MOVIMIENTO ANTORCHISTA



Sobre el recuerdo de nuestros muertos
Mario García Castillo
Dirigente del Movimiento Antorchista en Quintana Roo
01 de julio de 2007

La semana antepasada en este mismo espacio escribí unas líneas sobre lo que significa el seis de junio para quienes formamos parte del Movimiento Antorchista Nacional. Y si escribí que aquel día en Tecomatlán, los hombres-chacales huyeron con la noche a cuestas, no es simplemente una forma de expresión, lo mismo cuando digo que desde entonces un puñado de hombres-humanos salieron en su persecución. Realmente ellos esperaron la noche para huir y el antorchismo a partir de entonces se diseminó por todo el país como una respuesta instintiva de supervivencia y muestra de respeto a la memoria de nuestros compañeros asesinados. Insisto, a partir de aquella agresión el antorchismo no pudo ser exterminado, mucho menos retrocedió, por el contrario, igual que cuando el viento corre por el campo removiendo el follaje y sacudiendo las flores, éstas ante el empuje de fuerte ventarrón no pueden más retener sus tiernas semillas y entonces abriendo sus corolas las dejan libres, los gérmenes de la flor una vez en contacto con el viento se esparcen por todos los puntos cardinales y van a dar origen a otras flores, de igual forma se difundió el antorchismo. Es cierto que con diferente intensidad, pero las antorchas ahora relumbran en las treinta y dos entidades de la federación.

....Aquel seis de junio los criminales se dieron a la fuga, nosotros los perseguimos a ellos pero ellos a nosotros nos persiguen también, nos acechan, calculan nuestros movimientos, nos tienden emboscadas. Y ahí donde aparecemos se abalanzan sobre nosotros con terrible furia empleando de todo para exterminarnos, utilizan desde la calumnia y la amenaza, hasta la prisión y el asesinato. Así ha sido durante tres décadas y de esto tenemos pruebas; sin ir demasiado lejos recordaré que en julio del año pasado, durante la tarde anterior al día de las elecciones federales, fue asesinado el joven Jorge Obispo Hernández, quien en ese momento se encontraba solo en el domicilio particular del Secretario General del Movimiento Antorchista. No existe la menor duda que la mano siniestra que ejecutó tan alevoso crimen quiso dejar bien claro un mensaje intimidatorio para el antorchismo en general. Ellos eran seis, de los cuales tres saltaron la barda, irrumpieron en las habitaciones, sorprendieron al muchacho de 23 años quien por toda arma tenía un libro entre las manos, lo obligaron a arrodillarse (permítame buen lector, no escribir aquí los gritos insultantes que profirieron los asesinos simplemente diré que hasta la calle se escucharon las palabrotas vulgares, humillantes y el estallido de seis balas) y así dieron muerte a Jorge Obispo, cuyo cuerpo sobre el mismo sitio de la ejecución fue hallado al otro día aun de rodillas, como se lo ordenaron los sicarios.

....Una vez cometido el crimen los tres homicidas salieron tranquilamente de la casa sin llevarse nada, pues no iban a robar sino a matar y tranquilamente huyeron del sitio seguidos a prudente distancia por los otros tres que habían quedado fuera. Los vecinos del lugar accionaron la alarma y cuando llegó la policía le informaron los pormenores de lo que pudieron darse cuenta, sin embargo los policías igual que los asesinos, reaccionaron con toda tranquilidad ante los hechos; se negaron a entrar a la casa a brindar algún auxilio pretextando que no tenían orden para ingresar a dicho domicilio, por eso hasta un día después pudo ser levantado del piso el joven asesinado, gracias a la pasividad policíaca. Después de un año los asesinos andan sueltos planeando más ejecuciones, mismas que caerán sobre la conciencia, si es que alguna tienen, de las “autoridades competentes”.

....Dentro de tres días se cumple un año de la muerte de Jorge Obispo Hernández, él ya no está físicamente pero vive en nuestro recuerdo igual que todos nuestros mártires. En el instante en que pensaba en esto me hallaba frente a la alta y esbelta fachada de una iglesia colonial, era una tarde lluviosa; detrás de mí y también frente a la iglesia elevábase un pequeño monumento en honor de un mártir maya de la época de la guerra de castas, la iglesia que está frente a nosotros sobrevive gracias a que él se inmoló. A medida que la lluvia amaina el cielo se va aclarando y aparece un arco iris. La iglesia de aspecto entre gótico y morisco, su modesto atrio y una gran palmera en primer plano, quedan enmarcadas por esa diadema multicolor que sobre el cielo nacarado a veces baja o intensifica su tonalidad; los niños de la primaria salen de la iglesia vestidos de gala porque hoy celebran el fin de cursos. En este momento de fiesta, ellos no recuerdan la madrugada en que sus tatarabuelos escucharon el estallido de la bomba que los alertó sobre el ataque enemigo y prácticamente nadie voltea su mirada hacia donde está el pequeño monumento dedicado al mártir cuyo nombre lleva el poblado.

....Y junto al monumento de Juan Cupul, mirando con el corazón la hermosa visión del arco iris que se desvanece sobre las torres de la iglesia, llegan hasta mi pobre pensamiento imágenes de lo que ya fue y de lo que aun será. Una voz interior me dice: “ellos volverán, llegarán el día que ellos y nosotros todos consideremos menos apropiado”. A lo lejos la tormenta ruge como un enorme jaguar de agua que se aleja por la selva sombría y, el viento trae el lejano rumor anhelante del venado. Ellos volverán desde su oscura noche. Juan Cupul levanta en la diestra una bomba. Pero los mártires siempre estarán prestos a dar su sangre. Por eso ellos volverán a huir con la noche sobre la espalda; mientras la luz y la vida aunque desaparezcan por un momento, volverán a surgir de entre las mismas tinieblas.

....Ellos volverán y aunque sea de día traerán oscuridad porque no son hijos de dios, pues son lobos del hombre. Ellos volverán y quizá encuentren otra vez a uno solo. Juan Cupul, solamente él estaba de guardia y se quedó dormido, más para reparar su error, amarrado de pies y manos logró la proeza de accionar la bomba y al volarse en mil pedazos alertó a la población y sembró el pánico entre los agresores. Ellos volverán y nos encontrarán tal vez dormidos o despiertos, pero siempre aguardando sobre el recuerdo de nuestros muertos. En la ceremonia de fin de cursos todo hubiera resultado rutinario de no haber sido por las risas infantiles bajo las cuales los niños se vistieron de flores, de árboles y de pájaros. La luna apareció delgada y brillante en el húmedo firmamento y sobre la muerte fecunda de los mártires las generaciones futuras se vislumbran, levantando un homenaje como un gran himno a la vida…

      

Colaboración
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