Algún gazmoño erudito de la
lengua nos habrá jugado una mala pasada, proponiendo
escribir la palabra vaquería con v de Vaca y no con b
de Baco, para designar a las fiestas tradicionales que celebran
los pueblos mayas de los tres estados peninsulares del sureste.
Festividades donde como es sabido los herederos de la cultura
maya se reúnen para darle gusto a sus sentidos y no precisamente
en tareas que tengan algo que ver con los cuidados del ganado
vacuno, sino en actividades relacionadas con el dios que anda
sobre machos cabríos y que se escriben con “b”
a saber: el baile, la belleza estética y las bebidas
espirituosas. Pero como yo que me precio de no caer en gazmoñerías
no soy ninguna autoridad lingüística, debo someterme
y utilizar dicho termino para referirme a la fiesta de los mayas
y no hay más remedio que decir, “la otra noche
estuve en la vaquería”.
Y fue realmente hace poco. Todos recuerdan aquella reciente
noche en que yaciera el señor W. Bush en la otrora tranquila
y entonces agitada Mérida. Pues esa noche hubo fiesta
en Tepich, tierra del legendario Cecilio Chi quien junto con
Jacinto Pat encabezara la histórica Guerra de Castas,
que malos recuerdos traerá a los trajes fastuosos y a
las lúgubres sotanas. Más a pesar de aquellos
antecedentes, esta vez no sonaron los cañonazos sobre
la tierra del faisán y el venado sino los alegres acordes
de la jarana. Yo asistí porque me invitaron con mucha
insistencia, no hice como aquel W. Bush, que vino sin ser invitado.
Pero aquella noche en Tepich nos olvidamos, nos desentendimos
de su ingrata presencia y ya no supe si el señor bailó
en Mérida. Solamente sé que elogió la acogida
y se quejó de la comida. En la tierra de Cecilio Chi
las cosas no pasaron a más que a un modesto baile de
inicio de feria. A la entrada de la iglesia a media luz y un
tanto despoblada de fieles, recordé lo que me contara
un campesino (pues no puedo hacer alarde de haber leído
mucho), que en parte las antorchas se encendieron durante la
guerra de castas en contra de la lúgubre penumbra que
esparcía la iglesia sobre esas almas sencillas. Y ahora
después de más de cien años de historia
moderna, todavía hay mucha oscuridad de diverso tipo
por estas tierras. Pero a pesar de lo escaso alumbrado o tal
vez por eso, el baile resultó un éxito, al menos
desde mi punto de vista, lo salvaron las mestizas con sus sonrisas
y sus vestidos bordados con sueños de una noche de primavera.
Los hombres también sonreían pero en menor proporción.
Ellas en cambio, sonreían hasta con la mirada.
Llegado el momento la orquesta arremetió con inspirada
energía sobre sus instrumentos y a ritmo de dos por cuatro
y seis por ocho, los corazones se inundaron de júbilo.
Bailadores y músicos, hombres y mujeres, todos formaban
un albo cuadro subyugante, salpicado de encendidos colores.
Los jaraneros bailaron sobre el pavimento de una modestísima
cancha de básquetbol, la orquesta tocaba encaramada sobre
un humilde entarimado y los mirones perplejos, arrobados, sin
necesidad de ningún otro estimulante subíamos
hasta las nubes y muy cerca de la luna creciente estallábamos
en un alarido jubiloso. En la madrugada, con un poco de pena
y otro tanto de alegría, con la sensación de haber
probado un fruto tropical un poco agrio y otro tanto dulce,
todos volvimos por el camino que llegamos. Al otro día
sin cruda de ningún tipo regresamos a nuestros quehaceres
cotidianos. Volvimos a hacernos cargo de la tragedia nacional.
Todavía el señor Bush tenía agarrado del
cogote a quien dicen que es presidente de todos los mexicanos
y el inerme personaje con el rostro compungido, intentaba hablar,
pero no era el mismo que una vez con filosa oratoria derrotara
a sus adversarios en otro debate televisado…
Para no ver la cara de la noche triste, volví el rostro
hacia la otra noche, la de la vaquería, aquella en que
entre la penumbra la luz de las sonrisas, mariposas blancas
danzando entre flores, dieron luz a mi alma y algo como un leve
rumor en el ambiente decía: somos los hijos de nuestros
padres y nuestros padres eran fuertes y nuestros padres eran
valientes y nuestros padres eran igual a los dioses.
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