Han estado corriendo ráfagas de aire
caliente quemándonos la cara y no es nada extraño
en esta época del año cuando ya quedó muy
atrás el nebuloso invierno, pero lo que si resulta extraño,
es que las quemantes lenguas de calor que transporta el viento,
tengan un envés frío como los filos del fuego
invernal. Y es que se trata de la muerte; esa fría e
implacable segadora se ha hecho presente justamente cuando florece
la vida sobre todos los extremos de esta tierra tropical. Presente
siempre se haya, no hay por que mencionarlo, mas generalmente
su presencia es discreta, sobre todo cuando la bellísima
hija de Deméter abandona la oscura morada de Hades y
la vida predomina sobre la faz del mundo. Pero ahora la Parca
se ha vuelto indiscreta, ya no le importa si es Primavera o
Verano, en cualquier época del año azota con incontenible
furia por todos los costados del planeta a la triste estirpe
de los hombres.
....Y no puede ser la excepción
un sencillo pueblo de la zona maya, ¡ni siquiera por su
abolengo histórico se le tiene cierta consideración!
Por eso durante los últimos días de abril y los
primeros del mes de mayo de 2007, en Tihosuco se enseñoreó
la muerte. Primero, como si se tratara de una cruel sátira
de “la anunciación” del día del niño,
un pequeño es abatido por las fiebres; los humildes padres
no pueden explicar ni entender cual fue la causa del deceso
pero sin ninguna pregunta el panteón lo recibió
de blanco con su imponente silencio eterno. Acto seguido un
campesino pobre, tal vez pensando en la suerte de aquel pequeño
angelito, se dirige a su parcela pues ya es tiempo de la quema,
y cuando le acerca el fuego a la ramazón surge como del
incandescente fondo de la tierra, mugiendo cual toro de lidia
el viento de lenguas calientes y rodea embravecido y loco al
sorprendido hombre de campo, para hacer en ese día caluroso
su última faena por la vida. Aquí permítame,
buen lector, abrir breve una ventana en el recuerdo para mirar
hacia el lejano horizonte del norte veracruzano; en un poblado
llamado Chapopote, cierto domingo en la noche alguien se dio
cuenta que uno de los cientos de ejidatarios faltaba; salimos
en tractores y alguna camioneta en su busca, oíanse gritos
y silbidos llamándole solidarios en la oscuridad; el
tractor en que subí era conducido por uno de los más
sagaces y al remontar una pequeña ladera pudimos ver
gracias a la luz de la máquina un cuerpo de bruces. Lo
único que parecía tener vida tal vez por ser el
postrer acto del hombre, era un machete clavado en la tierra
junto a una mano crispada; el hombre cuyo rígido gesto
indicaba un fuerte dolor fue trasladado a su casa entre el silencio
de los otros hombres, los motores y la luz de los faros parecían
querer desgarrar la densa oscuridad de la pesada noche. Al llegar
a la que fue su casa lo enrollaron casi ceremoniosamente en
un petate para bajarlo de la camioneta y como todos querían
trasladarlo verdaderamente emocionados, muchas manos lo dejaron
caer; atronó entre la multitud una dura y ruda imprecación
a los descuidados pero nadie se sintió ofendido, más
bien se escuchó una queja unánime como en sustitución
de la que ya no podía emitir el difunto. Su cuerpo ya
depositado sobre la limpia madera de una mesa, tenía
en la piel de manos y cara un inocente polvo que recordaba el
olor de la tierra fértil y cubría fraterno la
quemadura del sol… ¿Como regresó el campesino
de Tihosuco a su casa? no lo se, pero estoy seguro de que al
depositarlo decenas de manos sobre las tablas de una limpia
mesa había en la piel de su cara y sus manos un polvo
fraterno tratando de cubrir las quemaduras del fuego y la calcinante
caricia del sol… Todavía no desaparecía
el azoramiento del pueblo cuando una tercera muerte hizo que
continuara el lamento de las campanas, y otra vez recayó
la sorpresa, de nuevo nadie se podía explicar lo insólito
del suceso pues el difunto era un joven de 24 años, que
no tenía ninguna enfermedad visible, aparentemente gozaba
de buena salud, trabajaba como muchos en la zona turística
y era de complexión robusta; por estas características
su madre no se alarmó demasiado cuando él le pidió
que no le llorara. Antes de morir y sin que su fatal destino
fuera evidente, pidió comer bolis, le llevaron varias
bolsitas con ese hielo endulzado y sin más partió
temprano, en pleno día, mientras la madre atendía
las visitas que habían llegado a la modesta vivienda
campesina. Cuando la señora Elvira Chan de 72 años
de edad supo del fallecimiento de aquel muchacho, se compadeció;
pobre, ¡tan joven! Dijo y quedó pensativa sentada
en su hamaca, de pronto, lo mismo que un limpio fruto maduro
se desprende de la rama del bondadoso árbol, así
cayó de la hamaca la frágil anciana. Fue trasladada
a la clínica de la comunidad y de ahí como suele
ser costumbre la remitieron a la cabecera municipal, donde también
como es costumbre determinaron su traslado a la capital y hasta
allá fue a morir en el hospital general. Regresó
a Tihosuco, viaje que ordinariamente cuesta ochenta pesos, esta
vez le costó más de siete mil por ser traslado
funerario, por eso suele decirse que para un pobre, morir es
otra preocupación más. Las campanas continuaron
por cuarto día consecutivo con su triste lamento y no
bien se estaban extinguiendo sus dolientes tañidos cuando
la noticia de otro deceso estremeció los corazones. Esta
vez el acontecimiento fue realmente noticia nacional emitida
por un conocido noticiero de la noche y en la mañana
siguiente y en los días sucesivos la volvieron a mencionar,
los hechos se desarrollaron en Cancún, se trataba del
escolta de un funcionario enrolado en la desafortunada guerra
contra el narcotráfico, durante la cual los narcotraficantes
han perdido vidas y dinero y el Presidente de la República
ha ganado según los encuestólogos puntos a su
favor en el ánimo de la opinión publica, al dotar
a la patria de los héroes que ya le hacían falta,
esto sin contar a las respectivas viudas. El difunto tenía
esposa que era madre de cinco hijos y como los hijos, sobre
todo los menores, siempre se engranan cuando van a sobrevenir
calamidades, los cinco estaban enfermos cuando su padre regresó
a descansar, después de cumplir con su jornada de trabajo,
al campo santo. Y fue la única muerte de las cinco acaecidas,
en la que se pudo determinar con toda exactitud la causa, una
mujer de su familia me dijo con esa característica forma
de hablar de la gente maya: “fueron los señores
que venden droga, ellos lo mataron”. Pero yo afirmo que
no fueron ellos, como tampoco fueron las fiebres quienes se
llevaron al angelito, ni los seres invisibles del monte los
que perdieron al trabajador agrícola, ni la obesidad
la que asfixio la vida del joven empleado del turismo, ni la
nostalgia la que adormeció la voluntad de la pobre anciana.
En todo caso permítaseme afirmar que esas fueron las
causas inmediatas, pero la verdadera causa es la aparición
de un jinete de fuego negro que cabalga colérico abrasando
y arrasando todas las aristas de la rosa de los vientos, jinete
del Apocalipsis, jinete de la destrucción al que podemos
llamar Miseria, ella y sólo ella ha originado todas estas
historias de La Muerte.
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