MOVIMIENTO ANTORCHISTA


Y Los fariseos siguen de pie
Mario García Castillo
Dirigente de Antorcha Campesina en el estado de Quintana Roo
05 de abril de 2007

Este año llegó acompañado por una lluvia discreta y a la vez bromista. Era cierta lluvia silenciosa que iba y venía revoloteando inquieta desde la primera madrugada del año; de pronto una tarde nos caía mojándonos levemente y desaparecía durante dos o tres días, para sorprendernos en el momento que menos la esperásemos volviéndonos a mojar la ropa recién planchada. Ya entrado el mes de enero no habíamos vuelto a ver a esta ave traviesa de alas húmedas y tal vez nos habíamos olvidado de ella ocupándonos en otros asuntos, así las cosas, una vez se apareció por la Unidad Antorchista de Chetumal, que es la colonia donde vivo parte de la semana, un vendedor de cuadros; era domingo en la tarde y el sol relumbraba como de costumbre. El vendedor de cuadros, delgado, moreno, de poca estatura y con tenis, venía por la terracería de nuestras calles haciendo malabares con más de cuatro cuadros, mientras que él como se entenderá contaba solamente con dos manos para manejar su mercadería. No solamente nosotros lo vimos venir ejecutando su juego de manos llamando de casa en casa para ofrecer su venta, creo que también la bromista y leve lluvia lo advirtió y sin pedir permiso al astro rey se abalanzó sobre todos nosotros y sobre el pobre chamarilero dejando sentir su fresca presencia. La cara morena del muchacho decía que este no sabía si agradecer o quejarse por la inesperada presencia de la lluvia cuya procedencia no podíamos precisar pues en el cielo no había datos que anunciaran alguna tempestad. Sea como fuere, nuestro entorno se nubló como si la madre naturaleza dijera: he aquí la tarde y la noche viene en seguida. El vendedor malabarista llegó hasta nosotros con gesto cansado y sin muchas esperanzas. Seguramente ese fue el cuadro que motivó a quienes forman parte de mi equipo de trabajo para decidir que me regalarían alguno. Tenía que decidir solamente entre un cuadro de los más de cuatro, pues los activistas de antorcha no ganan ni siquiera la mitad de un salario mínimo y por lo tanto no alcanzaba para hacer más ligera la carga del vendedor. Pusieron delante de mí varios paisajes de dudosa autoría aunque ciertamente todos muy llamativos y ante la insistencia elegí precisamente el que no me mostraban y que había conservado como si llevara un libro bajo el brazo el vendedor, era la conocida estampa de “la última cena” pintada por Leonardo da Vinci.

Como se sabe los días de Jesús han sido motivo de inspiración para muchos artistas, escultores, poetas, pintores, etc. Estos últimos han recreado todos los pasajes de la vida y la pasión de “el hijo del hombre”, de tal forma que nosotros hemos podido admirar a Jesús desde sus primeros instantes en el humilde pesebre hasta las últimas horas trágicas en el Gólgota. Pero a mi en lo personal, la pintura que me ha despertado mayor interés desde siempre es esa que se encuentra en Milán en original y en copia ahora la pueden apreciar los aficionados en la (también como el pesebre) humilde sala de mi casa. El interés despertado en mí por esa pintura se debe no a la persona que se encuentra a la derecha de Jesús y que ya hasta los niños de primaria saben que se trata de Maria de Magdalena, sino a quien se encuentra a la derecha de ella y que por el pequeño bolso donde inferimos están las treinta monedas, todos sabemos que es Judas de Kerioth. ¡Cuantas reflexiones debiera traernos a nosotros esa escena! en donde Jesús está vivo, ¡vivo! compartiendo el pan y los ideales con el círculo de sus fieles seguidores: “amaos los unos a los otros, como yo los he amado”, “sean humildes como lo he sido yo con ustedes, pues los que hoy son humillados, serán elevados en el nuevo reino que se avecina; no olviden que será más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, a que un rico logre entrar al reino de los cielos”. Después de esta reunión, donde selló la hermandad entre su íntimo circulo de fieles, vino la detención en el huerto de los olivos. Un grupo de hombres fuertemente armados lo condujeron ante los miembros del partido sacerdotal, pues eran estos representantes de la religión oficial, quienes deseaban perderlo por el miedo que tenían a perder ellos sus privilegios, debido a la creciente popularidad de Jesús. Fue Judas, hijo de Simon de la ciudad de Kerioth, “excepción en el enjambre fiel” quien lo vendió al viejo e influyente sacerdote Hanan y este y su yerno José de Caifás, cabezas de la familia sacerdotal, quienes lo remitieron ante Poncio Pilatos, acusándolo de sedición. Las palabras que Caifás pronunciara ante la asamblea de los fariseos: “es útil que un hombre muera por todo el pueblo”, eran el pensamiento de todo el partido sacerdotal. Pilatos se lavó las manos pero entregó al acusado para que lo ejecutaran y los fariseos, manipulando a la muchedumbre la azuzaron contra el indefenso prisionero y esta lo escupió, lo insultó, mostrándose incrédula cruel y mal agradecida con quien había predicado siempre en su favor y beneficio.

La agonía de Cristo en la cruz, dicen que duró tres horas, en esos últimos momentos el moribundo pudo distinguir a un pequeño grupo de mujeres que honraban con lagrimas su triste y glorioso destino, a María su madre, a Marta y entre otras a María de Magdalena; por eso aplaudo la inspiración del pintor renacentista quien en su cuadro de la “última cena” colocó a la diestra del gran moralista y reformador a esa mujer que le amó y fue tan sublime su amor que le hizo volverlo a la vida tres días después de muerto. El pintor mezcló en su estampa las contradicciones de nuestro mundo, la luz y la sombra, la bondad y la maldad, la fidelidad y la traición, el amor y el odio y nos dejó la tarea de descubrir la verdad bajo los diferentes mantos de misterio, la verdad ante todo que debe ser la aspiración de todas las mentes pensantes. El amor gravita en esa atmósfera como una leve brisa imperceptible y la traición se agazapa amenazante, silenciosa como un áspid letal. Los altos ideales del maestro y sus discípulos producen un arrebol de tranquilas nubes en los rostros iluminados, mientras que la mezquindad y las bajas pasiones surcan de tempestuosos nubarrones la cara del traidor. Cuando veo ese cuadro con Cristo al centro del pequeño grupo de íntimos, hablando pausado y algo contrito pese a su grandeza espiritual, me pregunto ¿Cuántos Cristos y cuantos Judas necesita todavía el mundo para que la humanidad alcance finalmente su redención?

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