El próximo 18 de febrero habrá
elecciones internas en el Partido Revolucionario Institucional
(PRI) para decidir quién será el nuevo presidente
de aquel instituto político, que ostentó los hilos
del poder durante 70 años. A decir de los diversos conteos,
llevados a cabo por diferentes empresas encuestadoras, la pelea
se centraría entre dos de los cuatro candidatos: Beatriz
Paredes y Enrique Jackson. Y, también de acuerdo a las
encuestas, la ganadora indiscutible de esta contienda sería
la tlaxcalteca, quien aventajaría en más de 25
puntos porcentuales en la intención de voto de los consejeros
políticos priistas. Dicho de otra forma, si no sucede
algo fuera de lo ordinario, las riendas del PRI estarán
en manos de la experimentada política tlaxcalteca Beatriz
Paredes Rangel.
La tarea de la exgobernadora de Tlaxcala, es decir, reconstruir
al tricolor y dejarlo en posibilidades serias de consolidarse
como la primera fuerza electoral del país, para retomar
la presidencia de la República, no es nada fácil.
En efecto, después de ir acumulando el desprestigio de
muchos años de corrupción, de malos gobiernos,
de magros avances en la lucha contra la pobreza, etc., el Partido
Revolucionario Institucional se fue hundiendo en el abismo,
y, el año pasado, fuimos testigos del desplome histórico
del otrora partido todopoderoso, que, ahora, está en
la lona.
Pero quienes tienen ante sí el gran reto de refundar
al PRI -como han planteado varios de sus integrantes- debieran
hacer un ejercicio para asimilar las lecciones que da la historia,
aquellas que constantemente se aducen en los discursos, pero
que casi siempre son ignoradas por los políticos de segunda
categoría.
Y es que la degeneración priísta es un proceso
que va ligado estrechamente al desarrollo de la historia mexicana
del siglo XX. Por muchos años, el PRI fue necesario-
y yo diría que casi imprescindible- para mantener la
estabilidad del país, porque este partido logró
mantener cohesionadas a las diferentes corrientes revolucionarias,
cuando el desarrollo del país lo exigía; el heredero
del PNR y del PRM funcionó, durante varias décadas,
de péndulo vital, de equilibrio entre las diferentes
clases sociales, necesario para que el ideario de la Revolución
Mexicana se institucionalizara. Aun a pesar del gran desprestigio(ganado
a pulso) que pesa sobre el Revolucionario Institucional, son
pocos los que se atreven a poner en entredicho la función
histórica de este partido, y también las notables
mejorías que tuvo el nivel de vida de las grandes masas
campesinas y obreras.
Sin embargo, el paso del tiempo fue modificando el mapa político
interno de México, sin que el tricolor se supiera asimilar
a los nuevos tiempos, salvo algunas brillantes excepciones tales
como Jesús Reyes Heroles. Además, por si fuera
poco, el PRI también se alejó paulatinamente de
uno de sus puntales más importantes: el pueblo. La historia
reciente señala que, a partir de los gobiernos neoliberales
(inaugurados por Miguel De la Madrid), los trabajadores dejaron
su lugar dentro de las prioridades fundamentales del Estado;
es decir, se fue olvidando lo que el mismo priísmo calificó
como deuda histórica de la Revolución Mexicana
con su pueblo.
En resumen, se puede decir que los profundos cambios de la realidad
mexicana, la degeneración del PRI y el abandono de éste
hacia el pueblo, son los factores esenciales para entender el
por qué de su debacle, iniciada en el año 2000
y acentuada en el 2006; pero también (y quizá
eso sea lo más importante) son las claves para que Beatriz
Paredes Rangel, o quién resulte electo para dirigir este
organismo, y su equipo echen a andar la reconstrucción
del tricolor, y lo pongan a tono con las necesidades actuales
del país.
La delicada situación por la que atraviesa México,
exige un Partido Revolucionario Institucional que retome lo
mejor de su pasado. Por un lado, el partido surgido de la Revolución
Mexicana debe asimilarse como la cabeza de la tradición
nacionalista de defensa de los grandes intereses nacionales
y, desde luego, de nuestros recursos naturales y energéticos,
mismos que están en la mira de las transnacionales estadounidenses
y de ciertos empresarios nacionales que sólo se preocupan
por sus mezquinos intereses personales. Asimismo, debe seguir
levantando la bandera del histórico liberalismo mexicano;
en consecuencia, debe estar a la cabeza de la disputa contra
quienes quieren gobernar con el crucifijo por delante y con
la macana por detrás. Ante un panismo agresivo, que busca
obviar el pasado de México, donde ya se demostró
que la mezcla de los poderes eclesiásticos y políticos
es letal, el PRI debe ser consecuente con el pensamiento juarista.
Pero para que el Partido Revolucionario Institucional pueda
convertirse en vanguardia de la defensa del nacionalismo y del
liberalismo, necesita una firme alianza con el pueblo. En consecuencia,
el PRI debe construir una firme estructura que eche raíces
en las entrañas del pueblo mexicano, y, además,
dondequiera que el partido tenga el poder, necesita responder
con hechos a un pueblo que le perdió la confianza no
por que se haya volcado espontáneamente hacia la derecha
confesional, sino porque nunca encontró más que
insensibilidad e inoperancia hacia sus sentidos reclamos.
El reto de Beatriz Paredes Rangel es grande y el camino para
llevar a buen puerto la reestructuración del partido
está lleno de obstáculos; sin embargo, si no se
intenta correr ese riesgo, las consecuencias serían fatales
para todo el país. Aunque haya quienes no estén
de acuerdo, si el PRI naufraga en este momento histórico,
la única ganadora sería la ultraderecha, que,
ahora sí, tendría a su merced el país,
pues la izquierda perredista está tan fraccionada y se
ha vuelto tan pragmática (al grado de negociar la cabeza
de Andrés Manuel López Obrador), que su contrapeso
no sería suficiente.