En Sonora, estado con muchos kilómetros de litoral marino y donde viven de la pesca ribereña muchas familias, la vida de los pescadores se vuelve cada día más difícil.
A finales del mes de enero de este año llegó a Bahía de Kino, ubicada en la costa de Hermosillo, un nuevo Inspector de Pesca. Nomás llegar, con la espada desenvainada, trató de imponer la línea central de la dependencia que dirige, misma que depende de la SAGARPA (Secretaria de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación) para que todos los pescadores regularicen su situación; es decir, la gente que se dedica a la pesca necesita tener un permiso, que debe dar el inspector, para poder salir a trabajar. Y como la mayoría de los habitantes de Bahía de Kino carecen de estos permisos, pues ahí tienen a El Rambo -como le dicen al inspector- impidiendo que, por 20 días, 250 pescadores ribereños trabajaran. Para ello se valió, como suele suceder en estos casos, de la fuerza pública, con una pequeña variante: en este caso fueron los marinos los que cumplieron el papel de gendarmes.
La reacción de las familias agredidas y sin comer no se hizo esperar; los pescadores enardecidos se reunieron y exigieron una explicación. La respuesta fue, como es ya costumbre, “yo sólo recibo órdenes” y lo demás “véanlo con quienes hacen las leyes”.
La verdadera realidad es que no se ve que el gobierno tenga una política para defender a los trabajadores ribereños e impulsarlos a generar más riqueza. No se les permite trabajar porque no cuentan con permisos, pero tampoco se les brinda otra alternativa de trabajo para que no se mueran de hambre, simplemente quieren que se respete la ley. Lo cierto es que en esta dependencia se observan todos los males que aquejan a nuestro país; hay corrupción, hay abuso de poder, los funcionarios son soberbios y prepotentes con los más débiles; los apoyos económicos de programas federales no llegan a los verdaderos pescadores y, sobre todo, los permisos los concentran en sus manos unas cuantas familias con mucho poder económico. Cuando un pescador pobre quiere tramitar su permiso se le cierra el mundo, le ponen muchos requisitos, lo hacen que dé muchas vueltas, se gasta lo poco que tiene; de tal forma que, por lo general, los únicos con verdaderas posibilidades de cubrir los requisitos son los que tienen poder económico, y por ello se da un acaparamiento.
Pero aquí no se acaba todo. Aunado a lo anterior, el pescador vive muy mal; no cuenta con seguro social, o sea que en caso de accidentarse, los patrones no se hacen responsables.
La solución es la cooperación de todos los pescadores para enfrentar la situación.
Porque, ¡todavía!, tienen que entregar su pesca a quien le compra por debajo de lo que realmente vale; debido a que carecen de permisos, de energía eléctrica, agua y drenaje; también se suma a su situación miserable el embrutecimiento por drogas que lo atan aún más a la brutal explotación.
Como puede apreciarse, lo que intenta hacer el famoso Inspector de Pesca se convertirá en una bomba de tiempo. Alguien con más sesos debería de aconsejarles no jugar con fuego y ver la situación con un sentido de más justicia, lo que traería como consecuencia que los pescadores ribereños encuentren el apoyo que por décadas no han encontrado: permisos para pescar, apoyos y créditos para adquirir los instrumentos de trabajo. Llegar a esto último no es fácil, pero sí se puede lograr si los pescadores entienden que es una necesidad el estar organizados y unidos, para luchar por una mejor vida para la gente del mar.
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