Alguien que por necesidad leyó mi artículo anterior, donde hablo de los fariseos y de Judas de Kerioth, me hizo la observación de que las cosas quedaban muy en general y en tiempo demasiado remoto. Así es, pero tratar en tiempo presente y de un modo concreto el tema, resulta demasiado difícil, ya que es prácticamente imposible saber si tal o cual persona bajo la capa alienta el espíritu de Judas.
El papel de fariseo se puede distinguir enseguida y es más o menos fácil apreciarlo tanto en el terreno eclesiástico como en la vida civil, porque desde los primeros fariseos, quedó establecido que fariseo es sinónimo de hipócrita. Pero en cuanto a Judas es más difícil saber, darse cuenta quien está representando ese papel, porque desde el asesinato de Jesús en el Gólgota también quedó claro que decir Judas es lo mismo que decir traidor. El traidor a más de ser hipócrita es un gran actor; para llevar a cabo su cometido finge lo que no es, se muestra como el más leal. En el pasaje de la última cena, aparte del discurso sobre el amor al prójimo y la conducta humilde hacia sus semejantes, el sencillo moralista y reformador habló a sus seguidores de la lealtad y aseguró que uno de entre ellos lo habría de traicionar, entonces todos, incluso quien ya lo había vendido, se acercaron al gran pensador (y por lo tanto profeta) y le dijeron con suave voz, con dulce acento: ¿acoso seré yo, maestro? Es fácil advertir la presencia del fariseo, pero difícil sorprender el acecho del traidor. Al hipócrita se le descubre sin dificultad pues constantemente sus actos contradicen a sus palabras; pero al traidor se le descubre, si acaso, una vez consumada la traición. Más en atención a mi único lector o tal vez otros dos que leyeran mi artículo anterior en esta misma página, trataré de precisar un poco.
En el gran teatro del mundo, la historia de la humanidad que ya sabemos no es otra que la historia de la lucha de clases, se ha desarrollado con los mismos actores aunque estos hayan caracterizado con diferente ropaje: esclavistas versus esclavos, señores feudales frente a siervos, y capitalistas contra proletarios. Y en los actos principales, como parte del gran reparto e interpretando a veces papeles estelares han aparecido los fariseos, los judas y los mártires. Este mes de abril precisamente siempre nos da motivo para recordar eso, pues el día diez se conmemora uno de los episodios más tristes de nuestra historia nacional: el asesinato de Emiliano Zapata.
Mucho se habla cada año de este tema. Sobre todo los gobiernos no dejan de realizar el acto cívico en homenaje al mártir de Chinameca; es decir, los representantes de la política oficial, o sea los fariseos de hoy, explotan sin escrúpulos la imagen del hombre que sus antepasados más odiaron y más combatieron. Zapata y los campesinos pobres del estado de Morelos se levantaron en armas contra el régimen de Porfirio Díaz y comenzaron a repartir la tierra que los grandes hacendados despojaran a los pueblos de Morelos. Cuando Francisco I. Madero asume el gobierno ante la renuncia a éste de Porfirio Díaz, el mismo Madero en persona le pide a Zapata que depongan las armas, Zapata exige que el nuevo gobierno restituya formalmente la tierra a sus antiguos dueños o sea a los campesinos, pero Madero, como buen terrateniente que era no se atreve a confiscar las haciendas, por lo tanto la lucha zapatista sigue adelante. Victoriano Huerta a quien se le podría agregar el apelativo de Kerioth, traicionando a quien debía lealtad, al final de la decena trágica manda asesinar a su propio jefe Madero y al vicepresidente Pino Suárez y la persecución contra los zapatistas se vuelve más aguda, pero al mismo tiempo Zapata y sus seguidores se agigantan y se consolidan como un auténtico movimiento social al promulgar el Plan de Ayala. El Ejército Libertador del Sur con Emiliano Zapata al frente entra a la Ciudad de México y la gente pobre lo recibe con entusiasmo, mientras por el norte de la ciudad, irrumpe con bélico estruendo la incontenible avalancha de la División del Norte al mando de Pancho Villa, quien saluda como su igual al Caudillo del Sur. Para los zapatistas hay un brevísimo tiempo de respiro y hasta se ven representados en el nuevo gobierno de la convención en la persona de Manuel Palafox. Pero el gobierno de la convención deviene en el gobierno constitucionalista que pone en manos de Venustiano Carranza todo el poder bendecido y acreditado desde el vecino país del norte, Estados Unidos. Entonces, con apoyo yanqui la lucha contra Zapata adopta las proporciones de una verdadera guerra, en la cual se masacra sin piedad al pueblo, lo mismo a hombres que a mujeres, ancianos y niños. Las masas martirizadas lo resistieron todo y en lugar de ceder ante la crueldad de sus verdugos y dar la espalda a Zapata, se aferraron con mayor tenacidad a su bandera.
Gracias a esta resuelta decisión de las masas de llevar a fondo la lucha revolucionaria, Zapata pudo dar muestra de sus dotes de estadista a más de las militares que ya había acreditado. “Incentivó la producción, mejoró la siembra, trazó los límites de los ejidos, construyó escuelas y mejoró la educación. Puso en marcha planes para desterrar la desocupación, incentivó el comercio y la industria y proyectó el mejoramiento de las vías de comunicación. Integró las juntas representativas de los pueblos y comunidades. Creó asociaciones para fomentar la agricultura y otras ramas de la producción y de la industria, y puso en práctica programas para mejorar la salud y las condiciones de vida de todos los habitantes de Morelos.” O sea, se instauró la Comuna de Morelos, donde el pueblo en armas ejercía el gobierno. Algo parecido a los soviets de obreros y campesinos surgidos durante la revolución bolchevique en Rusia. La lucha zapatista era justa pero la pelea desigual, Carranza disponía de un gran arsenal de pertrechos militares modernos incluida la aviación. Se tendió un cerco militar en torno a los zapatistas para aislarlos del resto del país. Este aislamiento físico más el aislamiento social debido a la ausencia de un partido político determinó la derrota de la revolución del sur. La consecuencia de Zapata con sus ideales, su leal entrega a la causa popular, su decisión de mantenerse fiel a su pueblo aun en los momentos en que el desmoronamiento de la Comuna era evidente, determinaron la muerte del caudillo y el nacimiento del mártir. Un año antes de su muerte Zapata envió una carta a uno de sus seguidores radicado en La Habana, donde mencionaba que la revolución del sur se equiparaba con la revolución naciente en Rusia y hacía un llamado a la unión de los obreros con los campesinos. En uno de sus párrafos decía: “Mucho ganaríamos, mucho ganaría la humanidad y la justicia, si todos los pueblos de América y todas las naciones de la vieja Europa comprendieran que la causa del México revolucionario y la causa de Rusia son y representan la causa de la humanidad, el interés supremo de todos los pueblos oprimidos…” Esa carta no recibió respuesta, pues la revolución rusa estaba entonces inmersa en la sangrienta lucha para sofocar la contrarrevolución. El destino de Zapata ya estaba sellado. Todos sabemos el nombre de quien exhibió una amistad postiza frente al luchador social y sabemos como fue abatido el hombre de su pueblo. Pero solo unos pocos saben que al caer el hombre sobre el polvo de la tierra, surgió agigantado el símbolo de la lucha campesina. Los fariseos de hoy, tratan de enturbiar esta verdad, pero los verdaderos hijos de la patria saben que Zapata vive, que se encuentra oculto en la contienda y en la conciencia del pueblo y que pronto volverá a cabalgar de nuevo, aunque quizá como antecedente para ello deban surgir cual pregoneros de la buena nueva, otros mártires sobre el gran escenario de la historia nacional.