No hay lugar a dudas. Es un hecho comprobado
que en el reino de la naturaleza los llamados animales irracionales
son portadores de cualidades características que no tenemos
los humanos. Por ejemplo, estos últimos para saber si
va ha llover se tienen que apoyar en instrumentos un tanto cuanto
sofisticados que no forman parte de su propio organismo; en
cambio los gallos, que todos conocemos cuando menos en fotografía,
son capaces de saber con muchas horas de anticipación
la proximidad de la lluvia y el gallo más modesto, sin
necesidad de acudir a ningún centro de estudios meteorológicos
anuncia con un bien entonado y aleteador canto cuando se avecina
el más leve cambio de clima y a ello se debe que canten
justo antes de la salida del sol; pero que quede claro, el gallo
no se apoya en ningún instrumento externo a él,
sino que se vale de esa cualidad innata de su esencia galluna.
El perro también dicen que percibe con los sentidos del
olfato, la vista y el oído, olores, visiones y sonidos
que los humanos no distinguimos con nuestros sentidos de corto
alcance. Tal vez basados en esto, los hombres del campo dicen
que existen otros animales con los que hay menos convivencia
pero que también poseen cualidades sorprendentes de tipo
extrasensorial. A veces en las noches serenas y estrelladas
se ven volar grupos de blanquísimas garzas en lo alto
del estrellado firmamento, es un espectáculo verdaderamente
hermoso que el labrador experimentado observa con satisfacción
y el pescador con cierta contrariedad, pues el bellísimo
vuelo nocturno de las garzas dice que al día siguiente
la tormenta estará presente. Se habla de muchas aves
que le anuncian al hombre la proximidad de sucesos venturosos
o de tristes tragedias. Y se conoce la existencia de aves, diurnas
y nocturnas, que con su canto anuncian la silenciosa presencia
de la muerte.
....Una de esas avecillas, cuyo
nombre en maya significa “Dolor”, escuchó
cantar Sergia aquella tarde cuando contrajo nupcias, como la
mayoría de las muchachas de esta región lo hacen,
en los linderos de la adolescencia. Y muchas tardes después,
cuando ya la conocimos pues fue de las primeras que llegó
a las asambleas convocadas por la organización, volvió
a escuchar el mismo canto. Ese día estuvimos esperando
en el parque central del poblado a los funcionarios de obras
públicas que iban a comenzar la construcción de
los muros para cincuenta familias y, como estos no llegaron,
acordamos ir a la Presidencia Municipal al día siguiente.
Sergia como todos se retiró a su casa que está
ubicada en la orilla del poblado y ya en la tarde comenzó
a escuchar el canto del ave anunciadora de malos presagios.
Un pequeño ser se removió dentro de ella y ella
se palpó el vientre como para tranquilizarlo. Entonces
procurando ocupar su mente en otros pensamientos se dedicó
a hacer faenas ligeras en la casa. Llevó los trastos
sucios de la cocina a la batea, los comenzó a enjabonar
y la blanca espuma de la jabonada la llevó a mirar las
nubes y pensó que dentro de dos meses su bebe abriría
los ojos en una casa más segura, hecha con paredes de
tabique, tal vez la casa de bajareque le seguiría sirviendo
como cocina y comedor y en esas y otras ilusiones del futuro
pensaba, cuando una mancha oscura bajó del cielo azul
convirtiéndose, al hacer contacto con la tierra de su
patio, en una parvada de zopilotes que le provocaron gran espanto.
Una vez pasada la impresión, al ver los torpes y ridículos
movimientos con los que se desplazan esas negras aves sobre
el suelo, sintió ira y con la resolución que da
el coraje espantó a los espantos que levantaron un trabajoso
vuelo y se posaron en las copas de los árboles cercanos
de donde ya fue imposible desalojarlos. A partir de ese momento
le invadió la tristeza. Sintió un dolor agudo
en el maxilar inferior que le bajó luego a la garganta
y unas lágrimas indecisas que no se quisieron hacer evidentes
le empañaron los ojos. Las aves de la tempestad continuaban
agazapadas sobre las copas de los árboles y al extender
sus alas fue como una señal, el cielo se ensombreció
y las negras plumas relucientes de la noche se precipitaron
sobre la tierra. Ella estaba sola; se cobijó con su tristeza
para aguardar el nuevo día. Su esposo como otros esposos
había salido a emplearse en las obras de la construcción
en la zona turística.
....Como a las dos de la mañana
despertaron a la cuñada de Sergia, quien acudió
presurosa al llamado de la esposa de su hermano y de pronto
la cuñada, se encontró llevando a un bebé
en su regazo, envuelto entre pequeñas cobijas dentro
de un automóvil trasladándose rumbo a la capital
del vecino estado de Yucatán. Iba con el bebe de Sergia,
nacido prematuramente, rumbo a Mérida porque en la capital
de Quintana Roo es sabido que no hay buena asistencia médica.
Y ya en Mérida, las lágrimas que no quisieron
hacerse presentes durante la tarde anterior en los ojos de Sergia,
aparecieron rodando por las mejillas del especialista que brindó
los primeros auxilios al bebé sin conseguir retenerlo
en el mundo de los vivos. En el mismo hospital la cuñada
se convirtió en madrina cuando bautizaron al cadáver
del niño nacido a los siete meses; en sus pequeños
parpados había algo parecido al rocío de las flores,
pues no es posible que un bebé muerto pueda llorar. La
cuñada y madrina emprendió el camino de regreso
con el pequeño cuerpo cada vez mas rígido entre
sus brazos; ¡Cuán pesada es la muerte, incluso
aunque se trate de la súbita muerte de un niño
recién nacido!
....La mortalidad infantil es en
esta región una noticia tan desgastada como la del debate
suscitado en torno al aborto, a mi parecer con cierta frivolidad,
en la capital del país. Ya no es novedad ni despierta
el menor interés pues quienes padecen esta plaga saben
que así ha sido durante innumerables generaciones; a
diario aquí mueren niños frágiles tan simplemente
como si se tratase de mínimas mariposas. Y nadie sabe
de esta terrible realidad tanto como Sergia, ya que sus hijos
nunca han jugado en el patio de su humilde hogar como los otros
niños, pues todos están dormidos, quietos y silenciosos
en pequeños cofrecitos blancos en el cementerio. Incluso
el penúltimo, que logró nacer a los nueve meses,
aspiró por un segundo el aire nuestro, pero por un inconcebible
descuido de la partera tan experimentada y después de
tantos años de asistir partos, lo dejó caer o
mejor dicho, se le cayó de las manos; fue de ese modo
que el llanto leve del niño y su primer aliento se perdieron
en la nada, no así su pequeño cuerpecito que descansa,
absorto en aquel jardín osario, donde se hayan cual ramilletes
de esas tiernas flores que se llaman mañanitas, todos
los pequeños hijos de Sergia.
Felipe Carrillo Puerto, a 29 de mayo
del 2007.
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