Cuando llegamos a Chetumal era ya la una de
la mañana y el ojo del huracán Dean había
pasado, de hecho todo el cuerpo del enorme meteoro se encontraba
asolando en esos momentos a la tierra veracruzana y amenazaba
a varios estados vecinos. Comenzaban a sublevarse en las serranías
los arroyos, cauces y ríos; normalmente amigables y mansos,
ahora ante la presencia violenta del coloso se inflamaban, se
encrespaban y salían de sus cauces cotidianos; galopando
cual séquito guerrero en pos de su terrible soberano,
arrasaban todo a su paso. Pero Chetumal se hallaba en calma
después de la tempestad, había quizá un
poco más de penumbra, algunas bombillas del alumbrado
público ya restaurado no estaban arriba sino abajo, encendidas
sobre el pavimento. Y todo era silencio en la ciudad sin tráfico,
más ello no se debía a la hora de referencia,
los que la conocen saben a qué me refiero. Sobre la avenida
Insurgentes, en las inmediaciones del zoológico y del
deportivo Nohoch, hallábanse estacionados en gran número
enormes tráileres semejantes a grandes dromedarios cansados
dormitando. Veíanse aquí y allá grandes
cúmulos de ramazón levantados cual barricadas
en una guerra civil; algunas bardas conocidas estaban derrumbadas
y otras habían desaparecido; varios postes estaban en
el suelo y otros no estaban completamente de pie. Estos acontecimientos
sin embargo ya se anunciaban desde antes de llegar a la ciudad:
las señales de tránsito, los anuncios de las gasolineras
estaban doblados como por una fuerza descomunal, esa misma fuerza
había arrancado árboles con todo y raíz
y las macizas columnas de pesado concreto que para ser levantadas
por Comisión Federal de Electricidad necesitaron grúas
y la energía de muchos trabajadores, estaban tronchadas
por la mitad cual varas de carrizo señalando hacia el
norte como diciendo con mudo ademán, “hacia allá
se fue”…
....Todo había pasado, ahora
quedaba la calma. Pero no tanto. Los comentaristas de noticias
de la TV. habían dejado ya hacía muchas horas
su confortable refugio instalado en un conocido hotel y ahora
sin el atuendo de hombres de acción y con su impecable
traje corte ingles anunciaban la “desgracia de los más
necesitados”; se requería, decían, ayuda
urgente para los que habían perdido sus casas y aseguraban
que en auxilio de estos pobres estaban actuando ya personas
morales como la Fundación Telmex entre otras y cual prestidigitadores
hacían aparecer en la pantalla imágenes donde
se veía a los pobres siendo atendidos por el mismísimo
señor Presidente de la República. Pero, bajo protesta
de decir verdad, yo también quiero dar mi versión
de los hechos y como no tengo las herramientas con que cuentan
las grandes empresas noticiosas, tendré que valerme únicamente
de mi humilde palabra, con ella le llevaré si me permite
quien esté leyendo, a donde se desarrollaron los acontecimientos,
la ventaja de esto es que no importa la ropa que traigamos puesta,
como sucede a los que transmiten por televisión, ellos
son esclavos de la utilería y siempre deben estar vestidos
según la ocasión. Nosotros aunque lo quisiéramos
no podemos sujetarnos a las normas estrictas de la etiqueta,
de modo que con cualquier vestido acompáñeme para
que vea, para que sepa otra parte de lo que ocurrió y
sacando sus propias conclusiones juzgue si en esto hay material
periodístico de algún valor. En primer lugar señalaré
lo que sucedió con la vivienda que hasta antes del huracán
me había alojado, para lo cual debo explicar la forma
en que fue construida dicha casa: aunque se hizo de madera,
primero excavamos una zanja para colocar el cimiento de piedra,
donde en forma equidistante fueron clavados dieciséis
puntales de madera dura y sobre ellos se procedió a unir
las tablas que formaron las paredes de la vivienda; para sostener
las láminas de zinc se elevó un pesado caballete
y sobre él se clavaron varias tiras de madera que encallaron
formando ángulo con los travesaños de la pared;
las dos puertas se fabricaron de madera y las ventanas de lo
mismo, pero todos los materiales de la casa, la piedra, la madera,
el zinc, los clavos, bisagras y tornillos, todo fue unido por
varias decenas de manos del pueblo quintanarroense. En el día
que estaba por llegar el huracán, otras tantas manos
de esas acudieron a amarrar la casa con soga, la cual pasaron
por encima del techo y clavaron en la tierra, y esas manos invisibles
protegieron la vivienda de los golpes terribles que asestaron
los cien brazos del monstruo marino. La casa de madera, de buena
madera (eso quiere decir Chetumal), quedó de pie, el
saldo al fin de la jornada fue de cuatro láminas inutilizadas
y la pintura blanca que cubría las tablas se desprendió,
pero nada más. En el anecdotario de los huracanes se
sabe de una casa de madera que fue trasladada completa de un
lugar a otro durante la pavorosa noche por la fuerza de los
vientos y el agua. Yo no puedo afirmar la existencia de tal
casa voladora pero sí puedo decir que existe una humilde
casa que con toda humildad se aferró a la tierra y por
encima de ella rugió y aulló la enorme bestia
acuática, destrozó parabrisas de autos, desgajó
árboles y arrebató su hogar a los más indefensos.
Por eso al contemplar en pie la casa que me ha dado cobijo,
me conmuevo y me sorprendo al mismo tiempo. ¿Cómo
es posible que material tan endeble haya podido resistir el
embate del portentoso coloso de la naturaleza? David derrotó
a Goliat. La humildad se impone a la soberbia. Los elementos
de la paz quedarán de pie frente a la violencia. Sí,
aquí puede sonreír el lector y abandonar la lectura,
pero antes de hacerlo recuerde que hay momentos en la vida de
un hombre que aunque éste sea más simple que un
vaso de agua los acontecimientos deben moverlo a la reflexión.
Vuelvo pues al camino llano, ¡ánimo heroico lector!
Otras casas de madera que no contaron con la invisible protección
de las decenas de manos que ya dije, no resistieron la furia
del hecatónquiro, las que no fueron derribadas completamente
por lo menos perdieron todo el techo. Más, a pesar de
que las casas construidas con materiales rústicos, muchas
veces no logran resistir el golpe de los fuertes vientos endurecidos
por la coraza de agua embravecida, mucha gente se resiste a
dejar su humilde vivienda y guarecerse en los refugios y la
razón de esto es que, a pesar de que en la TV. se anuncian
refugios anticiclónicos a los que debe acudir la gente,
en ocasiones dichos refugios están más endebles
que los hogares de la gente a quien se quiere proteger. Y para
muestra un botón; la televisión anunciaba como
refugio para la comunidad del ejido Lázaro Cárdenas,
del municipio de Othón P. Blanco, la escuela primaria,
pero nadie acudió al refugio, la razón: el edificio
de esa escuela está muy deteriorado. Vea entonces lo
que pasó con una familia de tantas.
....El apéndice de la señora
Nieves tuvo a bien alterársele cuando precisamente la
alerta anticiclónica estaba casi en rojo, bajo la lluvia
fue trasladada al hospital general para ser intervenida quirúrgicamente;
así pues, doña Nieves ya sin su apéndice
y con su marido pernoctó en dicho hospital de la ciudad,
mientras tanto sus cuatro hijos cual pequeñas briznas
en el aire fueron a recalar a la vivienda de la familia Pat
Hoil, pues ahí están y son ellos sus tíos;
por su parte, los señores Pat Hoil ya habían logrado
reunir a cinco de sus propios hijos y por su iniciativa personal
llegó a unírseles una tía con cuatro vástagos;
la modesta vivienda de madera y techo de guano, es decir de
palma, cerró sus puertas para esperar el paso del rudo
viento, albergando en su interior a dieciséis personas;
aún no había pasado la cauda horrible de la silbante
tempestad cuando a estas dieciséis personas vino a sumárseles
otro grupo de cinco, ya que el hijo mayor del matrimonio Pat
Hoil, se vio obligado a trasladar de uno en uno a su esposa
y sus tres hijos pues en su vivienda contigua a la de sus padres
cayeron, uno después del otro, dos árboles de
cedro y caoba respectivamente. Maderas preciosas que en ese
momento eran realmente espantosas. Finalmente, la modesta vivienda
de ocho por cuatro metros, circundada de tablas y techada con
palma tejida, logró como nueva arca de Noé con
veintiún tripulantes a bordo, cruzar incólume
el despiadado diluvio. La familia Pat Hoil debe agradecer a
un milagro el que su vivienda esté de pie, por el momento
no encuentro otra explicación a tal acontecimiento, y
tendrá que cambiar el techo de guano de su casa y apuntalar
algunas maderas si quieren pasar a buen resguardo el próximo
huracán. Los veintiún miembros de esta familia
puede decirse sin exagerar que son sobrevivientes. ¿Quién
de ellos no sintió miedo?, ¿a quién de
ellos no heló su cuerpo el frío del espanto? Tal
vez a quien durmió en los brazos maternos, entre la protección
de “la doble luna del pecho”; para los demás,
aquellas horas serán materia de futuras pesadillas, bien
sea que se hallen dormidos o despiertos. Después supe
que la Fundación Telmex visitó algunas comunidades
y entregó diez láminas de cartón por familia
lo cual para la mayoría fue insuficiente. Por otro lado,
algunos funcionarios del Instituto de la Vivienda me han dicho
que los campesinos deben esperar más tiempo para que
les atiendan sus demandas de vivienda porque el gobierno federal
no ha girado los recursos que le corresponde enviar al estado.
Entre tanto concluyo aquí ésta crónica
dejándoles la imagen presidencial de un hombre caminando
sobre una calle encharcada, al pie de la cual puede leerse que
el primer mandatario visitó la zona afectada, la foto
es tal cual corresponde a la investidura del presidente, pero
seguramente ese personaje de la política, que se hizo
fotografiar caminando sobre charcos, no ha dormido las últimas
noches bajo una vivienda sin techo o sobre la húmeda
tierra de una choza campesina.
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