivos spots en televisión
que pretenden hacer un linchamiento mediático de las
marchas de protesta popular. La finalidad de los mensajes, como
es fácil suponer, es provocar en el público espectador
el rechazo a las manifestaciones públicas por ser estas
perjudiciales -según sus detractores- a la ciudadanía
y, con esto, influir en la opinión pública para
que se discuta y se apruebe la “regulación”
de las marchas y las manifestaciones públicas. La campaña
mediática es patrocinada por poderosos personajes de
la iniciativa privada que cada vez con más fuerza y frecuencia,
intentan influir en los órganos del poder Ejecutivo,
Legislativo y Judicial, tanto en el ámbito federal como
en los poderes locales de los distintos estados de la República.
....En este deseo de maniatar las
expresiones populares de descontento, los señores del
poder económico tienen el apoyo de las fuerzas de la
derecha del país. Ha sido y es en estos momentos uno
de sus principales objetivos políticos el lograr establecer
normas que en los hechos nulifiquen el derecho constitucional
de manifestación, bajo el argumento de que son las marchas
y otro tipo de protestas públicas, actos que perjudican
no sólo a terceros, así en general, sino que son
perjudiciales para toda la ciudadanía, para todo el país,
y por tanto, es menester, según sus caras aspiraciones
en este terreno, controlar las expresiones de protesta, reduciéndolas
a su mínima expresión. Pero, regular las marchas
y las manifestaciones públicas de protesta significa,
en lenguaje llano, reducirlas a espacios restringidos, es por
tanto mellar su filo político y es a su vez, mermar la
resonancia, el impacto social en la ciudadanía, en los
medios de comunicación y reducir la presión ante
autoridades injustas o arbitrarias. Imaginémonos, amigo
lector, una marcha a la que le señalen, según
una nueva reglamentación, un espacio reducido, invisible
a los ojos de la inmensa mayoría de la población;
una marcha que se reduzca a transitar, por ejemplo, sólo
sobre las banquetas, sería quitarle todo el peso que
conlleva la verdadera libre expresión, la genuina libre
manifestación y, sería sobre todo, atacar a la
más eficaz forma que tienen los desposeídos de
cualquier país que se precie de ser democrático,
para defender sus derechos y sus reivindicaciones económicas,
sociales y políticas.
....Cuando se aduce la afectación
de terceros, de la ciudadanía en general, se omite de
forma unilateral y tramposa, señalar que los manifestantes
están siendo afectados por la falta de atención
a sus problemas, que hay autoridades irresponsables que son
las que han generado malestar en un sector o varios sectores
de la población y, por tanto, si nos quieren manifestaciones,
lo más sencillo, lo que nos señala la lógica
más elemental es resolver atendiendo la problemática.
Por tanto y razonando justamente, si los señores de la
iniciativa privada y los señores de la derecha que van
de la mano con los primeros, no quieren manifestaciones públicas
de protesta resuelvan los problemas de la población del
país.
....Pero, al parecer, la falta
de visión histórica de las elites del poder económico
y político del país, no les impulsa a comprender
que al cerrar la pinza para atenazar a los descamisados, es
decir, de un lado al no permitir que haya en el país
una democracia distributiva, una sociedad que reparta de forma
más equitativa la riqueza social, lo cual está
generando fuerte irritación social por tanto desempleo,
por las inmensidades de miseria, delincuencia, falta de atención
en salud, educación y servicios, lastres que inundan
al país, y, de otro de otro lado, acabando con las prerrogativas
ciudadanas, como la libre manifestación, lejos de de
contener el descontento ciudadano, están meneando el
avispero social, lo cual, como es fácil suponer, no se
expresará sólo con marchas y plantones, que son
las formas democráticas de protesta pública. Por
esto, tenía mucha razón Juan Jacobo Rousseau cuando
decía en su celebre ensayo El contrato social, “Nada
es tan peligroso como la influencia de los intereses privados
sobre los asuntos públicos”. Nada tan perjudicial
para el país en estos momentos como hecho de que los
asuntos públicos se orienten por los intereses privados.