Compañeros antorchistas: en un escrito anterior comentamos lo importante que es para los pobres de México ejercer su derecho a organizarse, derecho que está especificado en el artículo 9° de la Constitución Mexicana, que protege a los mexicanos desde el 5 de febrero de 1917.
Desde hace muchos años, los mexicanos hemos entendido que la libertad de agruparnos va más allá de una fiesta para festejar un cumpleaños o quebrar una piñata. Pero no caigamos en la trampa publicitaria de que es fácil organizarse, de ninguna manera. En muchos países la libertad está restringida al ámbito de las apariencias y de los discursos, la organización de los pobres es algo que no se practica, incluso en muchos países se condena, se sanciona o cuando menos se limita. La falta de libertad para asociarse es un reflejo de la contradicción esencial que existe entre los poderes y el pueblo.
Mientras para el pueblo la organización le significa unidad, solidaridad, mayor capacidad de representación, de gestión y de solución de sus problemas, mayores posibilidades incluso de desarrollar actividades económicas exitosas (las cooperativas de producción, por ejemplo), algunos funcionarios de gobierno y algunos ricachones entienden el término “organización” como subversión como agresión a sus cotos de poder, como desacato e irreverencia, lo entienden en fin de cuentas como intento de rebelión.
En consecuencia, hacen sentir su mano dura a quienes se atreven a presentarse organizadamente y exigir solución a sus problemas, de esa manera pretenden ahondar y perpetuar la injusticia y la desigualdad ya de por sí graves en nuestro país.
En este sentido, Antorcha ha sufrido represión directa y descarada de poderosos ricachones y de autoridades a su servicio (ahí esta la compañera Cristina Rosas que lleva casi tres años presa por el gobierno represor de Querétaro, encabezado por Francisco Garrido), y dónde no se atreven o no pueden llegar a tanto, por lo menos nos saturan de maniobras indignantes para dilatar las soluciones, negando entrevistas o incumpliendo a sangre fría las más serias promesas.
No obstante, los antorchistas no nos hemos amilanado y hemos resuelto en todo momento continuar con la tarea ya emprendida, no sólo porque se trata de un derecho puesto por escrito en nuestra Constitución, sino porque fue necesario que nuestros antepasados entregaran su sangre a la Revolución Mexicana para poder obtener ese derecho, y sobre todo porque los mexicanos pobres hemos podido comprobar a lo largo de la historia las enormes ventajas de vivir y luchar unidos.
Sabemos que el hombre organizado es el más capacitado de nuestro tiempo para enfrentar sus carencias y para defenderse de los abusos de las autoridades. Dice el dicho que la “unión hace la fuerza”, un golpe con mano abierta (solos) sabemos que duele menos que con un puño bien cerrado (unidos). Así es como debemos pensar y actuar los antorchistas, eso es lo que le debemos enseñar al pueblo pobre de nuestro país, si es que verdaderamente queremos un México mejor.