MOVIMIENTO ANTORCHISTA


Un Mundo Mejor

Hector Enciso Carrillo
Dirigente antorchista en el estado de Colima
13 de febrero de 2007

Al ver una nota periodística en un conocido noticiero de televisión, fue inevitable, como seguramente ocurrió con muchas personas que observaron la noticia, que reflexionara yo sobre el suceso que se comentaba. El hecho está ocurriendo en Nuevo León; resulta que una mujer de 21 años, una indígena, pobre entre las más pobres, será sometida a un proceso penal por el delito de “abandono de infante”. Dejó la mujer a sus cinco hijos (de 1, 2, 4 y 5 años) encerrados en la vivienda que habitan durante una semana. Al interrogársele a la mujer por parte del reportero el por qué de su proceder, arrasada en llanto simplemente dijo: “tuve que salir a trabajar, pues mi esposo está en la cárcel”.

No se trata, por supuesto, amigo lector, al reflexionar sobre este penoso asunto simplemente, de compadecerse de una mexicana que vive de forma brutal el drama de la miseria en la que, como más de 70 millones de mexicanos, están hundidos en estos momentos, no, la reflexión debe ir más lejos, pues, es necesario preguntarse realmente ¿Se puede someter a juicio como delincuente a quien es en realidad victima de un sistema y su gobierno, incapaces de brindar empleo remunerativo, alimentación a los infantes, la atención eficiente y humanista de los mismos en educación, salud y cultura? ¿Quién debe ser sometido a juicio (a una revisión crítica, por lo menos) los mexicanos, que sin darse a veces cuenta cometen “ilícitos”, empujados por la miseria y que viven en tan humillantes condiciones económicas y sociales, o -ateniéndonos a una visión más objetiva y justiciera- el sistema socio-económico actual que produce casos tan infames, como el que hoy comento?

Hace unos días, para abundar amable lector, se dio a conocer por la ONU (Organización de las Naciones Unidas) un informe en donde se establece que en México son ya 5 millones de niños los que trabajan, ganando miserables salarios de 10 o cuando mucho 20 pesos diarios, niños que están dejando de estudiar, por supuesto, y a merced de todo tipo de vejaciones y maltratos de patrones que ven en la debilidad e ignorancia de los infantes una veta muy lucrativa para la expoliación. El viejo capitalismo salvaje que con tanto realismo describieron los grandes escritores del siglo XIX como Víctor Hugo, Fedor Dostoievsky, Emile Zolá, está presente en este siglo XXI con toda su ferocidad, con su falta de escrúpulos frente a la explotación de niños y mujeres; está presente con su esencial falta de humanismo. Insisto ¿A quien hay que juzgar? ¿Dónde está la raíz de la pobreza extrema, del maltrato infantil y del gran desamparo e infortunio de millones de niños, de jóvenes, mujeres y en general de todos los desheredados de la actual sociedad?

Y ese viejo capitalismo sigue siendo justificado, “explicado” con mentiras por sus ideólogos y también por connotados miembros de la derecha gobernante. En ese sentido me llamó la atención lo que declaró la titular de la Secretaria de Desarrollo Social del gobierno federal, Beatriz Zavala que en una entrevista reciente hecha para un diario de circulación nacional, al hablar de la pobreza en el país y la forma de combatirla dijo: “Creo que siempre va ser insuficiente el presupuesto mientras tengamos tantos pobres en México”. Quiere decir, amigo lector, que para la encargada de dirigir los programas de combate a la pobreza en México, no es el sistema vigente el causante de la pobreza y sus terribles secuelas, sino es, la existencia de “tantos pobres” la causa de que no se pueda aplicar el presupuesto destinado a acabar con el gran flagelo.

Pero, a contrapelo de las justificaciones de los defensores de la sociedad que ha endiosado la explotación, la profunda desigualdad social y los privilegios que se sostienen gracias al sufrimiento de los millones de parias del mundo, resulta que, desde los mismos orígenes del capitalismo, en el siglo XVI hubo grandes pensadores como Tomás Moro que ya veían con gran claridad las verdaderas causas de la depredación de los trabajadores; ya veían claramente las raíces profundas que han permitido entronizarse la explotación de las masas trabajadoras, la opresión para millones de infantes, de mujeres y hombres, es decir, el sistema basado en la extracción de plusvalía. Los primeros utopistas, como Moro no justificaron los males de la sociedad por la existencia de muchos pobres, por el exceso de población, sino al revés la existencia de la pobreza y otros flagelos se debe al sistema injusto que es incapaz de distribuir la riqueza social y, que, por el contrario, permite la concentración descomunal de la misma en unas cuantas manos. Como Moro, ahora, buena parte de la humanidad está volteando a ver una alternativa justa y esa alternativa es el viejo sueño, la Utopía que no ha muerto y que gana más adeptos cada día en el mundo y prueba de ello es el triunfo de partidos con proyectos socialistas en varios países de Sudamérica.







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