Al ver una nota periodística en un conocido noticiero
de televisión, fue inevitable, como seguramente ocurrió
con muchas personas que observaron la noticia, que reflexionara
yo sobre el suceso que se comentaba. El hecho está ocurriendo
en Nuevo León; resulta que una mujer de 21 años,
una indígena, pobre entre las más pobres, será
sometida a un proceso penal por el delito de “abandono
de infante”. Dejó la mujer a sus cinco hijos (de
1, 2, 4 y 5 años) encerrados en la vivienda que habitan
durante una semana. Al interrogársele a la mujer por
parte del reportero el por qué de su proceder, arrasada
en llanto simplemente dijo: “tuve que salir a trabajar,
pues mi esposo está en la cárcel”.
No se trata, por supuesto, amigo lector, al reflexionar sobre
este penoso asunto simplemente, de compadecerse de una mexicana
que vive de forma brutal el drama de la miseria en la que, como
más de 70 millones de mexicanos, están hundidos
en estos momentos, no, la reflexión debe ir más
lejos, pues, es necesario preguntarse realmente ¿Se puede
someter a juicio como delincuente a quien es en realidad victima
de un sistema y su gobierno, incapaces de brindar empleo remunerativo,
alimentación a los infantes, la atención eficiente
y humanista de los mismos en educación, salud y cultura?
¿Quién debe ser sometido a juicio (a una revisión
crítica, por lo menos) los mexicanos, que sin darse a
veces cuenta cometen “ilícitos”, empujados
por la miseria y que viven en tan humillantes condiciones económicas
y sociales, o -ateniéndonos a una visión más
objetiva y justiciera- el sistema socio-económico actual
que produce casos tan infames, como el que hoy comento?
Hace unos días, para abundar amable lector, se dio a
conocer por la ONU (Organización de las Naciones Unidas)
un informe en donde se establece que en México son ya
5 millones de niños los que trabajan, ganando miserables
salarios de 10 o cuando mucho 20 pesos diarios, niños
que están dejando de estudiar, por supuesto, y a merced
de todo tipo de vejaciones y maltratos de patrones que ven en
la debilidad e ignorancia de los infantes una veta muy lucrativa
para la expoliación. El viejo capitalismo salvaje que
con tanto realismo describieron los grandes escritores del siglo
XIX como Víctor Hugo, Fedor Dostoievsky, Emile Zolá,
está presente en este siglo XXI con toda su ferocidad,
con su falta de escrúpulos frente a la explotación
de niños y mujeres; está presente con su esencial
falta de humanismo. Insisto ¿A quien hay que juzgar?
¿Dónde está la raíz de la pobreza
extrema, del maltrato infantil y del gran desamparo e infortunio
de millones de niños, de jóvenes, mujeres y en
general de todos los desheredados de la actual sociedad?
Y ese viejo capitalismo sigue siendo justificado, “explicado”
con mentiras por sus ideólogos y también por connotados
miembros de la derecha gobernante. En ese sentido me llamó
la atención lo que declaró la titular de la Secretaria
de Desarrollo Social del gobierno federal, Beatriz Zavala que
en una entrevista reciente hecha para un diario de circulación
nacional, al hablar de la pobreza en el país y la forma
de combatirla dijo: “Creo que siempre va ser insuficiente
el presupuesto mientras tengamos tantos pobres en México”.
Quiere decir, amigo lector, que para la encargada de dirigir
los programas de combate a la pobreza en México, no es
el sistema vigente el causante de la pobreza y sus terribles
secuelas, sino es, la existencia de “tantos pobres”
la causa de que no se pueda aplicar el presupuesto destinado
a acabar con el gran flagelo.
Pero, a contrapelo de las justificaciones de los defensores
de la sociedad que ha endiosado la explotación, la profunda
desigualdad social y los privilegios que se sostienen gracias
al sufrimiento de los millones de parias del mundo, resulta
que, desde los mismos orígenes del capitalismo, en el
siglo XVI hubo grandes pensadores como Tomás Moro que
ya veían con gran claridad las verdaderas causas de la
depredación de los trabajadores; ya veían claramente
las raíces profundas que han permitido entronizarse la
explotación de las masas trabajadoras, la opresión
para millones de infantes, de mujeres y hombres, es decir, el
sistema basado en la extracción de plusvalía.
Los primeros utopistas, como Moro no justificaron los males
de la sociedad por la existencia de muchos pobres, por el exceso
de población, sino al revés la existencia de la
pobreza y otros flagelos se debe al sistema injusto que es incapaz
de distribuir la riqueza social y, que, por el contrario, permite
la concentración descomunal de la misma en unas cuantas
manos. Como Moro, ahora, buena parte de la humanidad está
volteando a ver una alternativa justa y esa alternativa es el
viejo sueño, la Utopía que no ha muerto y que
gana más adeptos cada día en el mundo y prueba
de ello es el triunfo de partidos con proyectos socialistas
en varios países de Sudamérica.