MOVIMIENTO ANTORCHISTA


Las FARC, Marulanda y el futuro
Luis A. Rodríguez
Secretario de Prensa y Propaganda en Tlaxcala
3 de junio de 2008

Ha sido confirmado: Pedro Antonio Marín Marín, también conocido como Manuel Marulanda Vélez, alías “Tirofijo”, dejó este mundo a la edad de 78 años, 60 de los cuales los pasó en los lugares más recónditos de la selva colombiana, peleando al lado de los campesinos de ese país. De acuerdo con un comunicado emitido por las Fuerzas Armadas Revolucionarios de Colombia (FARC), de las que Marulanda fue fundador y líder indiscutible desde hace más de 40 años, Tirofijo murió el pasado 28 de Marzo de un infarto, después de años de andar esquivando balas; al momento de su deceso, estaba acompañado por su compañera de los últimos años y por su guardia personal. Cabe recordar que, tan sólo unas cuantas semanas antes, Raúl Reyes, vocero de las FARC y segundo al mando de las mismas, había sido asesinado tras un bombardeo del ejército colombiano en territorio ecuatoriano; asimismo, Iván Ríos, otro integrante de la cúpula guerrillera, murió a manos de un infiltrado, también en el mes de marzo.

La muerte de Marulanda no podía haber llegado en peor momento, ya que el gobierno de Álvaro Uribe ha desatado una escalada de violencia sobre la guerrilla más antigua del continente. Esta ofensiva del narcogobierno colombiano, que cuenta con el respaldo total de Washington, llega después de que Uribe y sus huestes reventaron el proceso de paz, donde hubo una participación activa del mandatario venezolano Hugo Chávez, algo que no fue bien visto por la derecha de Colombia. Desde luego, no se necesita ser una analista para ver la jugada del uribismo: arremeter militarmente con todo, al tiempo que se anula una salida política; es decir, orillar al abismo a la guerrilla.

Sin embargo, aunque la desaparición física del líder guerrillero no es algo plausible, esto no significa que las FARC vayan a desaparecer. A estas alturas, pronosticar que una organización con miles de guerrilleros, con una estructura financiera muy sólida, que, por si fuera poco, controla buena porción del territorio colombiano, dependa de un solo hombre –por más capaz que sea-, es un error evidente y bochornoso. Abordar un tema así, con tanto desprecio por la lógica más elemental, es negar lo que ya muchos historiadores han sintetizado brillantemente: que la historia no es obra de las grandes personalidades –aunque éstas imprimen cierto sello en los procesos sociales-, sino de las masas, de los grupos sociales, que saltan a la palestra para hacer avanzar al género humano. No dudo que Tirofijo haya sido muy importante para su guerrilla, pero las FARC seguirán existiendo como Cuba existe sin Fidel Castro en el poder, y como la iglesia católica existe sin Juan Pablo II.

Pero si la muerte del dirigente número uno de las FARC no terminará con esa organización, mucho menos lo hará la ola de violencia promovida por Álvaro Uribe, acusado de mantener vínculos con el paramilitarismo y el narcotráfico. Al señor Uribe se le olvida que los grupos armados no surgen por generación espontánea; y, en este caso, las guerrillas (las FARC no son las únicas que existen en Colombia) son el resultado del abuso histórico contra los campesinos colombianos. Las FARC, al igual que la mayor parte de las guerrillas de orientación izquierdista, son hijas de la miseria, de la pobreza y la desigualdad que producen los sistemas injustos, como el neoliberalismo. Dicho de otra manera, la guerrilla es el efecto del terrible panorama que sufre la nación sudamericana, no es, como quieren los ideólogos de la derecha, la causa; en consecuencia, la arremetida militar solamente está echando más leña al fuego.

Sin embargo, la violencia, la lucha militar del conservadurismo contra los rebeldes colombianos, no tienen origen único en un error de visión, en un desliz estratégico; por el contrario, hay muchos documentos que prueban fehacientemente que Uribe y sus patrones quieren guerra a toda costa, quieren escalada militar, porque así conviene a los intereses de las mafias del narcotráfico y a los Estados Unidos, que canalizan millones de dólares para la supuesta lucha contra el narco, a través del llamado “Plan Colombia”. De otra forma, es inexplicable el bombardeo al campamento de Raúl Reyes en plenas negociaciones para el canje de secuestrados, como la ex candidata Ingrid Betancourt, a cambio de guerrillero presos. Este hecho rompió el proceso, y ahí se demostró la política guerrerista de Uribe, que está llevando a Colombia a convertirse en la Israel de América.

En el secretariado de las FARC, el máximo órgano dirigente de esa agrupación, saben que es preferible pactar la paz a dar una ofensiva contra el ejército colombiano. Lo saben porque no solamente enfrentan al gobierno, sino también a las poderosas fuerzas paramilitares, financiadas por los cárteles del narcotráfico, que son el azote de la población civil de las zonas en conflicto. Por ello, la estrategia del grupo rebelde ha sido defender sus posiciones, aguantar la arremetida uribista, a la vez que se busca una salida negociada al conflicto: la paz, pero con condiciones dignas y justas; una paz que garantice bienestar para el pobrerío colombiano.

Pero hay más. Para la guerrilla más poderosa del hemisferio, la paz es preferible en términos militares, pero también en la cuestión política. Una hipotética desmovilización de las FARC, aumentaría su base de respaldo popular. Además, y eso es algo importante, el viraje latinoamericano hacia la izquierda ha demostrado que la vía democrática, es decir, el arribo del pueblo al poder mediante el voto popular, es algo posible y preferible; por eso, la vía militar, que en otras circunstancias parecía más adecuada, hoy parece alejada de la realidad. Y no me queda duda que la guerrilla prefiere la paz a la guerra; el mismo Marulanda señaló, a pregunta expresa: “Todas las guerras son malas, hay que acabar con las guerras”.

La muerte de Manuel Marulanda Vélez no modificará en lo esencial el conflicto, puesto que, como dijimos, las FARC no eran el capricho de un solo hombre, ni tampoco la estrategia militar de Álvaro Uribe va a terminar con la guerrilla. Para que la situación diera un viraje, el pueblo colombiano debería dar un golpe en las urnas, con lo que la derecha criminal abandonaría el poder de ese país sudamericano. Terminar con la guerra no es algo que esté dentro de la agenda del poder de Colombia; tampoco está la decisión en el campo de la guerrilla, porque ellos seguirán defendiéndose de las agresiones del gobierno. Como consecuencia, el destino del conflicto armado está en manos del pueblo. La solución es no seguir votando por el Partido Conservador. Colombia también tiene que dar un golpe de timón hacia la izquierda.


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