MOVIMIENTO ANTORCHISTA


¡La Muerte!
Mario García Castillo
Dirigente del Movimiento Antorchista en el estado de Quintana Roo
10 de mayo de 2007

Han estado corriendo ráfagas de aire caliente quemándonos la cara y no es nada extraño en esta época del año cuando ya quedó muy atrás el nebuloso invierno, pero lo que si resulta extraño, es que las quemantes lenguas de calor que transporta el viento, tengan un envés frío como los filos del fuego invernal. Y es que se trata de la muerte; esa fría e implacable segadora se ha hecho presente justamente cuando florece la vida sobre todos los extremos de esta tierra tropical. Presente siempre se haya, no hay por que mencionarlo, mas generalmente su presencia es discreta, sobre todo cuando la bellísima hija de Deméter abandona la oscura morada de Hades y la vida predomina sobre la faz del mundo. Pero ahora la Parca se ha vuelto indiscreta, ya no le importa si es Primavera o Verano, en cualquier época del año azota con incontenible furia por todos los costados del planeta a la triste estirpe de los hombres.

....Y no puede ser la excepción un sencillo pueblo de la zona maya, ¡ni siquiera por su abolengo histórico se le tiene cierta consideración! Por eso durante los últimos días de abril y los primeros del mes de mayo de 2007, en Tihosuco se enseñoreó la muerte. Primero, como si se tratara de una cruel sátira de “la anunciación” del día del niño, un pequeño es abatido por las fiebres; los humildes padres no pueden explicar ni entender cual fue la causa del deceso pero sin ninguna pregunta el panteón lo recibió de blanco con su imponente silencio eterno. Acto seguido un campesino pobre, tal vez pensando en la suerte de aquel pequeño angelito, se dirige a su parcela pues ya es tiempo de la quema, y cuando le acerca el fuego a la ramazón surge como del incandescente fondo de la tierra, mugiendo cual toro de lidia el viento de lenguas calientes y rodea embravecido y loco al sorprendido hombre de campo, para hacer en ese día caluroso su última faena por la vida. Aquí permítame, buen lector, abrir breve una ventana en el recuerdo para mirar hacia el lejano horizonte del norte veracruzano; en un poblado llamado Chapopote, cierto domingo en la noche alguien se dio cuenta que uno de los cientos de ejidatarios faltaba; salimos en tractores y alguna camioneta en su busca, oíanse gritos y silbidos llamándole solidarios en la oscuridad; el tractor en que subí era conducido por uno de los más sagaces y al remontar una pequeña ladera pudimos ver gracias a la luz de la máquina un cuerpo de bruces. Lo único que parecía tener vida tal vez por ser el postrer acto del hombre, era un machete clavado en la tierra junto a una mano crispada; el hombre cuyo rígido gesto indicaba un fuerte dolor fue trasladado a su casa entre el silencio de los otros hombres, los motores y la luz de los faros parecían querer desgarrar la densa oscuridad de la pesada noche. Al llegar a la que fue su casa lo enrollaron casi ceremoniosamente en un petate para bajarlo de la camioneta y como todos querían trasladarlo verdaderamente emocionados, muchas manos lo dejaron caer; atronó entre la multitud una dura y ruda imprecación a los descuidados pero nadie se sintió ofendido, más bien se escuchó una queja unánime como en sustitución de la que ya no podía emitir el difunto. Su cuerpo ya depositado sobre la limpia madera de una mesa, tenía en la piel de manos y cara un inocente polvo que recordaba el olor de la tierra fértil y cubría fraterno la quemadura del sol… ¿Como regresó el campesino de Tihosuco a su casa? no lo se, pero estoy seguro de que al depositarlo decenas de manos sobre las tablas de una limpia mesa había en la piel de su cara y sus manos un polvo fraterno tratando de cubrir las quemaduras del fuego y la calcinante caricia del sol… Todavía no desaparecía el azoramiento del pueblo cuando una tercera muerte hizo que continuara el lamento de las campanas, y otra vez recayó la sorpresa, de nuevo nadie se podía explicar lo insólito del suceso pues el difunto era un joven de 24 años, que no tenía ninguna enfermedad visible, aparentemente gozaba de buena salud, trabajaba como muchos en la zona turística y era de complexión robusta; por estas características su madre no se alarmó demasiado cuando él le pidió que no le llorara. Antes de morir y sin que su fatal destino fuera evidente, pidió comer bolis, le llevaron varias bolsitas con ese hielo endulzado y sin más partió temprano, en pleno día, mientras la madre atendía las visitas que habían llegado a la modesta vivienda campesina. Cuando la señora Elvira Chan de 72 años de edad supo del fallecimiento de aquel muchacho, se compadeció; pobre, ¡tan joven! Dijo y quedó pensativa sentada en su hamaca, de pronto, lo mismo que un limpio fruto maduro se desprende de la rama del bondadoso árbol, así cayó de la hamaca la frágil anciana. Fue trasladada a la clínica de la comunidad y de ahí como suele ser costumbre la remitieron a la cabecera municipal, donde también como es costumbre determinaron su traslado a la capital y hasta allá fue a morir en el hospital general. Regresó a Tihosuco, viaje que ordinariamente cuesta ochenta pesos, esta vez le costó más de siete mil por ser traslado funerario, por eso suele decirse que para un pobre, morir es otra preocupación más. Las campanas continuaron por cuarto día consecutivo con su triste lamento y no bien se estaban extinguiendo sus dolientes tañidos cuando la noticia de otro deceso estremeció los corazones. Esta vez el acontecimiento fue realmente noticia nacional emitida por un conocido noticiero de la noche y en la mañana siguiente y en los días sucesivos la volvieron a mencionar, los hechos se desarrollaron en Cancún, se trataba del escolta de un funcionario enrolado en la desafortunada guerra contra el narcotráfico, durante la cual los narcotraficantes han perdido vidas y dinero y el Presidente de la República ha ganado según los encuestólogos puntos a su favor en el ánimo de la opinión publica, al dotar a la patria de los héroes que ya le hacían falta, esto sin contar a las respectivas viudas. El difunto tenía esposa que era madre de cinco hijos y como los hijos, sobre todo los menores, siempre se engranan cuando van a sobrevenir calamidades, los cinco estaban enfermos cuando su padre regresó a descansar, después de cumplir con su jornada de trabajo, al campo santo. Y fue la única muerte de las cinco acaecidas, en la que se pudo determinar con toda exactitud la causa, una mujer de su familia me dijo con esa característica forma de hablar de la gente maya: “fueron los señores que venden droga, ellos lo mataron”. Pero yo afirmo que no fueron ellos, como tampoco fueron las fiebres quienes se llevaron al angelito, ni los seres invisibles del monte los que perdieron al trabajador agrícola, ni la obesidad la que asfixio la vida del joven empleado del turismo, ni la nostalgia la que adormeció la voluntad de la pobre anciana. En todo caso permítaseme afirmar que esas fueron las causas inmediatas, pero la verdadera causa es la aparición de un jinete de fuego negro que cabalga colérico abrasando y arrasando todas las aristas de la rosa de los vientos, jinete del Apocalipsis, jinete de la destrucción al que podemos llamar Miseria, ella y sólo ella ha originado todas estas historias de La Muerte.

      

Colaboración
Fecha
     

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* Están preparando una guerra  
16/03/2007
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14/03/2007
23/02/2007
21/12/2006
* Relatoría de dos hechos cotidianos  
11/12/2006
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* Sobre los Floridos Campos del Rey de las Flores  
28/11/2006
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17/11/2006
* Más allá del Edén  
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