Este año llegó acompañado
por una lluvia discreta y a la vez bromista. Era cierta lluvia
silenciosa que iba y venía revoloteando inquieta desde
la primera madrugada del año; de pronto una tarde nos
caía mojándonos levemente y desaparecía
durante dos o tres días, para sorprendernos en el momento
que menos la esperásemos volviéndonos a mojar
la ropa recién planchada. Ya entrado el mes de enero
no habíamos vuelto a ver a esta ave traviesa de alas
húmedas y tal vez nos habíamos olvidado de ella
ocupándonos en otros asuntos, así las cosas, una
vez se apareció por la Unidad Antorchista de Chetumal,
que es la colonia donde vivo parte de la semana, un vendedor
de cuadros; era domingo en la tarde y el sol relumbraba como
de costumbre. El vendedor de cuadros, delgado, moreno, de poca
estatura y con tenis, venía por la terracería
de nuestras calles haciendo malabares con más de cuatro
cuadros, mientras que él como se entenderá contaba
solamente con dos manos para manejar su mercadería. No
solamente nosotros lo vimos venir ejecutando su juego de manos
llamando de casa en casa para ofrecer su venta, creo que también
la bromista y leve lluvia lo advirtió y sin pedir permiso
al astro rey se abalanzó sobre todos nosotros y sobre
el pobre chamarilero dejando sentir su fresca presencia. La
cara morena del muchacho decía que este no sabía
si agradecer o quejarse por la inesperada presencia de la lluvia
cuya procedencia no podíamos precisar pues en el cielo
no había datos que anunciaran alguna tempestad. Sea como
fuere, nuestro entorno se nubló como si la madre naturaleza
dijera: he aquí la tarde y la noche viene en seguida.
El vendedor malabarista llegó hasta nosotros con gesto
cansado y sin muchas esperanzas. Seguramente ese fue el cuadro
que motivó a quienes forman parte de mi equipo de trabajo
para decidir que me regalarían alguno. Tenía que
decidir solamente entre un cuadro de los más de cuatro,
pues los activistas de antorcha no ganan ni siquiera la mitad
de un salario mínimo y por lo tanto no alcanzaba para
hacer más ligera la carga del vendedor. Pusieron delante
de mí varios paisajes de dudosa autoría aunque
ciertamente todos muy llamativos y ante la insistencia elegí
precisamente el que no me mostraban y que había conservado
como si llevara un libro bajo el brazo el vendedor, era la conocida
estampa de “la última cena” pintada por Leonardo
da Vinci.
Como se sabe los días de Jesús han sido motivo
de inspiración para muchos artistas, escultores, poetas,
pintores, etc. Estos últimos han recreado todos los pasajes
de la vida y la pasión de “el hijo del hombre”,
de tal forma que nosotros hemos podido admirar a Jesús
desde sus primeros instantes en el humilde pesebre hasta las
últimas horas trágicas en el Gólgota. Pero
a mi en lo personal, la pintura que me ha despertado mayor interés
desde siempre es esa que se encuentra en Milán en original
y en copia ahora la pueden apreciar los aficionados en la (también
como el pesebre) humilde sala de mi casa. El interés
despertado en mí por esa pintura se debe no a la persona
que se encuentra a la derecha de Jesús y que ya hasta
los niños de primaria saben que se trata de Maria de
Magdalena, sino a quien se encuentra a la derecha de ella y
que por el pequeño bolso donde inferimos están
las treinta monedas, todos sabemos que es Judas de Kerioth.
¡Cuantas reflexiones debiera traernos a nosotros esa escena!
en donde Jesús está vivo, ¡vivo! compartiendo
el pan y los ideales con el círculo de sus fieles seguidores:
“amaos los unos a los otros, como yo los he amado”,
“sean humildes como lo he sido yo con ustedes, pues los
que hoy son humillados, serán elevados en el nuevo reino
que se avecina; no olviden que será más fácil
que un camello pase por el ojo de una aguja, a que un rico logre
entrar al reino de los cielos”. Después de esta
reunión, donde selló la hermandad entre su íntimo
circulo de fieles, vino la detención en el huerto de
los olivos. Un grupo de hombres fuertemente armados lo condujeron
ante los miembros del partido sacerdotal, pues eran estos representantes
de la religión oficial, quienes deseaban perderlo por
el miedo que tenían a perder ellos sus privilegios, debido
a la creciente popularidad de Jesús. Fue Judas, hijo
de Simon de la ciudad de Kerioth, “excepción en
el enjambre fiel” quien lo vendió al viejo e influyente
sacerdote Hanan y este y su yerno José de Caifás,
cabezas de la familia sacerdotal, quienes lo remitieron ante
Poncio Pilatos, acusándolo de sedición. Las palabras
que Caifás pronunciara ante la asamblea de los fariseos:
“es útil que un hombre muera por todo el pueblo”,
eran el pensamiento de todo el partido sacerdotal. Pilatos se
lavó las manos pero entregó al acusado para que
lo ejecutaran y los fariseos, manipulando a la muchedumbre la
azuzaron contra el indefenso prisionero y esta lo escupió,
lo insultó, mostrándose incrédula cruel
y mal agradecida con quien había predicado siempre en
su favor y beneficio.
La agonía de Cristo en la cruz, dicen que duró
tres horas, en esos últimos momentos el moribundo pudo
distinguir a un pequeño grupo de mujeres que honraban
con lagrimas su triste y glorioso destino, a María su
madre, a Marta y entre otras a María de Magdalena; por
eso aplaudo la inspiración del pintor renacentista quien
en su cuadro de la “última cena” colocó
a la diestra del gran moralista y reformador a esa mujer que
le amó y fue tan sublime su amor que le hizo volverlo
a la vida tres días después de muerto. El pintor
mezcló en su estampa las contradicciones de nuestro mundo,
la luz y la sombra, la bondad y la maldad, la fidelidad y la
traición, el amor y el odio y nos dejó la tarea
de descubrir la verdad bajo los diferentes mantos de misterio,
la verdad ante todo que debe ser la aspiración de todas
las mentes pensantes. El amor gravita en esa atmósfera
como una leve brisa imperceptible y la traición se agazapa
amenazante, silenciosa como un áspid letal. Los altos
ideales del maestro y sus discípulos producen un arrebol
de tranquilas nubes en los rostros iluminados, mientras que
la mezquindad y las bajas pasiones surcan de tempestuosos nubarrones
la cara del traidor. Cuando veo ese cuadro con Cristo al centro
del pequeño grupo de íntimos, hablando pausado
y algo contrito pese a su grandeza espiritual, me pregunto ¿Cuántos
Cristos y cuantos Judas necesita todavía el mundo para
que la humanidad alcance finalmente su redención?
Colaboraciones anteriores