La semana antepasada en este mismo espacio
escribí unas líneas sobre lo que significa el
seis de junio para quienes formamos parte del Movimiento Antorchista
Nacional. Y si escribí que aquel día en Tecomatlán,
los hombres-chacales huyeron con la noche a cuestas, no es simplemente
una forma de expresión, lo mismo cuando digo que desde
entonces un puñado de hombres-humanos salieron en su
persecución. Realmente ellos esperaron la noche para
huir y el antorchismo a partir de entonces se diseminó
por todo el país como una respuesta instintiva de supervivencia
y muestra de respeto a la memoria de nuestros compañeros
asesinados. Insisto, a partir de aquella agresión el
antorchismo no pudo ser exterminado, mucho menos retrocedió,
por el contrario, igual que cuando el viento corre por el campo
removiendo el follaje y sacudiendo las flores, éstas
ante el empuje de fuerte ventarrón no pueden más
retener sus tiernas semillas y entonces abriendo sus corolas
las dejan libres, los gérmenes de la flor una vez en
contacto con el viento se esparcen por todos los puntos cardinales
y van a dar origen a otras flores, de igual forma se difundió
el antorchismo. Es cierto que con diferente intensidad, pero
las antorchas ahora relumbran en las treinta y dos entidades
de la federación.
....Aquel seis de junio los criminales
se dieron a la fuga, nosotros los perseguimos a ellos pero ellos
a nosotros nos persiguen también, nos acechan, calculan
nuestros movimientos, nos tienden emboscadas. Y ahí donde
aparecemos se abalanzan sobre nosotros con terrible furia empleando
de todo para exterminarnos, utilizan desde la calumnia y la
amenaza, hasta la prisión y el asesinato. Así
ha sido durante tres décadas y de esto tenemos pruebas;
sin ir demasiado lejos recordaré que en julio del año
pasado, durante la tarde anterior al día de las elecciones
federales, fue asesinado el joven Jorge Obispo Hernández,
quien en ese momento se encontraba solo en el domicilio particular
del Secretario General del Movimiento Antorchista. No existe
la menor duda que la mano siniestra que ejecutó tan alevoso
crimen quiso dejar bien claro un mensaje intimidatorio para
el antorchismo en general. Ellos eran seis, de los cuales tres
saltaron la barda, irrumpieron en las habitaciones, sorprendieron
al muchacho de 23 años quien por toda arma tenía
un libro entre las manos, lo obligaron a arrodillarse (permítame
buen lector, no escribir aquí los gritos insultantes
que profirieron los asesinos simplemente diré que hasta
la calle se escucharon las palabrotas vulgares, humillantes
y el estallido de seis balas) y así dieron muerte a Jorge
Obispo, cuyo cuerpo sobre el mismo sitio de la ejecución
fue hallado al otro día aun de rodillas, como se lo ordenaron
los sicarios.
....Una vez cometido el crimen
los tres homicidas salieron tranquilamente de la casa sin llevarse
nada, pues no iban a robar sino a matar y tranquilamente huyeron
del sitio seguidos a prudente distancia por los otros tres que
habían quedado fuera. Los vecinos del lugar accionaron
la alarma y cuando llegó la policía le informaron
los pormenores de lo que pudieron darse cuenta, sin embargo
los policías igual que los asesinos, reaccionaron con
toda tranquilidad ante los hechos; se negaron a entrar a la
casa a brindar algún auxilio pretextando que no tenían
orden para ingresar a dicho domicilio, por eso hasta un día
después pudo ser levantado del piso el joven asesinado,
gracias a la pasividad policíaca. Después de un
año los asesinos andan sueltos planeando más ejecuciones,
mismas que caerán sobre la conciencia, si es que alguna
tienen, de las “autoridades competentes”.
....Dentro de tres días
se cumple un año de la muerte de Jorge Obispo Hernández,
él ya no está físicamente pero vive en
nuestro recuerdo igual que todos nuestros mártires. En
el instante en que pensaba en esto me hallaba frente a la alta
y esbelta fachada de una iglesia colonial, era una tarde lluviosa;
detrás de mí y también frente a la iglesia
elevábase un pequeño monumento en honor de un
mártir maya de la época de la guerra de castas,
la iglesia que está frente a nosotros sobrevive gracias
a que él se inmoló. A medida que la lluvia amaina
el cielo se va aclarando y aparece un arco iris. La iglesia
de aspecto entre gótico y morisco, su modesto atrio y
una gran palmera en primer plano, quedan enmarcadas por esa
diadema multicolor que sobre el cielo nacarado a veces baja
o intensifica su tonalidad; los niños de la primaria
salen de la iglesia vestidos de gala porque hoy celebran el
fin de cursos. En este momento de fiesta, ellos no recuerdan
la madrugada en que sus tatarabuelos escucharon el estallido
de la bomba que los alertó sobre el ataque enemigo y
prácticamente nadie voltea su mirada hacia donde está
el pequeño monumento dedicado al mártir cuyo nombre
lleva el poblado.
....Y junto al monumento de Juan
Cupul, mirando con el corazón la hermosa visión
del arco iris que se desvanece sobre las torres de la iglesia,
llegan hasta mi pobre pensamiento imágenes de lo que
ya fue y de lo que aun será. Una voz interior me dice:
“ellos volverán, llegarán el día
que ellos y nosotros todos consideremos menos apropiado”.
A lo lejos la tormenta ruge como un enorme jaguar de agua que
se aleja por la selva sombría y, el viento trae el lejano
rumor anhelante del venado. Ellos volverán desde su oscura
noche. Juan Cupul levanta en la diestra una bomba. Pero los
mártires siempre estarán prestos a dar su sangre.
Por eso ellos volverán a huir con la noche sobre la espalda;
mientras la luz y la vida aunque desaparezcan por un momento,
volverán a surgir de entre las mismas tinieblas.
....Ellos volverán y aunque
sea de día traerán oscuridad porque no son hijos
de dios, pues son lobos del hombre. Ellos volverán y
quizá encuentren otra vez a uno solo. Juan Cupul, solamente
él estaba de guardia y se quedó dormido, más
para reparar su error, amarrado de pies y manos logró
la proeza de accionar la bomba y al volarse en mil pedazos alertó
a la población y sembró el pánico entre
los agresores. Ellos volverán y nos encontrarán
tal vez dormidos o despiertos, pero siempre aguardando sobre
el recuerdo de nuestros muertos. En la ceremonia de fin de cursos
todo hubiera resultado rutinario de no haber sido por las risas
infantiles bajo las cuales los niños se vistieron de
flores, de árboles y de pájaros. La luna apareció
delgada y brillante en el húmedo firmamento y sobre la
muerte fecunda de los mártires las generaciones futuras
se vislumbran, levantando un homenaje como un gran himno a la
vida…
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