Algunos todavía vieron sus aguas claras y los árboles luciendo un verde vivo. Ese arroyo en el que Tijuana les permitía levantar una modesta morada -una miserable choza, para qué andar con eufemismos-, les recordaba su terruño dejado muchos, pero muchos, kilómetros al sur; la delincuencia no había alcanzado los niveles actuales y se podía vivir. Además, el trabajo estaba muy cerca, apenas a un lado de la zona fabril de Otay. Era casi una bendición el llegar a Tijuana, desesperado por ganar algunos pesos, pues en su zona de origen no encontraban empleo, o a lo mejor deportado tras un amargo despertar del sueño americano de ir a barrer dólares; era, digo, éste sí, un verdadero sueño: conseguir trabajo, ganar algunos pesos y tener cerca de la chamba un techo, aunque fuera de lonas o madera podrida. En 2005, a consecuencia de los estragos del huracán Stan en los estados del sur, una oleada de inmigrantes hizo crecer la población de Tijuana… Y la del Alamar, a donde llegaron muchos, llamados por los paisanos que les ofrecían compartir, con una solidaridad asombrosa, su ya de por sí insuficiente espacio.
Y sin embargo existen |
Pero la bendición se tornó en maldición, precisamente por la misma causa, el desarrollo del capitalismo en esta faja fronteriza, que les permitía a los llegados de diferentes entidades leer en las afueras de los talleres fabriles, en grandes letras, HAY VACANTES o SE SOLICITA PERSONAL (no, hombre –me platica un vecino de la colonia Nueva Esperanza-, si hasta había carros de sonido buscando quien trabajara). Sí, la explotación de la mano de obra se hizo más intensiva, los requisitos para contratarse aumentaron, los turnos de labor se hicieron más agotadores, (tenemos que ir al ritmo de la máquina, me explicaron) y junto con la bonanza de los maquiladores -muchos de los cuáles vinieron de tierras todavía más lejanas que las de los obreros que explotan- el Arroyo Alamar, ése donde levantaron sus casitas cientos de obreros, se fue contaminando con las aguas pestilentes, obscuras y tóxicas, vertidas de las naves fabriles levantadas arriba de su cauce. A ciencia y paciencia de las autoridades municipales y de las estatales y federales encargas del cuidado del ambiente, el Alamar se llenó de todo tipo de desechos: no sólo las aguas residuales; allí se ha tirado toneladas y toneladas de deshechos sólidos, la gran mayoría de origen industrial, y al mismo tiempo han llegado los seres humano que el capitalismo excluye, a los que negó oportunidades de desarrollo, de educación y trabajo, y que cayeron aniquilados, víctimas también de su falta de conciencia, recursos y energía para sobreponerse a la categoría de prescindibles que el capital les colocó, como si les pegara un stickeren la frente.
El Alamar se ha contaminado, deforestado, asolado por la delincuencia, que se ensaña con los que ganan unos pocos pesos en la maquila aprovechando que a las autoridades no les interesa su seguridad. Los jodidos no contamos en las estadísticas de los gobernantes. Los asaltos, en las penumbras del Alamar, a los que llegan cansados de un día de trabajo, o los robos en las inseguras casuchas de cartón u otro tipo de desechos, no interesan, no despiertan la indignación que provoca en los medios y en las buenas conciencias un asalto o un secuestro en la exclusiva Zona Río.
En estos días son reiteradas, desde toda clase de foros, las condenas a la inseguridad y a la violencia. No pasa una semana sin que se lancen discursos oficiales en este tono, o que incluso se inventen recursos y campañas para “mover conciencias”, tales como la de “Juguemos sin violencia”, para que los niños se deshagan de sus juguetes bélicos. Pero nadie voltea a ver a la gente que, como los asentados en el arroyo Alamar, son víctimas de la violencia de una sociedad que les estruja, hasta casi vaciarles toda su savia vital, para que produzcan en la medida en que los necesita y que los arroja, ahora sí que al arroyo, cuando ya le resultan estorbosos. Allí también, ya se dijo, hay asaltos con agresiones físicas, amagos con armas blancas o de fuego, destrucción de puertas o paredes para robar al interior de los domicilios, allí también hay de esa violencia que se condena todos los días por las autoridades.
...Y se mueven |
Mas por violencia se comprende un comportamiento que deliberadamente provoca o puede provocar daños físicos o psíquicos a otras personas. Los que han permitido que las familias se asienten en zonas peligrosas precisamente porque se requiere mano de obra para los negocios industriales, los que han negado a los vecinos del Alamar la posibilidad de contar con un contrato de luz, para que disminuyan al máximo los riesgos de incendio, los que han negado hasta la posibilidad de que los niños que allí viven puedan contar con agua en sus casas para asearse antes de ir a la escuela, los que han vertido desechos muy peligrosos, prácticamente, encima de cientos de familias, los que no han cumplido, como servidores público, con su tarea de evitar se llenen de basura las calles, los que los calumnian, aprovechando sus puestos e influencias, en los medios de comunicación, los que se niegan a impulsar programas de vivienda popular como los de lotes a bajo costo, los que incluso quieren negar su existencia, todos ellos ejercen violencia contra los vecinos del Alamar.
En la semana que concluyó, tras un encuentro con la Asociación de Periodistas de Tijuana, el director de la Promotora Tijuana, paraestatal encargada de ejecutar los trabajos de canalización del arroyo Alamar y de construcción de una nueva vialidad en la zona, declaró que su obra empezaría el 2 de junio sin que nada la estorbara pues, afirmó, nadie vivía en la zona comprendida entre la Central Camionera y el bulevar Clouthier, mejor conocido como Gato Bronco, cuando hay más de 300 familias en dicha área. Basta de violencia, pero también de violencia social. Basta de esa violencia sorda contra los vecinos del Alamar por parte de quienes, incluso, quieren negar su existencia. Pero, como dijera Galileo Galilei al pronunciar la cita de abjuración que el Santo Oficio le había preparado para que negara el movimiento de la Tierra, “eppur si muove”, y sin embargo existen… y se mueven.