MOVIMIENTO ANTORCHISTA


Los Hijos de Sergia
Mario García Castillo
Dirigente del Movimiento Antorchista en Quintana Roo
31 de mayo de 2007

No hay lugar a dudas. Es un hecho comprobado que en el reino de la naturaleza los llamados animales irracionales son portadores de cualidades características que no tenemos los humanos. Por ejemplo, estos últimos para saber si va ha llover se tienen que apoyar en instrumentos un tanto cuanto sofisticados que no forman parte de su propio organismo; en cambio los gallos, que todos conocemos cuando menos en fotografía, son capaces de saber con muchas horas de anticipación la proximidad de la lluvia y el gallo más modesto, sin necesidad de acudir a ningún centro de estudios meteorológicos anuncia con un bien entonado y aleteador canto cuando se avecina el más leve cambio de clima y a ello se debe que canten justo antes de la salida del sol; pero que quede claro, el gallo no se apoya en ningún instrumento externo a él, sino que se vale de esa cualidad innata de su esencia galluna. El perro también dicen que percibe con los sentidos del olfato, la vista y el oído, olores, visiones y sonidos que los humanos no distinguimos con nuestros sentidos de corto alcance. Tal vez basados en esto, los hombres del campo dicen que existen otros animales con los que hay menos convivencia pero que también poseen cualidades sorprendentes de tipo extrasensorial. A veces en las noches serenas y estrelladas se ven volar grupos de blanquísimas garzas en lo alto del estrellado firmamento, es un espectáculo verdaderamente hermoso que el labrador experimentado observa con satisfacción y el pescador con cierta contrariedad, pues el bellísimo vuelo nocturno de las garzas dice que al día siguiente la tormenta estará presente. Se habla de muchas aves que le anuncian al hombre la proximidad de sucesos venturosos o de tristes tragedias. Y se conoce la existencia de aves, diurnas y nocturnas, que con su canto anuncian la silenciosa presencia de la muerte.

....Una de esas avecillas, cuyo nombre en maya significa “Dolor”, escuchó cantar Sergia aquella tarde cuando contrajo nupcias, como la mayoría de las muchachas de esta región lo hacen, en los linderos de la adolescencia. Y muchas tardes después, cuando ya la conocimos pues fue de las primeras que llegó a las asambleas convocadas por la organización, volvió a escuchar el mismo canto. Ese día estuvimos esperando en el parque central del poblado a los funcionarios de obras públicas que iban a comenzar la construcción de los muros para cincuenta familias y, como estos no llegaron, acordamos ir a la Presidencia Municipal al día siguiente. Sergia como todos se retiró a su casa que está ubicada en la orilla del poblado y ya en la tarde comenzó a escuchar el canto del ave anunciadora de malos presagios. Un pequeño ser se removió dentro de ella y ella se palpó el vientre como para tranquilizarlo. Entonces procurando ocupar su mente en otros pensamientos se dedicó a hacer faenas ligeras en la casa. Llevó los trastos sucios de la cocina a la batea, los comenzó a enjabonar y la blanca espuma de la jabonada la llevó a mirar las nubes y pensó que dentro de dos meses su bebe abriría los ojos en una casa más segura, hecha con paredes de tabique, tal vez la casa de bajareque le seguiría sirviendo como cocina y comedor y en esas y otras ilusiones del futuro pensaba, cuando una mancha oscura bajó del cielo azul convirtiéndose, al hacer contacto con la tierra de su patio, en una parvada de zopilotes que le provocaron gran espanto. Una vez pasada la impresión, al ver los torpes y ridículos movimientos con los que se desplazan esas negras aves sobre el suelo, sintió ira y con la resolución que da el coraje espantó a los espantos que levantaron un trabajoso vuelo y se posaron en las copas de los árboles cercanos de donde ya fue imposible desalojarlos. A partir de ese momento le invadió la tristeza. Sintió un dolor agudo en el maxilar inferior que le bajó luego a la garganta y unas lágrimas indecisas que no se quisieron hacer evidentes le empañaron los ojos. Las aves de la tempestad continuaban agazapadas sobre las copas de los árboles y al extender sus alas fue como una señal, el cielo se ensombreció y las negras plumas relucientes de la noche se precipitaron sobre la tierra. Ella estaba sola; se cobijó con su tristeza para aguardar el nuevo día. Su esposo como otros esposos había salido a emplearse en las obras de la construcción en la zona turística.

....Como a las dos de la mañana despertaron a la cuñada de Sergia, quien acudió presurosa al llamado de la esposa de su hermano y de pronto la cuñada, se encontró llevando a un bebé en su regazo, envuelto entre pequeñas cobijas dentro de un automóvil trasladándose rumbo a la capital del vecino estado de Yucatán. Iba con el bebe de Sergia, nacido prematuramente, rumbo a Mérida porque en la capital de Quintana Roo es sabido que no hay buena asistencia médica. Y ya en Mérida, las lágrimas que no quisieron hacerse presentes durante la tarde anterior en los ojos de Sergia, aparecieron rodando por las mejillas del especialista que brindó los primeros auxilios al bebé sin conseguir retenerlo en el mundo de los vivos. En el mismo hospital la cuñada se convirtió en madrina cuando bautizaron al cadáver del niño nacido a los siete meses; en sus pequeños parpados había algo parecido al rocío de las flores, pues no es posible que un bebé muerto pueda llorar. La cuñada y madrina emprendió el camino de regreso con el pequeño cuerpo cada vez mas rígido entre sus brazos; ¡Cuán pesada es la muerte, incluso aunque se trate de la súbita muerte de un niño recién nacido!

....La mortalidad infantil es en esta región una noticia tan desgastada como la del debate suscitado en torno al aborto, a mi parecer con cierta frivolidad, en la capital del país. Ya no es novedad ni despierta el menor interés pues quienes padecen esta plaga saben que así ha sido durante innumerables generaciones; a diario aquí mueren niños frágiles tan simplemente como si se tratase de mínimas mariposas. Y nadie sabe de esta terrible realidad tanto como Sergia, ya que sus hijos nunca han jugado en el patio de su humilde hogar como los otros niños, pues todos están dormidos, quietos y silenciosos en pequeños cofrecitos blancos en el cementerio. Incluso el penúltimo, que logró nacer a los nueve meses, aspiró por un segundo el aire nuestro, pero por un inconcebible descuido de la partera tan experimentada y después de tantos años de asistir partos, lo dejó caer o mejor dicho, se le cayó de las manos; fue de ese modo que el llanto leve del niño y su primer aliento se perdieron en la nada, no así su pequeño cuerpecito que descansa, absorto en aquel jardín osario, donde se hayan cual ramilletes de esas tiernas flores que se llaman mañanitas, todos los pequeños hijos de Sergia.

Felipe Carrillo Puerto, a 29 de mayo del 2007.

      

Colaboración
Fecha
     
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* La muerte

 
10/05/2007

* Canción de primavera

 
01/05/2007

* De las almas libres y el libre albedrío

 
23/04/2007
* Zapata ¿vive?  
17/04/2007
* Y los fariseos siguen de pie  
05/04/2007
* La Vaquería  
28/03/2007
* Están preparando una guerra  
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14/03/2007
23/02/2007
21/12/2006
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