Querida Kitty:
Hoy comienzo a escribir así, esperando que a algún
hipotético y desocupado lector le interese saber que
hace cuatro noches soñé con Ana Frank. Ella estaba
sentada en medio de la penumbra de su escondite mirando hacia
el futuro con sus candorosos ojos inocentes iluminados de pasión
y amor por la vida. Sus frágiles manos blancas escribían
en su diario de adolescente sus memorias de prisionera voluntaria.
Era 4 de agosto de 1944, cuando de pronto la monotonía
del escondite se rompe en mil pedazos al irrumpir en él
violentamente un grupo de choque fascista conocido como la Feld-Polizei.
El diario de Ana Frank quedó inconcluso al ser arrestada
y la vida de esta casi niña también quedó
truncada pues unos meses después murió en el campo
de concentración de Bergen-Belsen, debido a los malos
tratos que padecían en semejantes encierros inhumanos
los prisioneros. ¿Qué delito cometió esa
pequeña gran mujer para merecer tan cruel castigo? Haber
nacido judía, por eso puede decirse que Ana fue prisionera
política y su asesinato uno de tantos miles cometidos
por el fascismo.
....Pero siguiendo con mi sueño
que es lo que estaba contando, así como son los sueños,
de pronto volví a ver a Ana viva, tan viva como si nunca
hubiese muerto, ahora estaba ya reunida con muchos otros muertos
que aunque hayan muerto, siempre han permanecido vivos, son
muertos inmortales, algunos conocidos para mí y otros
no; entre los conocidos destacaba con su inconfundible boina
el Che y más a distancia aunque claramente perceptibles
algunos héroes de nuestra historia nacional; los había
de diversas nacionalidades, formaban una enorme multitud, todos
asesinados por cuestiones políticas y cuando se colocaron
una estrella sobre el pecho era como estar viendo el cielo en
una noche clara. Entonces sin mover los labios y señalando
cada quien su estrella la gran multitud de asesinados dijo,
“aquí todo somos judíos”.
....En ese momento de entre la
abigarrada multitud se abrió paso un muchacho y colocóse
a la diestra de Ana Frank; lo reconocí inmediatamente,
era Jorge Obispo, uno de nuestros últimos compañeros
asesinados. También él sin palabras me dijo, “soy
junto con Ana un mártir, víctima del fascismo”.
Eran tan jóvenes y se veían tan bellos los dos
que no podía yo entender como era posible que estuvieran
muertos. Sus ojos de dulce brillo eran como esos luceros que
pueden verse en las primeras horas del alba; idéntica
mirada tenía la multitud, todos miraban hacia el infinito,
todos con una serena, tierna y profunda mirada miraban y sin
palabras, sólo con la mirada acusaban, era como si estuviesen
diciendo, allá viene el día en que se hará
justicia… Ahora entiendo porque se dice que el silencio
es el grito más fuerte.
....Bueno querida Kitty, hipotético
y paciente lector, por ahora es todo lo que te escribo sobre
mi sueño de la otra noche, tal vez mañana te cuente
algo más, en este momento debo dejar de escribir porque
el fascismo está tocando a la puerta de mi casa y no
creas que son inventos míos, para que veas que es verdad
lo que digo debo comentarte que la vez pasada que escribí
en este mismo espacio, hablando sobre los asesinos que han matado
a mis hermanos antorchistas a lo largo de tres décadas,
apenas estaba tecleando las últimas palabras diciendo:
“ellos volverán y vendrán a cometer más
crímenes”, cuando en Tecomatlán cayó
abatido a balazos el campesino antorchista Rubén Gonzaga
Mendoza. Ya no volveré a encontrar a mi amigo como antes
por el sendero donde él en vida caminaba, pero alguna
vez lo encontraré por los pasillos de los sueños
donde se juntan los muertos con los vivos y entonces estrecharé
su mano fuerte de campesino y nos regalaremos mutuas sonrisas
francas y si me dice quienes fueron sus asesinos, aunque tú
ya lo sabes querida Kitty, de todos modos yo te lo contaré.
Tuyo como siempre, y con inmenso cariño para Ana Frank,
Víctor Puebla y todos mis muertos inmortales.
....Posdata: Seguiré escribiendo
mientras pueda hacerlo, no se si para ti que estás leyendo
sea una buena o mala noticia. En cuanto a los fascistas, al
abrir la puerta les diré como dirían otros hijos
de un pueblo valiente: “Señores fascistas-imperialistas,
mis hermanos y yo no les tenemos ni un poquitito de miedo”.
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