MOVIMIENTO ANTORCHISTA


La increible historia de los dos
alegres compadres

Mario García Castillo
Dirigente antorchista en Quintana Roo
7 de febrero de 2008

Algunas semanas atrás en automóviles y triciclos con altavoces que recorrían las calles de las colonias populares, los candidatos de todos los partidos políticos se hacían escuchar anunciando sus propuestas de gobierno en caso de que el voto ciudadano les fuese favorable. Después de un breve discurso gravado del candidato en cuestión podíamos escuchar una quebradita o una cumbia de las que están de moda, recurso musical mediante el cual parodiando la letra de la canción original anunciaban el nombre del susodicho candidato e invitaban a emitir el voto a su favor. Pero hoy que ya es treinta y uno de enero, extrañamos la cantinela de esos medios utilizados para perifonear, pues ayer fueron los cierres de las campañas y a partir de ahora hasta el tres de febrero, día de las elecciones, nadie debe hacer proselitismo, por eso desde este momento los barrios pobres lucirán más tristes sin la ambientación estereofónica de los pasados días de campaña. Aunque quien sabe, el pueblo ha aprendido a mitigar sus dolores físicos y morales con mucho ingenio, tal como lo hace el buen soldado adiestrado en métodos de supervivencia.  Por eso estoy convencido que el pueblo superará la falta de esta propaganda musicalizada y ello lo afirmo tomando en cuenta la siguiente historia.

Uno de los primeros sábados de este mes de enero ya entrada la tarde llegué por motivos de mi trabajo como activista de antorcha, a la casa de una familia humilde que frecuentamos en Felipe Carrillo Puerto; además de los dos dueños estaban en la casa una de las hijas mayores con su casi media docena de hijos y entre otros tres miembros de la familia, estaban también el esposo de la mencionada hija mayor y su compadre ambos albañiles aunque de diferente edad y de distinta tendencia arquitectónica. El esposo de la susodicha hija mayor que a la vez es el más joven de los dos albañiles, es dinámico, emprendedor y se atreve a salirse de los convencionalismos en materia de construcciones y en lo tocante a la arquitectura propiamente dicha, o sea al estilo y detalles de la obra, es casi un artista, pero tanto él como su compadre coinciden en que la vivienda sobre todo debe ser fresca y resistente. No obstante esa tarde, hablaban de algo más que de construcciones y yo no podía entenderles, en parte porque al hablar entre ellos lo hacen en maya y en parte, porque cuando llegué a la casa los dos compadres y otros miembros de la familia ya tenían varios litros de cerveza fría entre pecho y espalda. De pronto el joven albañil, decidió poner más atención a la lucha libre que estaban televisando y solamente se dirigía al círculo familiar para decir salud o para festejar un buen lance de algún luchador favorito. Entre tanto su esposa y el compadre conversaban en tono bajo; a ella visiblemente demacrada, de cuando en cuando un ligero rubor le coloreaba las mejillas mientras su compadre permanecía con el gesto grave.

En otro lugar de la vivienda se escuchaban los acordes, que para el lector cultivado en barrio pobre o humilde tierra provinciana resultarán inolvidables e inconfundibles, de Rigo Tovar y su Costa Azul; recordara usted si es o fue pobre y no se avergüenza de reconocerlo, aquello de: “Oh que gusto de volverte a ver, saludarte y saber que estas bien… o; A orillas del río Bravo, hay una linda región, con un pueblito que llevo muy dentro del corazón”. Cuando anuncié mi retirada al circulo de aquella familia, el joven albañil a pesar de hallarse en casa de sus suegros insistió en que aguardase y pidió se me atendiera con solicitud, motivo por el cual un comal colocado sobre piedras casi a ras del suelo comenzó la cocción de tortillas elaboradas a mano mientras que mi vaso siempre estaba convenientemente abastecido de cerveza. El albañil de más edad alternando la conversación con su comadre se comenzó a dirigir con más frecuencia a mí, empezando por expresarme sus respetos y haciéndome partícipe de diversas dudas que tal vez desde hacía mucho tiempo le entretenían sus pensamientos. Cuando había un intermedio en la lucha libre, el aficionado al pancracio y joven obrero de la construcción se levantaba para dirigirse hacia nosotros, intercambiaba unas palabras en su idioma con su compadre, propinaba un rudo beso en la mejilla de su esposa, llenaba su vaso con cerveza y regresaba ligero para acomodarse frente al televisor lo más cómodamente que le era posible.

Si por casualidad se hacia un silencio en esta tertulia sui géneris, podíamos escuchar los que todavía estábamos en la sintonía de este mundo, el perifonear político-musical que ya les mencioné. Por fin terminaron las luchas y el aficionado a ellas se levantó un tanto decepcionado para continuar no como aficionado sino como un verdadero profesional con su lucha personal. Entonces para mi todo quedó claro; entre preguntas que generalmente ellos mismos contestaban, los dos albañiles me hicieron saber de sus penas; el joven que se hallaba de visita en casa de sus suegros había depositado ahí en calidad de convaleciente a su esposa; ella acudió puntualmente obligada por los dolores de parto a la clínica para poder dar a luz, pero el doctor le dijo que todavía no era tiempo y la mandó de vuelta a su casa entregándole unos calmantes contra el dolor; para cuando la doliente mujer regresó a la clínica sin hacer más caso de la cita medica sino atendiendo a su propia tortura física ya era demasiado tarde, el bebé nació muerto, se asfixió en el vientre materno. El trabajador de la industria de la construcción que tenía más edad, al ver rodar las lágrimas por las duras mejillas de su joven compadre, volteó su rostro y al mirarme a los ojos con una mirada de criatura suplicante, tampoco pudo contener el llanto y me dijo que él también había perdido a su hija en una “clínica de salud”, aunque ella al morir tenía ya casi veinte años para él igual que para su compadre que había recibido a su bebé muerto, el dolor era igual y no se podía describir con palabras. Ciertamente ellos ya habían tomado más cerveza que yo y se encontraban en ese estado en que la tristeza se confunde con la alegría y la alegría se parece a la tristeza, pero entre la bruma de la liturgia dionisiaca algunas expresiones de ellos parecían destellar frente a mis ojos con reflejos metálicos, con brillos de fuego. Entre tanto, allá afuera de la lastimosa vivienda, que no pareciera estar habitada por hombres de la construcción, los carros de sonido y los triciclos con bocinas seguían invitando a los votantes con candorosa inocencia, con palabras huecas como si fuesen entes de otro mundo, que nada supieran del dolor terrenal.                

     

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